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Jueves, 8 de diciembre de 2016

El entrenador americano para Mosul


Hace dos años decenas de miles de soldados iraquíes, entrenados y equipados por Estados Unidos, huyeron sin luchar ante el avance del Estado Islámico (EI), abandonando uniformes y equipos que habían costado miles de millones de dólares.

Desde entonces, el Pentágono ha trabajado para que esta deserción no vuelva a producirse, es decir, para que el nuevo ejército iraquí sea capaz de recuperar el territorio perdido a manos de los yihadistas. La ofensiva de Mosul será la prueba de fuego, no sólo por lo que respecta a la capacidad militar iraquí, sino a la capacidad de convivencia entre las distintas etnias y religiones del país.

Estados Unidos, después del desastre de la invasión del 2003, después de la retirada antes de hora del 2011, ha vuelto para intentar hacer las cosas bien. Los militares estadounidenses llevan meses preparando el ataque a Mosul. Los drones de la coalición internacional identifican los objetivos que la aviación bombardea después mientras los estrategas estadounidenses asesoran a los generales iraquíes sobre la mejor manera de avanzar sobre el terreno.

Estados Unidos dispone ahora de cinco mil soldados y personal militar en Irak. La mayoría son instructores y soldados de élite. La base principal es Camp Swift, en Makmur, al sur de Irbil, en territorio kurdo. Allí se ha instalado el comando central de la ofensiva. Muy cerca, en la base aérea de Al Qayara, hay unos 30.000 soldados iraquíes. La mayoría han vuelto a ser adiestrados y equipados por EE.UU.

Mosul

Mosul (Anna Monell)

Además de diseñar tácticas y estrategias, los militares estadounidenses intentan que los iraquíes se centren en Mosul y no se peleen entre sí. No es nada fácil. No hay ninguna confianza entre los peshmergas kurdos y el ejército iraquí, así como entre suníes y chiíes dentro de las propias fuerzas iraquíes.

Si a la dificultad de la campaña se añade la desconfianza entre las unidades de ataque, se entiende que el avance sea lento y que el Pentágono hable de semanas, incluso de meses, antes de poder ocupar Mosul.

El Pentágono anticipa una dura resistencia del Estado Islámico, que puede disponer de hasta diez mil yihadistas en Mosul. El grupo lleva meses a la defensiva. En agosto perdió Manbij, en el norte de Siria, cruce de caminos vital para su aprovisionamiento, que sólo cedió después de luchar hasta el último hombre. Perdió más de 2.500, entre ellos muchos veteranos de Chechenia y del resto de Europa.

Esta semana también ha empezado muy mal con la pérdida de Dabiq, lugar simbólico, donde las profecías sitúan la batalla decisiva contra los cruzados. La coordinación de Estados Unidos con Turquía y los rebeldes sirios ha decidido esta batalla.

La de Mosul también dependerá de la buena sintonía entre los aliados. El Pentágono, en su papel de entrenador, lo ha dispuesto todo para una victoria que puede ser decisiva si, además de ocupar Mosul, captura vivo al califa Abu Bakr al Bagdadi. Sólo entonces, el mito del yihadismo, que a tantos miles de jóvenes musulmanes ha puesto en armas, sufrirá un serio revés.

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