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Jueves, 8 de diciembre de 2016

El español que retó a Fidel Castro


Aquella noche el Marqués de Vellisca se hallaba en su casa de la Embajada española en La Habana viendo tranquilamente la televisión. En su San Sebastián natal se celebraba la tradicional Tamborrada, por lo que el diplomático se hallaba de buen ánimo. De pronto, en la pequeña pantalla irrumpió Fidel Castro, quien desde los estudios de la CMQ, ‘Telemundo’, pronunciaba uno de sus ya célebres discursos.

Lojendio se arrellana en su sillón dispuesto a seguir la arenga. Fidel Castro tiene en sus manos una carta de un pariente del jefe de la Fuerza Aérea, Pedro Díaz Lanz, huido a Estados Unidos, en la que se afirma que desde las embajadas española y norteamericana se ayudaba a los movimientos contrarrevolucionarios. En ella el firmante, Antonio Miguel Yehor, huido también a aquel país hacía pocas semanas tras haber pertenecido a las fuerzas del líder revolucionario, denuncia, según explica Castro, que Lanz había sido ayudado por sacerdotes españoles en Cuba y que hay armas, dinamita y una imprenta clandestina ‘escondidas en alguna iglesia de este país’. El jefe del Gobierno muestra la carta a la pantalla y afirma que la pone a disposición de las entidades eclesiásticas para que puedan decidir acerca de su autenticidad.

Tras su lectura, uno de los tres periodistas que acompañan a Castro se refiere a la misma pidiéndole que comente la reciente visita de varios sacerdotes al embajador de España, involucrado en el apoyo a la lucha contra la revolución castrista.

En su sillón, Lojendio no puede dar crédito a lo que oye: indignado y dispuesto a defender el honor patrio, el aguerrido diplomático abandona la embajada, sita en uno de los suburbios de La Habana, no muy alejado de los estudios televisivos.

A las 12:38 en punto el embajador, un hombre de presencia imponente, grueso y fornido, de negra y lustrosa cabellera, entra en los estudios. Resuelto se dirige al moderador y director del programa, Alfredo Muñoz Pascual, y le inquiere: ‘Un momento por favor. Vengo a rebatir las acusaciones que se hacen contra la Embajada de España’. Como este le corta el paso, sentencia: ‘Esto es una democracia y el señor moderador es el que dirige’. A lo que Castro replica airado: ‘Me va a hablar de democracia el embajador de la mayor dictadura de Europa’. Lojendio se exalta aún más y manifiesta que ha sido ‘injuriado’ por sus manifestaciones calumniosas y sube impetuoso a la plataforma en la que se encuentra el revolucionario y pide que se le deje contestar ante el micrófono. Castro, abrumado por la vehemencia del aguerrido español, reacciona claramente enojado e inquiere a Lojendio, con voz contenida, si tiene permiso del ‘jefe del Gobierno para hablar’, a lo que el embajador replica que no lo había pedido porque había sido ofendido. Mientras tanto, el estudio se ha convertido en un auténtico pandemónium: policía, guardaespaldas de Castro, periodistas y personal de la televisión rodean al embajador. Todos profieren gritos y exabruptos. El programa se hace en directo con presencia de público y se retransmite a todo el país. La emisión es interrumpida pero no así el sonido, lo que permite a los televidentes seguir el episodio. Hasta siete minutos más tarde no se reanuda. Castro continúa su discurso. Lojendio, a quien por supuesto se le prohíbe el derecho a hablar, es obligado a abandonar el recinto acompañado por oficiales del Ejército cubano. Fidel Castro pide que el embajador abandone el país en 24 horas, orden que es inmediatamente transmitida por el presidente de Cuba, Oswaldo Dorticós, que se hallaba presente durante el incidente. El líder revolucionario acusa al representante español de abusar de su situación como diplomático, al tiempo que anuncia que se ha telegrafiado al embajador cubano en Madrid, José Miró Cardona, ordenándole regresar a La Habana de inmediato.

En las horas sucesivas el director del programa de televisión lee un comunicado en el que se declara al embajador español, Juan Pablo Lojendio, Marqués de Vellisca, persona ‘non grata’, informando de su expulsión del país.

Tras el incidente y antes de abandonar La Habana, la Embajada española da a conocer un texto escrito por el patrio embajador en el que ratifica categóricamente que las imputaciones realizadas durante el programa contra la Embajada carecen de fundamento. Y concluye con un mensaje  haciendo gala, esta vez  sí, de su buen hacer diplomático: ‘Deseo para Cuba todo lo mejor’.

Tres días después, el 23 de enero, a la una y media en punto arriba al aeropuerto de
Barajas, donde es recibido en loor de multitudes.
Personalidades oficiales, prensa y centenares de ciudadanos le aclaman y aplauden. El estrafalario comportamiento del Marqués le ha convertido en un auténtico héroe. Antes de dirigirse a Madrid declara a los periodistas que agradece la calurosa acogida, apostillando que a su paso por Nueva York se le había dispensado un recibimiento similar, añadiendo que ni allí ni en ese momento podía hacer ninguna declaración hasta tanto no presentase su informe al ministro de Asuntos Exteriores, Fernando Mª Castiella.

Se dice que Franco recibió a Lojendio con frialdad y socarrón, le espetó: ‘Como español, muy bueno…como diplomático, muy malo’. Sea como fuere, el fervoroso comportamiento patrio del embajador nunca fue premiado por el dictador, si bien tampoco fue castigado ya que prosiguió con su carrera diplomática.

Tras el incidente, Franco, siempre empecinado en no romper con Cuba, mantuvo las relaciones diplomáticas, si bien se rebajaron al nivel de encargado de negocios durante diez años, manteniéndose un intercambio comercial discreto y debidamente acordado.

Pero sabido es que la España de Franco no participó nunca en el embargo decretado por Estados Unidos contra Castro. No sería hasta 1975 cuando todo volvería a la normalidad tras la visita de Nemesio Fernández Cuesta, ministro de Comercio, que sería recibido en La Habana por el revolucionario, quedando normalizados los vínculos con el nombramiento de embajadores.

Ese mismo año, el hombre que retó a Castro fallecía en el desempeño de su cargo como embajador en la Santa Sede, a los 67 años, dejando tras de sí una fecunda carrera diplomática y un episodio para recordar.

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