Ir a…

Noticiero Universal

Mil Noticias en Tiempo Real

Domingo, 11 de diciembre de 2016

España aspira a recuperar el liderazgo europeo en las relaciones con Cuba


Fidel Castro era “un españolazo”. Lo decía con frecuencia Gabriel García Márquez, que conocía bien al líder cubano. El Nobel de Literatura admitía que tal vez el comandante en jefe de la revolución cubana desconfiaba de los gobernantes españoles, como el embajador Carlos Alonso Zaldívar (2004-2008) solía decir al escritor. Pero Gabo precisaba que Fidel sospechaba de todo el mundo. Lo cierto es que los recelos de La Habana hacia Madrid existen, sobre todo desde que en 1996 José María Aznar sacó adelante en Bruselas una posición común que supeditaba la relación de la UE con Cuba a drásticos cambios políticos y económicos en la isla.

La inminente derogación de esa posición y su sustitución por el convenio bilateral de diálogo y cooperación que ambas partes firmarán el 12 de diciembre sitúan a España ante una oportunidad única para recuperar su posición de liderazgo europeo en un “diálogo crítico” con el Gobierno caribeño.

El marco de la relación entre España y Cuba ha cambiado drásticamente en las últimas semanas, no sólo por el acuerdo alcanzado por los 28 para ese convenio de cooperación, sino también por otros dos factores de gran relevancia: la constitución de un gobierno en Madrid, por fin, y, como elemento de incidencia indirecta pero crucial, la elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos.

La formación de Gobierno tras diez meses de incertidumbre política dejó despejado el camino para que el Ejecutivo y la Zarzuela decidieran, como de hecho estaba y sigue estando pendiente, si el rey Felipe VI debía viajar a la isla para renovar y reforzar los lazos hasta hace poco un tanto deteriorados entre los dos países hermanos. La visita de los ministros José Manuel García-Margallo y Ana Pastor a La Habana en mayo pasado, de resultado mucho más positivo que la que el primero había protagonizado en noviembre del 2014 sin que Raúl Castro aceptara recibirle, abonó el terreno para ese relanzamiento de unos vínculos casi obligadamente fraternales.

El contexto en que se plantea tal oportunidad de recuperar terreno en las relaciones con Cuba es de una enorme paradoja. Porque el convenio bilateral que en unos días va a enterrar la posición común no es otra cosa que la tardía respuesta diplomática europea al nuevo escenario cubano. Una respuesta que llega nada menos que dos años después del acuerdo de deshielo sellado entre Raúl Castro y Barack Obama en diciembre del 2014, pero que viene a sustanciarse justo después de la inesperada victoria de Donald Trump, que se la tiene jurada a los Castro y ha prometido revertir los pactos con los que su antecesor facilitó y multiplicó el flujo de mercancías y viajeros desde Estados Unidos hacia la isla.

Habrá que ver hasta qué punto Trump, un hombre de negocios, cumple sus amenazas y echa por tierra las expectativas de no pocos productores agrarios y compañías industriales, financieras y de viajes de su país que esperan hacer caja en una Cuba más abierta a la imprescindible inversión extranjera. Pero, mientras la incógnita se despeja, la agresividad y las advertencias del sucesor de Obama resitúan de pronto a Europa, de forma tan favorable, en una carrera diplomática que se suponía había perdido por varios cuerpos frente a Estados Unidos.

En el nuevo tablero, a España le toca jugar como interlocutor aventajado y posible mediador con Cuba: en principio dentro de la UE –como fue siempre lo normal hasta 1996 y en parte durante los mandatos de José Luis Rodríguez Zapatero (2004 al 2011)–, pero sin tener por qué renunciar a priori a servir de puente con Washington, un papel que desde hace largos años cumple el Vaticano. Nadie duda hoy de que España, que según Margallo también habría ejercido buenos oficios a favor del acuerdo con Obama, tiene que estar mucho más presente en cualquier intermediación con Cuba, al menos en el hemisferio occidental, e intentar ser el vértice de todos los triángulos con La Habana.

Ni las ventajas históricas y culturales que privilegian la posición de España ni la mejor de las predisposiciones que pueda mostrar Madrid en la nueva etapa garantizan el éxito de esas lógicas aspiraciones diplomáticas del Gobierno y en particular del nuevo ministro de Exteriores, Alfonso Dastis. El desarrollo del diálogo que ahora tiene que abrirse en Bruselas en los frentes de política y derechos humanos, comercio y cooperación topa con las reservas de algunos socios europeos muy reticentes a estrechar vínculos con Cuba sin grandes concesiones a cambio, como Suecia, República Checa, Polonia e incluso Alemania. Por no hablar de una mediación ante Trump que hoy se antoja quimérica.

En medio de esta situación, la muerte de Fidel Castro añade una circunstancia inesperada que acelerará un nuevo contacto entre los gobiernos de España y Cuba. De momento, la Moncloa y la Zarzuela han tomado la decisión de que la delegación española en los funerales esté encabezada por el rey emérito, Juan Carlos.

Más historias deActualidad

A %d blogueros les gusta esto: