Correa destapa la corrupción del PP, pero deja la etapa Rajoy al margen

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La novela que contó ayer Correa en la Audiencia Nacional es un relato de sobres y cuentas en Suiza durante la época Aznar

“Quedaba con ellos y les daba el sobre”. Así de fácil. Esta es la descripción que el cabecilla de la red Gürtel, Francisco Correa, hizo ayer del procedimiento que empleaba para sobornar a políticos, obtener contratos y pagar y cobrar comisiones. Correa, conocido como Don Vito en su círculo de colaboradores, realizó una larga declaración en el juicio sobre la trama de corrupción que encabezaba. Con apariencia serena, irónico unas veces, mordaz otras, provisto de documentación y bien trajeado, el acusado contó que empezó a relacionarse con el PP de la mano de su extesorero, Luis Bárcenas, con quien durante años se repartió los beneficios de múltiples adjudicaciones. Bárcenas, a su vez, lo negó en los pasillos.

Según Correa, en cambio, el tándem funcionó durante años. Hasta que se produjo la sucesión en el PP y llegó Mariano Rajoy al frente de los populares. Hasta entonces, todo había ido para la red Gürtel como una seda. Había sido Bárcenas quien había puesto a Correa en contacto con Álvarez-Cascos, que le encargó organizar un primer mitin. “¿Sabrás hacerlo?”, le preguntó Cascos. Y sí, supo. Fue un acto que Correa se comprometió a montar por un millón de pesetas, “cuando otras empresas pedían once”. Con ese primer gancho, le recibieron alborozados. Luego hubo muchos más encargos, en paralelo a los contratos con ayuntamientos y organismos autonómicos de Madrid.

Pero la relación se enfrió con la salida de Aznar. El sucesor, Mariano Rajoy –siempre según la versión de Correa–, “no tenía buena química” con Pablo Crespo, ex secretario de organización del PP en Galicia y también el número dos de la trama, y las empresas de Gürtel optaron por concentrar sus actividades en la comunidad valenciana. “Nos vamos con Camps”, fue la decisión.

Junto al del extesorero popular hubo otro nombre especialmente señalado ayer por Correa, el del exalcalde de Majadahonda Jesús Sepúlveda, exmarido de la exministra Ana Mato, ambos del PP. De hecho, Sepúlveda, en tanto que secretario del área electoral del PP, acabó siendo su nexo operativo con la sede central de los populares y con instituciones madrileñas. Correa le regaló un coche, viajes y diversas atenciones, como una fiesta de cumpleaños para sus hijos. “¿Qué me costaba pagar a unos payasos, globos, un castillo hinchable? Nada…; no había coste, era un regalo”, dijo. Paralelamente, en la sede del PP, el líder de la red Gürtel se movía como Pedro por su casa. Él mismo lo describió ayer en estos términos durante la vista en la Audiencia Nacional, al manifestar: “Me pasaba el día en Génova (nombre de la calle en la que se halla el estado mayor del PP), desde luego más tiempo que en mi propio despacho”.

La novela que Don Vito contó ayer en la Audiencia Nacional es un relato de sobres y cuentas en Suiza. Con zonas de misterio. Explicó, por ejemplo, que quiso regularizar su dinero con Hacienda –unos 40 millones de euros en entidades bancarias helvéticas–, pero que le frenaron en seco. Hubiera tenido que dar nombres. Se hubiera podido complicar mucho la cosa.

Se constata, en suma, que Correa ha empezado a hablar. Pero ni lo cuenta todo ni lo hace por tener una clara conciencia de culpa. A Correa le parecen normales muchas de las cosas que se le reprochan. Por ejemplo, las dádivas y regalos a políticos y sus familias. Dijo que a él le habían atrapado porque muchas veces no hacía facturas, y que otro gallo le hubiera cantado de ser más previsor.

“A mí me han pillado –dijo con la mayor naturalidad–, pero hay muchos Correas”. Don Vito estima que su caso no es tan excepcional. En su versión, la corrupción parece, por tanto, poco más que pasarse un semáforo en rojo. Muchos se lo saltan, pero sólo a unos pocos les cazan.

Correa, en todo caso, se juega mucho más que una multa en este proceso. La Fiscalía le pide 125 años de prisión por un sinfín de delitos, casi todos los contemplados en el título dedicado a los de tipo económico. De momento, no hay rebaja. Y sus declaraciones no confirman claramente que haya pactado con Anticorrupción. Cabe pensar que espera reducir ese total colaborando con la justicia, aunque seguramente sólo de forma limitada y parcial.

En algún momento, Correa manifestó que no podía mencionar todos los nombres de sus interlocutores, porque “sería una revolución”. El jefe de Gürtel dice ahora que quiere contar la verdad, pero desde luego no toda la verdad. Y en muchos momentos quedó claro que Correa no entiende, de hecho, qué pinta él en el banquillo. “Yo no tenía una organización criminal –dijo–; si hubiera querido tenerla, hubiera contratado a criminales, y nunca lo hice”. Su negocio era tan sencillo como poner en contacto a empresarios y políticos, y sacar siempre algo de ambos lados.

Con Bárcenas, por ejemplo, todo empezó cuando el extesorero le dijo: “Tú tienes contactos con empresarios y yo con políticos, vamos a intentar hacer gestiones para cuando salgan los concursos de la Administración, intentar favorecer a algunos de estos empresarios, que luego van a colaborar con el partido”. A partir de entonces todo fue ampliar sus relaciones, que pronto incluyeron a Alejandro Agag, yerno de Aznar, “y por eso fui a su famosa boda”.

Pero Correa quiso aclarar que hizo negocios con el PP sin vínculos ideológicos paralelos. “Yo soy más bien del otro bando, y ya había trabajado con el PSOE, en tiempos de Julio Feo”, dijo refiriéndose al que fue jefe de gabinete de Felipe González. No explicó, sin embargo, qué objetivos y qué actividades se derivaron de aquellas relaciones. En todo caso, sí quiso subrayar que sus simpatías políticas no tienen nada que ver con los populares. A este respecto, añadió que su primer mitin fue para ver a la Pasionaria. Allí “mi padre lloró, porque había sido un refugiado político que había tenido que irse de España en el 39”.

Correa buscó en algunos momentos cierta complicidad con la fiscal del caso, Concepción Sabadell, que le interrogó detalladamente durante horas. “Ya vio usted –le dijo a la fiscal– que ante Garzón me derrumbé. No sé ni lo que dije. Era la primera vez que declaraba ante un juez”. Hoy volverá a hacerlo. La fiscal aún no ha acabado con él.