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Viernes, 9 de diciembre de 2016

La vuelta de Juani al infierno


El 17 de noviembre, horas antes de que su marido la matase a hachazos, Juani Monge dio los buenos días —“buenos días, corazones”— a sus amigos de Facebook. Juani Monge había ido dejando pistas de su grave situación personal en las últimas semanas colgando memes que circulan entre usuarios. El 9 de septiembre, tres días antes de denunciar a su marido, publicó la ilustración de un hombre haciendo ver a su mujer, sentada en una silla cabizbaja, que estaba loca. El texto decía: “Si alguien te trata mal recuerda que hay algo mal en ellos, no contigo. La gente normal no anda por ahí destruyendo a otros seres humanos”. “Así es, amiga”, respondió una usuaria: “Pero los hay muy cobardes, que son maltratadores”. El 11 de septiembre, una amiga le impelía: “No te derrumbes, Juani, que nadie está por encima de ti ni nadie es mejor que tú. No dejes que te pisoteen, denúncialo de inmediato. Tú eres más fuerte que él y puedes con todo”. El 18 de septiembre, otra amiga le animó a “pasar página y ser feliz”. Una más le escribió de madrugada: “Todo tiene solución menos la muerte. Todo pasa y volverás a ser feliz”.

En una pared vecina a la casa en la que Juani murió asesinada, puede leerse otra frase pintada: “Machete al machote”.

El pueblo de Virgen del Camino pertenece al municipio de Valverde de la Virgen, a diez minutos de León. Aquí, en esta loma de frío y viento que acoge un aeródromo, una academia del aire y el aeropuerto de León, Juani y Roberto se instalaron como pareja. Ella, procedente de Andalucía; él, un asturiano jubilado de la mina. Una pareja querida por los vecinos, dice el alcalde de Valverde del Camino, David Fernández Blanco. Los bares, alrededor de las doce y media, se llenan a la hora del vermut un día de semana.

La familia y los amigos de Juani y Roberto no hablan de ellos. Solo uno, cuando se despide el periodista, dice: “No lo digo yo, lo dice más gente que lo trató. Él era una bellísima persona. Lo veía mucho recoger a la madre ahí, donde vive ella, encima del estanco, para sacarla a pasear. Lo que pasa es que tenía esa enfermedad, los celos”. Roberto Suárez Menéndez era extremadamente celoso y la obsesión con su mujer llegaba al punto de no soportar verla salir con ninguna amiga. Eran celos que solo aplacaba de una manera: sabiendo exactamente dónde estaba siempre su mujer. Por eso, un año en las fiestas de la Virgen del Camino, la encerró sola en una casita con finca que está a un kilómetro del domicilio familiar.

En aquel lugar que fue su infierno durante las fiestas Juani había sido feliz: cuidaba del jardín, plantaba y regaba sus rosas, disfrutaba de su gato y su perra. Así pasó agosto; el 2 de septiembre, la pareja se fue a Ávila, donde vive su hija, a disfrutar de la fiesta medieval. Con ella vestida para la ocasión, y su marido de calle, pasearon, se fotografiaron y comieron en familia. La jornada la documentó en su Facebook diciendo que se sentía “maravillosamente”. Diez días más tarde, ya en Ávila, se presentó en la comisaría para denunciar los malos tratos a los que la sometía su marido. Se dictó una orden de alejamiento contra él de 250 metros y Juani se dispuso a iniciar una nueva vida. Se activó un protocolo de seguimiento de riesgo bajo tras años de sometimiento.

Fuera del bar Santuario, cerca de la casa de ambos, un conocido de la pareja, David, explica que los celos de él y la vida de ella los conocía mucha gente. ¿Era una “bellísima” persona? “Si era una bellísima persona el infierno está lleno de ellas. Él tenía una relación cordial y amable con la gente. Pero se sabía lo que era, y eso tuvo que ponernos en guardia a muchos que no lo hicimos porque jamás piensas que se puede llegar a ese punto”.

“Ese punto” ocurrió el 17 de noviembre. Juani había vuelto de Ávila a Virgen del Camino. Le pudo la compasión: su marido tenía una enfermedad grave y recibía quimioterapia. Contra el consejo de muchos, la mujer —“una mujer buena, que solo vivía para sus hijos, para su familia”, dice David— regresó al pueblo para cuidar de su asesino. Seguían viviendo en casas separadas (ella en el domicilio familiar; él en la casita de la finca). Ese día una patrulla de la Policía Local la visitó para preguntarle cómo iba todo. Ella respondió que bien, que no había ningún problema. A las nueve de la noche, en una calle (Ponferrada) con un paisaje desolador —un páramo y más allá las carreteras de la meseta— un vecino se encontró en la acera con un reguero de sangre que salía por debajo del portal negro del número 34.

Los agentes se encontraron dentro a Juani muerta a hachazos y a su asesino, metros más allá, colgado de una cuerda.

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