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Jueves, 8 de diciembre de 2016

“¿Es Trump un neonazi? Se ha levantado la veda para los discursos de odio”


De entrada, no. En realidad su único principio es su narcisismo y su poder personal, su deseo de hacer y decir lo que quiera, sin respetar normas de conducta y que, aun así, lo quiera la gente y pueda triunfar en los negocios y en la política a la vez. La comparación más adecuada es con Berlusconi, empresario especulador, oligarca mediático, sexista y xenófobo descarado, ladrón con impunidad, abusador de menores y, aun así, dominador de la política italiana durante dos décadas. Sin embargo, hay varios elementos que deben ser considerados cuidadosamente por la importancia que tiene el tema para el mundo en general. A saber, sus conexiones con la extrema derecha nacionalista y xenófoba en Estados Unidos, su posible liderazgo simbólico de la extrema derecha mundial y, sobre todo, las consecuencias prácticas de sus discursos ideológicos. Porque no hace falta ser explícitamente neonazi para intentar la mayor deportación de masa desde los tiempos del nazismo, entre los vítores de millones de estadounidenses.

El que doscientos energúmenos se reúnan, como hicieron, en un local cercano a la Casa Blanca y griten “Heil Trump” haciendo el saludo nazi podría ser anecdótico y en realidad le fue fácil a Trump repudiarlos. Pero más complicado es desligar a Trump de su principal asesor estratégico en la presidencia, Steve Bannon, el que dirigió la última fase de su campaña y que es considerado el líder ideológico de la “Derecha Alternativa” o Alt-Right, denominación de los medios que por cierto Bannon rechaza. Bannon era hasta hace poco el editor jefe de Breitbart News, una web “informativa” basada en Los Ángeles, lanzada por Andrew Breibart (fallecido en el 2012) para articular los círculos de opinión más extremos y alimentar las teorías conspirativas contra la dominación del establishment mundial. Bannon, 62 años, no es un cualquiera. De origen humilde, se alistó en la Navy y luego estudió en Virginia Tech y en la escuela de negocios de Harvard. Trabajó un tiempo para Goldman Sachs (símbolo de la clase financiera vilipendiada por los seguidores de Bannon) y luego entró a fondo en los negocios de televisión y cine de Los Ángeles, y se hizo rico con las regalías de la comedia Seinfeld.

Algunos de mis conocidos del mundo del cine (demócratas) que lo tuvieron como subordinado me cuentan lo listo que es y su profundo odio a las élites políticas y los medios de comunicación. Algo que está en el centro del discurso de Trump. Desde Breitbart News construyó un paradigma ideológico sin complejos de corrección política en donde se mezclan nacionalismo, racismo, sexismo, xenofobia y antisemitismo (paradójico porque es judío). Y cuando Hillary Clinton empezó a ganar en las encuestas convenció a Trump de que en lugar de moderarse tenía que ir a por todas con un discurso explícito que no respetara tabúes y legitimara lo que amplios sectores de la clase obrera blanca pensaban. Esa movilización nacionalista blanca fue la clave de la victoria (por los pelos) de Trump. Y ese componente es parte integrante de la coalición presidencial que Bannon construye al margen del establishment republicano.

La articulación de la extrema derecha tiene ramificaciones internacionales. Breibart News, con fuertes apoyos financieros, está implantándose en Europa, planeando webs en particular en Francia y en Alemania. Trump, aun cuidando su imagen de estadista, está contactando con los líderes más autoritarios y xenófobos, empezando por su declarado amigo Putin; siguiendo por el nacionalista Shinzo Abe, primer ministro japonés (alianza antichina); invitando a Nigel Farage, el dirigente del UKIP impulsor del Brexit; abriendo puentes con Marine Le Pen y con la derecha italiana, o recibiendo las alabanzas de Duterte, el nacionalista radical elegido presidente de Filipinas, conocido por disparar primero y preguntar después. El simbolismo de extremistas en la Casa Blanca está haciendo emerger las tendencias xenófobas latentes en todo el mundo. Estamos en un nuevo terreno político-ideológico y Trump es, implícita o explícitamente, la referencia.

Ahora bien, Trump y sus asesores también saben que lo esencial es lo que hagan en materia económica, mientras echan lastre en sus exageraciones. Ya no se va a enjuiciar a Hillary Clinton. Se mantiene el tratado de París sobre cambio climático (aun nombrando un crítico del acuerdo para la Agencia Medioambiental). Y se abandona la licencia para torturar, por ineficaz, reemplazándola con cigarrillos y cerveza en los interrogatorios. Porque lo esencial, en la estrategia de Bannon apoyada por Trump, es un plan estratégico para mantenerse en el poder por décadas. Y para ello, inversión pública billonaria (aunque le pese al Congreso republicano) en infraestructura y obra pública, que proporcione millones de empleos a obreros manuales sin fábricas en donde trabajar. Y retirarse de los tratados comerciales que han hecho perder competitividad a las industrias tradicionales.

O sea, freno a la globalización. Y limitación del apoyo a instituciones internacionales, como la ONU, y a los programas de ayuda. Un aislacionismo temperado en lo económico y en lo militar, poniendo los intereses de la nación por encima del interés común del orden mundial. Por otro lado, afirmando el poderío militar del país para dominar por intimidación. Se prevé un incremento sustancial de tropas, de aviones y de navíos, en contra de la opinión de expertos partidarios de la guerra electrónica y de operaciones especiales. Pero el simbolismo de una ­potencia militar sin precedentes intentará materializar la promesa de la recuperación de la grandeza de EE.UU.

De modo que aunque Trump repudie a los neonazis, hay un componente de nacionalismo extremo en su equipo y en sus políticas, articulado por sus más influyentes asesores. Y se ha levantado la veda para los discursos de odio contra todo lo que no sea blanco y patriarcal. Y sabemos que los discursos construyen la realidad.




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