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Jueves, 8 de diciembre de 2016

La génesis de populismo en España


La curvatura del espacio es el resultado de una perturbación cuyo cálculo exige complejas fórmulas matemáticas. Sin embargo, la realidad electoral ofrece ejemplos menos alambicados. La curvatura del eje ideológico (normalmente una línea recta entre la extrema izquierda y la extrema derecha) también parece producirse cuando estalla una crisis de gran calado. Lo que los intelectuales de cabecera de Podemos denominan “un momento populista”. Y ese “momento de ruptura” (resultado de la suma “de demandas sociales insatisfechas”) convertiría el eje ideológico en una especie de herradura en la que los extremos casi se tocan e invaden la franja de las grandes mayorías. Es una hipótesis que maneja la ultraderecha.

El ascenso de los totalitarismos durante la Gran Depresión, tras el crac del 29, afianzaría esta conjetura. Y la gran recesión que se desencadenó a partir del 2008 ha provocado en muchos países (incluida España) el ascenso de partidos antisistema que, hasta entonces, languidecían en uno u otro extremo del eje ideológico. Esas formaciones vienen actuando a las órdenes de un líder indiscutido y sus propuestas suponen un nivel muy alto de gasto público. Y, sobre todo, intentan capitalizar el voto de protesta, erigiéndose en portavoces de sujetos de difícil cuantificación: el proletariado, el pueblo, los de abajo…. frente a la oligarquía, los plutócratas o, ya más recientemente, “la casta”.

Eso sí, el auge actual de la mayoría de las formaciones populistas no puede entenderse sin un acompañamiento clave: la presencia de importantes fenómenos migratorios (vistos como una amenaza que explica las penalidades e incertidumbres presentes y futuras). Y de ahí que los emergentes partidos populistas del centro y norte de Europa tengan la xenofobia como uno de sus rasgos comunes. Ahora bien, su crecimiento –muy especialmente en Francia– sólo puede explicarse por una penetración en los espacios electorales de la izquierda sociológica; es decir, la clase trabajadora autóctona. El fascismo ya lo ensayó en el periodo de entreguerras mediante el social-populismo.

 

PODEMOS

PODEMOS (Rosa M.ª Anechina)

Eso significa que para seducir a la clase obrera, esas formaciones de ultraderecha han combinado su populismo con una defensa del estado del bienestar y de los derechos de los trabajadores, propia de la izquierda socialdemócrata. De ahí que algunos de esos partidos se presenten como defensores “de la clase obrera sin socialismo”. El nacional-populismo habría reemplazado así a los partidos comunistas en la defensa retórica del proletariado.

Claro que, frente al populismo de signo conservador que arrolla en el centro y norte de Europa, en el sur del continente ha prosperado un populismo de izquierda radical, que ha crecido a costa (pero no sólo) de la tradicional izquierda socialdemócrata. Y ahí se ubicarían Syriza y Podemos, o el inclasificable Movimiento 5 Estrellas del cómico Beppe Grillo. Y aunque la gran diferencia la marca la xenofobia (de modo que la ultraderecha tiene como principal enemigo “a los de enfrente”, y la nueva izquierda radical, “a los de arriba”), las coincidencias son amplias en el rechazo a la globalización y a los modelos liberales.

Estos grupos no crecen tanto por méritos propios como por el hecho de que el contexto de crisis, corrupción y desempleo (o subempleo) genera un momento populista de desesperación y desconcierto. Y ese contexto distorsiona los espacios políticos y sitúa los discursos extremistas en el terreno de unas mayorías que se han radicalizado y se han ido a los extremos. De ahí las puntas electorales de Syriza (36%). Grillo (26%) o Unidos Podemos (21%).

En el caso español, la pregunta es hasta qué punto Podemos opera electoralmente como un genuino movimiento populista o es sólo una variante actualizada de la izquierda radical, crecida al calor de la crisis (como la alemana Die Linke o sus homólogas del norte de Europa). Y la respuesta se inclina más bien por esta última opción. Es verdad que el Podemos de las elecciones del 2015 reunía un voto transversal, pues casi un 20% de sus electores procedía del PP o de otras fuerzas de centro. Sin embargo, el 70% lo componían desencantados del PSOE e IU. Además, aunque esos votantes presentaban rasgos propios del electorado populista, se ubicaban en el abanico de la izquierda y exhibían bajos niveles de españolismo y religiosidad.

Y si se atiende a la composición social del voto a Unidos Podemos, su correlación va en dirección contraria a la que reflejan los grupos nacional-populistas europeos. Menos de un 15% de los obreros votaron a Iglesias el 26-J (un tercio de los que en Francia lo hacen a Le Pen y por debajo de los que apoyaron a Rajoy y al PSOE). En cambio, más del 20% de las nuevas clases medias y altas apostaron por Podemos (hasta cinco puntos más que por el PP, cuyo caladero son las viejas clases medias, y el doble que por el PSOE).

Por ello, y con vistas a las expectativas electorales de futuro, el mensaje xenófobo como principal diferencia entre los populistas de ultraderecha y el “populismo perfeccionista” de Podemos, con su promesa de un autogobierno de los ciudadanos, tiene unas implicaciones decisivas sobre el crecimiento potencial del voto. El techo de Podemos viene determinado por el contingente de sufragios que pueda arrebatar al PSOE. Los espacios que nutren el espectacular ascenso de la extrema derecha europea –una suerte de nueva alianza entre los obreros autóctonos y las clases medias– parecen por ahora vedados al progresismo de Pablo Iglesias y sus seguidores. El“ pueblo de la ultraderecha es mucho más amplio electoralmente que el pueblo que invoca la izquierda radical.

 

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