Montgomery Clift: El antidivo atormentando

Con él estuvo a punto de repetirse la historia de James Dean. Aquello del muere joven y deja un bonito cadáver. Ambos compartieron una opaca vida privada que hizo correr ríos de tinta y teorías de todos los colores. Ambos rodaron mucho menos de lo que deberían. Y ambos sufrieron un terrible accidente de automóvil: en el caso de Dean, truncó su vida. Montgomery Clift (Omaha, 1920 – Nueva York, 1966) sobrevivió, pero malherido y con el rostro desfigurado, sus conflictos más íntimos y su soledad se acentuaron. Paradójicamente, su carrera no se resintió, y algunas de sus mejores interpretaciones llegaron en esa segunda etapa de una carrera que dejó el sabor agridulce de lo que pudo ser y se quedó a medio camino.

Y es que Monty Clift no fue la clásica figura moldeada al servicio de los caprichos de un gran estudio. Siempre huyó de los eternos contratos leoninos, siempre fue por libre. “De lo que se escribe sobre mí podría deducirse que huyo de la gente”, decía en declaraciones recogidas por FOTOGRAMAS en 1953. “¡Bobadas! Incluso me adjudicaron un desarrollado complejo Greta Garbo. Lo que ocurre es que no me interesa la gente de Hollywood y huyo de esa ciudad. Se habían propuesto imponerme al público como si fuera una marca de cigarrillos o un dentífrico.” Y seguía: “Durante mucho tiempo rechacé ofertas para hacer cine porque no me creía suficientemente maduro, y también por espíritu de independencia. Los contratos de larga duración que me proponían me asustaban.”

DEL TEATRO AL WESTERN
Clift no dio el salto hasta 1948, cuando ya llevaba más de una década en los escenarios de Broadway (había debutado en las tablas en representaciones de verano con apenas 14 años, en ‘Fly Away Home’, que después llegaría a Nueva York; ya en Broadway representaría una decena de títulos, algunos tan exitosos como ‘Dame Nature’ o ‘The Skin of Out Teeth’). Antes había rechazado aparecer en films como ‘La señora Miniver’ (William Wyler, 1942) o ‘Pursued’ (Raoul Walsh, 1947), pero, entre un mar de dudas, el director Howard Hawks le acabó convenciendo, con un rol lleno de matices en una producción independiente que no le obligaba a ningún compromiso. En ‘Río Rojo‘, el estilo introspectivo de Clift se enfrentaba al enérgico y robusto de John Wayne. El choque de sus personajes en el film se reprodujo en el rodaje: Wayne llegó a llamarle pequeño bastardo arrogante ante un periodista de la revista Life, y, según una de las biografías dedicadas a Clift, no pudo parar de reírse de él en la escena en que se pelean a puñetazo limpio.

Nuestro hombre, por su lado, era incapaz de participar del juego de machitos, de las amigables borracheras y las competidas partidas de póquer que sus colegas perpetraban en las pausas de la filmación. En una entrevista de Peter Bogdanovich al cineasta, Hawks matizaba esos problemas: “Nadie con tanto talento es conflictivo. Sólo había que quitarle algunas ideas de la cabeza, porque, al principio, Monty quería hacerse el duro. Y a esa gente, Wayne la arrolla. Por eso le paré los pies y le dije que lo mejor era hacer todo lo contrario. Cuando acabó la escena, John se acercó a mí y me dijo: Ese chico va a estar bien, va a ser bueno. Monty comprobó lo bien que quedaba, se relajó y nos relajó.”

Transformada en respeto, la animadversión mutua inicial jugó a favor de una película que, sorprendentemente, incluía algunos momentos sexualmente ambiguos (el intercambio de pistolas con John Ireland) que alimentarían la leyenda alrededor de Clift.

EL AMIGO DE LIZ
Una infancia y adolescencia marcadas por una madre sobreprotectora con él y sus hermanos, y por una salud accidentada (a los 8 años casi se ahogó, tuvo que ser operado y le quedó una cicatriz en el cuello que se observa en varias de sus películas; después sufrió disentería crónica), convirtió al hipersensible Monty Clift en un alérgico social, sentimental y sexual. Su hermano Brooks confesaría: “Aunque estábamos obsesionados con nuestra infancia, no podíamos tener recuerdos sobre ella. Era frustrante. Y cuando cualquier cosa nos la recordaba, eso nos hacía llorar.”

Montgomery Clift nunca tuvo pareja oficial, y, de hecho, sus biografías fueron alimentando una homosexualidad, o bisexualidad, casi siempre reprimida. Existió la hipótesis de un estrambótico ménage à trois con el matrimonio formado por los actores Kevin McCarthy y Augusta Debney, con los que pasaba muchísimo tiempo. Se habló de sendos idilios con dos mujeres mayores que él, Mira Rostova y Libby Holman, suerte de mentoras con las que reprodujo ciertos tics de la relación de dominación que tenía con su madre.

Y mucho se escribió sobre su relación con Elizabeth Taylor. Se conocieron en el rodaje de ‘Un lugar en el Sol‘ (George Stevens, 1951), a la que Clift llegó ya consolidado en la pantalla, con una nominación al Oscar a sus espaldas, por ‘Los ángeles perdidos‘ (Fred Zinnemann, 1948), y otros dos films: ‘La heredera‘ (William Wyler, 1949) y ‘¡Sitiados!‘ (George Seaton, 1950). Entre Monty y Liz se creó una corriente de afecto inmediato y, durante un tiempo, participaron de las intenciones del departamento publicitario de la Paramount para que fueran la pareja de moda. Pero lo suyo no pasó nunca de una amistad, con algunos altibajos, pero íntima e intensa. “Liz es la única mujer con la que he conectado de verdad, la siento como mi otra mitad”, afirmaría.

Juntos rodarían también ‘El Árbol de la Vida‘ (Edward Dmytryk, 1956) y ‘De repente… el último verano‘ (J.L. Mankiewicz, 1959). Y sólo la muerte del actor evitó que repitieran en ‘Reflejos en un ojo dorado’ (John Huston, 1967). Le sustituyó, caprichos del destino, un Marlon Brando con el que Clift había trabajado en ‘El Baile de los Malditos‘ (E. Dmytryk, 1958) y del que había dicho públicamente que era el mejor actor de su generación.

CAÍDA DEL ÍDOLO
Entre 1953 (el año de producción de Yo confieso‘, ‘Estación Términiy ‘De aquí a la eternidad) y 1957, un Monty ya alcoholizado y adicto a la automedicación se apartó del cine. Rechazó dos films de Elia Kazan, ‘La ley del silencio’ (1954) y ‘Al este del Edén’ (1955). Regresó al teatro con una reposición de ‘La Gaviota’ que no acabó de funcionar. Y no volvió a ponerse ante las cámaras hasta que la MGM le propuso volver a actuar junto a su amiga Liz Taylor. Fue durante el rodaje de ‘El Árbol de la Vida’, volviendo de una fiesta en casa de su partenaire, cuando su automóvil chocó contra un poste telefónico: fracturas de mandíbula y nariz, pérdida de dientes, heridas faciales y conmoción cerebral.

El absoluto protagonismo de Clift en el argumento hizo que la producción se parara durante tres meses. Pero el empeño del actor, aún en proceso de recuperación y con las heridas sin cicatrizar del todo, le hizo volver al plató. El alcohol y los medicamentos, muchas veces sin receta médica, le ayudaron a terminar la película, aunque, probablemente, aceleraron su proceso autodestructivo.

“Siempre me pareció que Monty tenía un ángel de la muerte caminando a su lado”, dijo una vez Alfred Hitchcock, su director en “Yo confieso”. En la recta final de su carrera, un enorme Clift dejaría dos estremecedores personajes para el recuerdo: el judío superviviente de un campo de exterminio de ‘Vencedores o vencidos (Stanley Kramer, 1961) y el cowboy de la maldita ‘Vidas rebeldes (John Huston, 1961), con un Clark Gable que murió antes de su estreno y con Marilyn Monroe (“La actriz más maravillosa con la que he trabajado en 29 años”), también fallecida poco después. El actor aún tuvo tiempo de participar en ‘Freud, pasión secreta‘ (J. Huston, 1962) y en ‘El desertor‘ (Raoul Levy, 1966), tras la que sufrió un empeoramiento de su maltrecha salud. El 23 de julio de 1966, hace 50 años, Monty Clift vio cómo su castigado corazón decía basta.