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Lunes, 5 de diciembre de 2016

“Los franceses no quieren presidentes normales; Hollande no ha estado a la altura del desafío”


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François Hollande

François Hollande alcanzó el Elíseo en el 2012 prometiendo encarnar a un “presidente normal”. Después de la agitación desmedida de los años de Nicolas Sarkozy, tal promesa sonaba como un bálsamo. Y los franceses, hartos, profunda e irremediablemente hartos –como se ha visto en las recientes primarias de la derecha– de los continuos vaivenes del hiperbólico Sarkozy, dieron su confianza al candidato socialista. Pero nunca hubo entusiasmo en esa elección, ni siquiera en las filas del electorado de izquierda.

A los franceses, en realidad, nunca les han ido los presidentes “normales”. Lo suyo son, por el contrario, los hombres –cuando no las mujeres– providenciales. De Juana de Arco a Napoleón y a Charles de Gaulle, la historia de Francia está preñada de figuras excepcionales surgidas en momentos de crisis asimismo extraordinarias. Europa, y Francia, todavía no han salido de la crisis del 2008. Por el contrario, el aumento de los populismos y los extremismos a lo largo del continente –y en Estados Unidos– son un resultado directo.

Hollande, un hombre acomodaticio e inclinado a las componendas, no ha estado a la altura del desafío. Fiel a sí mismo, ha navegado en la tempestad con cautela y conservadurismo, sin mostrar ni una pizca de arrojo. Lo ha hecho en política interior y también en política europea. ¿Dónde está el legado de quien se consideraba a sí mismo el heredero político de Jacques Delors? Ciertamente, Hollande no ha cometido errores clamorosos, pero ¿cómo iba a cometerlos si siempre ha permanecido en el confortable estado de las medias tintas? Probablemente, esa ha sido su más grave equivocación.

 

 

 

 

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