“El sexismo seguirá existiendo en la sociedad, allá y aquí, porque tiene raíces profundas en la cultura y la historia de todos los países”

Este es un momento histórico para las mujeres en todo el mundo. Donald Trump, el hombre que estaba en posición para tal vez convertirse en presidente de Estados Unidos, ha quedado prácticamente descartado por la publicidad dada a sus comentarios y actos sexistas de hace una década. Se acabó la impunidad para los machos con poder que se arrogan todos los derechos sobre cualquier hembra. Cualquier hombre con ambición de poder, sea político, empresarial, académico o cultural, debería tener más cuidado a partir de ahora, por la magnitud, la trascendencia y la repercusión mediática de este incidente.

¿Pero por qué ahora? Trump había multiplicado gestos sexistas en su campaña, como cuando atribuyó las críticas de Carly Fiorina a su fealdad. O su insistencia en degradar a la exmiss Universo Alicia Machado cual gana­dero criando animales para su venta. La retahíla de comentarios ofensivos y bromitas sexuales (“conversación de vestuario”) ha ido acumulándose en la mente de miles de mujeres que han ­relacionado palabras y gestos a su ­experiencia cotidiana. Han sentido que desde la más alta posición de poder podía llegar a legitimarse la cultura de la violación. Sin embargo, el vídeo añadió algo más: la imagen de un hombre soez y depredador sexual. Que piensa que, si eres suficientemente importante, les puedes tocar el coño a cualquiera, según dijo literalmente. Como explicó Bill Clinton en su confesión sobre Monica Lewinsky: “Lo hice porque podía hacerlo”. El poder masculino tiende a medirse en el poder sexual sobre las mujeres, sobre todas y cada una de ellas, empezando por la propia.

“La maté porque era mía” no es sólo un tango sino que formó parte de la declaración de un sexagenario andaluz ante el juez, en uno de los múltiples actos de violencia doméstica que se producen en España: “Es que no me hacía caso”. Es esa imagen de prepotencia y ese discurso explícito de impunidad del acoso sexual lo que de repente tocó la fibra sensible de mujeres que reconocieron experiencias humillantes de su vida en el tono, los gestos y las palabras de quien podía convertirse en el presidente democráticamente electo de su país. Y aunque Bill Clinton y muchos otros políticos se revelaron como sexistas en sus ámbitos de poder pocos tuvieron la desfachatez de jactarse y, en cierto modo, normalizar esa conducta. Y en el caso de Bill Clinton hubo un arrepentimiento sincero y una rectificación de su comportamiento.

Pero el sexismo seguirá existiendo en la sociedad, allá y aquí, porque tiene raíces profundas en la cultura y la ­historia de todos los países. No es algo que esté de capa caída conforme los viejos vamos desapareciendo. Ahí está el atroz ejemplo de niños de doce años dando una tremenda paliza que le ­desplazó un riñón a una niña de ocho, en un colegio de Mallorca. Simplemente porque quería jugar al fútbol, “y las niñas no hacen eso”. Podría verse como trifulca habitual entre niños y niñas, pero el discurso explícito fue más allá: “Las niñas no sirven para nada”. Unos años más tarde descubrirían que servirían para algo, como objetos sexuales. Porque las raíces son tan profundas, y sus efectos tan devastadores en todos los ámbitos de la cotidianidad de las mujeres, que no puede erradicarse el sexismo simplemente con educación y moralinas.

Hace falta protección legal, judicialmente ejecutada, en todos los ámbitos públicos en que se manifiesta la cultura de la violación, empezando por la industria de la publicidad y por los programas de variedades de la televisión. Siguiendo con medidas disciplinarias contra cargos institucionales, como políticos y administradores, o gestores empresariales, cuya conducta perpetúe la sistemática reducción de las mujeres a un pedazo de carne. Incluyendo a las prostitutas (trabajadoras del sexo) en ese respeto debido. Claro que en la relación privada entre personas cada uno es libre de decir y hacer lo que quiera, aunque según qué se haga también es falta sancionable.

La evolución hacia la civilidad y el respeto mutuo en lo cotidiano depende entonces de la vigilancia activa de cada uno y cada una. Depende de que los hombres se desmarquen de algunos brutos de sus congéneres sin refugiarse en la privacidad de los espacios masculinos construidos sobre la cultura del abuso sexual como algo entre divertido y vanaglorioso.

¿Haría esta vigilancia insoportablemente tensas las relaciones personales? Supongo que es inevitable durante un tiempo, aunque por otro lado se reduciría la tensión que sufren la mayoría de mujeres que se sienten evaluadas con las miradas sobre sus partes y despreciadas como personas. Siendo así que hoy día hay más mujeres diplomadas universitarias que hombres. Y que ya nadie se plantea en serio la capacidad o incapacidad de las mujeres para asumir cualquier tarea.

Es significativo que los comentarios racistas y xenófobos de Trump contra mexi­canos o musulmanes, aunque repudiados por mucha gente, no sus­citaran la misma reacción y de hecho aumentaron su apoyo entre sectores de hombres blancos que piensan lo mismo. Pero denigrar a las mujeres nos afecta a todos directamente porque en ellas tenemos los hombres nuestra raíz emocional. Si aprendemos el respeto, viviremos más felices. Y, como demuestran algunos estudios, haremos mejor el amor si es una práctica entre iguales.

Pero la batalla con los machos se intensificará de momento. Cálculos electorales muestran que si no votaran las mujeres Trump ganaría la elección. Y por eso, ha surgido un movimiento trumpista para anular la enmienda constitucional que otorgó el derecho de voto a la mujer.

Estamos en una lucha decisiva por el poder más fundamental de la sociedad. Su resultado es incierto. Pero de momento el macho alfa no será presidente. El precio del sexismo es la deslegitimación del poder de quien lo practica.