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Domingo, 11 de diciembre de 2016

“¿Hay alguna posibilidad de que Santamaría renuncie a sus principios y Puigdemont a los suyos?”


Josep Cuní tiene la sana costumbre de preguntarle casi todos los lunes al oráculo de Lugo cómo ve eso del diálogo. El oráculo de Lugo es el cronista arriba firmante y debe de tener poco de oráculo porque no acaba de verlo claro. Y hoy, después de leer y escuchar lo que se dijo ayer en el Parlament, menos claro todavía. Es cierto que el señor Albiol, que tiene buena línea con Moncloa, ve señales que envía el Gobierno central, pero alguien le replicó que debían ser señales de humo. Es cierto, por el otro lado, que el señor Puigdemont se quiere sentar a hablar, lo dice todos los días, pero sin que le impongan condiciones por adelantado. Y el oráculo intenta ver indicios favorables, pero, en cuanto despierta, el dinosaurio de las condiciones sigue ahí.

¿Lo hablamos en serio? Se puede intentar. A la altura que alcanzaron las aguas de la cuestión catalana, parece indudable que sólo un esfuerzo supremo de conversar y pactar es capaz de contener la riada. Ahora bien: no se trata de imponer condiciones o eso que se llama líneas rojas. Las líneas rojas vienen de fábrica. La señora Sáenz de Santamaría, encargada de desbrozar el monte, pertenece a un determinado partido cuya ideología no admite ni que Catalunya –o el País Vasco o Galicia—sean consideradas naciones, porque madre nación no hay más que una. Al mismo tiempo, actúa como vicepresidenta del gobierno español. Y ese gobierno, sea presidido por Rajoy o su porquero, tiene la obligación de no saltarse la legalidad. Por tanto, no negociará ningún referéndum, salvo que sea estatal, y mucho menos los términos de la independencia de Catalunya.

En la parte soberanista, el señor Puigdemont pertenece a un partido que se pasó a la independencia. Él mismo estuvo siempre en su parte más independentista. Al mismo tiempo, preside un gobierno que adquirió determinados compromisos con sus electores para crear las estructuras del Estado catalán, avanzar hacia su consolidación y convocar un referéndum con la idea de que la sociedad catalana lo autorice a separarse de España. Cuando propone hablar sin condiciones, supongo que se refiere a las que quiera imponer el gobierno central, porque él también las trae de serie.

¿Hay, sinceramente, alguna posibilidad de que Santamaría renuncie a sus principios y Puigdemont a los suyos? ¿Hay posibilidad siquiera de que los aparquen mientras se sientan a hablar? Lo pueden y deben intentar. Pero cuando lleguen a la cuestión mollar del derecho a decidir y cómo ejercerlo, reventarán las costuras. Soraya quiere negociar para que Catalunya se quede; seguro que desea el pacto, porque sería su coronación como estadista. Puigdemont, si no engaña, quiere negociar para que Catalunya se vaya; es su compromiso político reiterado en sus discursos y su éxito le daría dimensión histórica. Demasiada línea roja que deja al oráculo ingenuo en el nublado terreno de la duda. Pero lo tienen que intentar.




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