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Viernes, 2 de diciembre de 2016

Yuste. El descanso del emperador.


Entre castaños y robles, flores silvestres, arroyos sonoros, trinos de pájaros, y cielos limpios como si nunca hubieran conocido una tormenta, lisos como plancha de acero, tersos como pétalo fresco; en la subida del monte, en un repecho solitario se halla el monasterio de Yuste.

Irradia una melancolía tranquila… pero todavía viva. Como si fuera el recuerdo de una tristeza que se aferró a las piedras y las mantuvo en pie más que la gravedad y las leyes de la física. El lugar, en su aislamiento, rodeado de verdor y soledades, pone en contacto con la idea de nuestra propia finitud, con nuestros propios límites, con la imposibilidad de enfrentarnos a la muerte en compañía. Pero esa misma calma del murmullo del agua y los gorjeos nos lleva a asumir todo ello, los más cruciales problemas de nuestra atormentada mente humana, con el mismo dominio de espíritu que el emperador que vivió aquí se enfrentó a sus últimos días y al último adiós.

Dicen que fueron años de búsqueda para elegir el lugar del descanso del monarca. Y que no pocos factores se entremezclaron en la decisión. Pero quizá ese emplazamiento ideal venció el plato de la balanza. El monasterio acogió a Carlos I, con medio centenar de monjes, la alta y austera iglesia y los dos claustros, el gótico y el renacentista… No era sino un rincón perdido en la floresta, con una casa adosada, que no un palacio salvo por la dignidad de quien estaba destinado a ser su morador, o por algunas riquezas artísticas que sólo los nobles más adinerados habrían podido permitirse (y tal vez ni siquiera ellos). Realmente el gran hombre quería huir del “mundanal ruido”, quería abrazar una vida sencilla, o al menos mucho más sencilla que la que había llevado hasta entonces, de ciudad en ciudad, de reino en condado, de la península itálica a los dominios del imperio, de palacio en palacio, de batalla en batalla. En Yuste sólo quedaban la devoción religiosa, los paseos, quizá algo de caza, las visitas y las cartas. Un reducido número de sirvientes y una comunidad de religiosos era toda la corte que lo rodeaba. Y los lienzos… la compañía (ya muda) del retrato de su esposa, siempre con él, o las obras religiosas de Tiziano, tan inspiradoras. Dicen que en sus últimos días pidió que le llevasen uno de ellos, “La Gloria”, de la mano de Tiziano, el mismo que lo retrató triunfante a caballo en Mühlberg. El cuadro que guardaba consigo el rey ha sido llamado por otros nombres como “La Trinidad” o “El Paraíso”, y es que representa la apoteosis divina y en él se pueden ver al Emperador y a la Emperatriz a la izquierda de Dios (derecha según mira el espectador) tan sólo vestidos con un sudario blanco, adorando al Todopoderoso con total entrega. Una copia de aceptable calidad se halla hoy en el altar mayor de la iglesia del monasterio y puede observarse desde la que fuera alcoba del emperador. Como si, de alguna manera, siguiera su espíritu viéndolo desde el lecho. Como si ambas esencias se resistieran a abandonar tan exquisito vergel. La copia, encargada por su hijo, Felipe II, abandonó este lugar para volver años después… y es que Yuste no ha sido el inquebrantable bastión de la memoria, inmutable, que uno imagina.

Carlos V camino de Yuste.

Paciencia es la señora de esta hora

que da al emperador en Jarandilla*,

quizá al descanso de famosa silla

do queda el cruel dolor que lo devora.

Encuentra al fin pasión consoladora

en este fiel vergel de maravilla

y toda gloria pasa ya y se astilla

si se compara con la muerte agora.

Pasado ha por Santander, Medina,

la gran Valladolid**… todo atrás queda:

ocaso es de la era carolina

pues no hay quien detener el tiempo pueda.

Subir tan sólo resta al monasterio,

jardín y estribo del postrer imperio.

*En el palacio de los Condes de Oropesa se hospedó dos meses al no estar todavía terminada su casa en Yuste.

**El camino de regreso desde Bruselas ya habiendo abdicado.

Por el contrario, el lugar fue pasto del abandono y terminó en ruinas tras la guerra de la Independencia y de las desamortizaciones y usos varios (y cuando menos inesperados, por no decir absolutamente impropios). Y ello puede notarse hoy pues la austeridad original del lugar es algo acentuado, que roza la pobreza estando a un punto de desvirtuarlo aunque sin conseguirlo. Se puede sentir en el museo en que se ha convertido la sacristía, donde las piezas de arte que pueden encontrarse son de segunda línea: ningún Tiziano, ningún Leoni, ningún nombre de la lista de los más afamados del tiempo de Carlos I. Los cuadros de las estancias del emperador son copias (si no todos casi todos) o bien obras del XIX, aunque estas últimas son otra historia. El exquisito sabor de grandeza que debía acompañar a la austeridad de templo y claustros ha sido robado.

Entrar en el templo impresiona todavía, a pesar de todo. La única nave de piedra, tan alta y estrecha, nos dirige la mirada, gracias a la casi total desnudez de sus muros que a la gran copia del cuadro de “La Gloria” como centro del retablo del altar mayor, rematado por la corona imperial rodeada de cuatro estatuas que representan las Virtudes. Y esa visión tan pura, tan ascética, tiene una calidad, un soberbio empaque de autenticidad que sigue impactando. No son éstos los tamaños de El Escorial y sin embargo algo hay en estos espacios que deja sin aliento igualmente. Creo que a día de hoy se sigue diciendo misa en este lugar sagrado y me resulta más difícil entender que algún día dejara de darse, que se paralizara la misión contemplativa entre estos muros, que el hecho de que tras quinientos años el lugar siga vivo. ¿No sigue acaso viva la institución de El Escorial: su monasterio, su colegio…? Algo hay en todo esto que me habla de la era carolina como el último estertor de la Edad Media, de un mundo que se perdió para siempre como el concepto del impero que quería mantener vivo Carlos I. Su misma presencia en los campos de batalla parece un recuerdo de otros tiempos: su hijo dirigió sus vastos dominios a través de la gestión, del gobierno, pero no lideró más que en una ocasión sus tropas. La cuestión es que los Austrias mantuvieron el respeto por este rincón de Extremadura sin que ello pudiera evitar que acabara en ruinas de las que sólo habría de renacer en los años cincuenta del siglo XX. Fue, sin embargo, esta resurrección escasa de sangre, por así decir, y el lugar retomó antiguos muros y fisonomías, pero no antiguas grandezas como en vida del hijo de Felipe (el Hermoso) y Juana (la Loca). El alma de lugar apartado, nacido al calor y amor de monjes ermitaños se mantiene y es muy posible “rozarla” a través del aire en la tranquilidad recoleta de los claustros, con sus bellos cipreses (¿es posible imaginar uno de estos patios monacales sin tal tipo de árbol después de haber leído, siquiera una vez, el famoso poema de Gerardo Diego al ejemplar que “reina” en Santo Domingo de Silos?). Pero también es posible oler algo de ese retiro y búsqueda de Dios en la descarnada y pequeña cripta donde se encuentra el ataúd vacío del emperador. Aquí, bajo el altar mayor, quiso ser enterrado el monarca, en un ataúd de plomo que a su vez estaba dentro de otro de madera. No lo consiguió: sus restos descansaron en Yuste hasta que su hijo los llevó al panteón de El Escorial, pero para entonces la cripta bajo el altar mayor no estaba terminada por lo que el deseo de Carlos I no llegó al cumplirse del todo. Ahora pesar de ello está pequeña sala de piedra donde sólo se encuentra el ataúd, en alto, frente a una pequeña ventana que da al jardín nos habla de la soledad y la profundidad de la vida contemplativa, del recogimiento que observa la obra de Dios en silencio y reflexión… de un mundo que parece haber abandonado occidente casi tanto como el medieval, un mundo espiritual cargado de riqueza interior que se ha evaporado… o nos ha sido robado.

Palacio para un retiro.

Tan sólo cuatro estancias un palacio.

Galería de sol en la mañana;

alcoba que ve a Dios por la ventana…

Rincón para vivir versos de Horario.

Aquí transcurre el tiempo más despacio,

muy lejos de la vida más mundana.

Acaso un escritorio es huella humana,

pequeña concesión en este espacio.

Apenas cuatro estancias un retiro

del rey más poderoso de la tierra,

las vistas de la más hermosa sierra

y el mundo que se olvida en un suspiro.

Dos claustros, una iglesia, un monasterio

y un aura de silencio y de misterio.

Las salas visitables de lo que fue el “palacio” del emperador son cuatro, aunque tengo la sensación de que otras cuatro, en la planta baja, le son “hurtadas” a la visita del viajero. Apenas cuatro salas -ocho en el mejor de los casos- contienen y constituyen todo el espacio que el gran hombre que había determinado los rumbos de Europa se reservó para su palacio. Según parece mandó de su propia mano los planos o las indicaciones de cómo deseaba la casa, similar en cierto modo a la que le vio nacer.

Y según se cuenta quedó muy satisfecho con el resultado. Aunque, Españoles en nuestra forma de proceder hace cinco siglos como ahora, las obras no estaban terminadas cuando el emperador llegó (lo hemos mencionado antes), quizá por falta de fondos, quizá porque todo se deja para el último minuto en este bendito país, no he conseguido averiguarlo ni leyendo dos monografías sobre el monasterio.

Retirado y haciendo una vida muy similar a la de un monje, aún recibe visitas y cartas. Entre otros su propio hijo, Felipe II, le pide consejo para los gobiernos de sus reinos. Aquí le llega la noticia de los brotes de protestantismo en Sevilla y Valladolid, algo que le provoca un profundísimo malestar. También aquí le acompaña

Juanelo Turriano quien hace para él relojes, por los que sentía notable inclinación, y autómatas, como si se reservase para el final de su vida volver al “jugar”, con mecanismos, con “muñecos”… y es que acercarse a Dios enternece sin duda el corazón. “Dejad que los niños se acerquen a mí”. Quizá en ese camino estaba el gran hombre y quizá por eso acogió la muerte con esa serenidad que cuentan las crónicas, con “la maleta bien hecha”, con las últimas disposiciones testamentarias bien claras y habiendo reconocido a Jeromín, su hijo natural, el futuro héroe de Lepanto, Juan de Austria.

En la galería que había junto a esas cuatro salas del piso superior dicen que tomaba el sol, disfrutando del jardín, el estanque (donde se criaban truchas para su mesa) y las lejanas vistas de la sierra. Quizá fuera aquí donde reflexionara sobre su fe, sobre la otra vida, tanto o más que en el templo donde acudía a la misa diaria. Quizá fuera en su escritorio, leyendo obras de gran calado. Según parece su biblioteca no era muy grande, aunque no he conseguido saber si sus lecturas eran todas piadosas o también se dedicaba a los clásicos griegos y latinos. O tal vez fuera contemplando los retratos de la familia, aquél de su esposa, Isabel, a quien fue siempre fiel en vida, y que le había precedido en el camino hacia el más allá, por quien mantenía las paredes de su alcoba con vestiduras negras, en luto de viudedad permanente.

De aquí no saldría más. Después de tantos viajes por Europa, de tantas batallas, de tantos acuerdos entre naciones, de tantas reuniones en la alta cumbre este espacio de Extremadura vendría a acoger sus últimos meses, durante los que se prepararía para el más largo y decisivo de sus pasos, el que separaba la vida de la otra vida, el túnel oscuro e ignoto de la muerte. Yuste permanece como testigo de ese trance. Un testigo callado, pues siempre lo fue. Un testigo profundo, hermoso, vestido de piedra y aromas naturales, adornado con la puntilla de los cantos de los pájaros, coronado por una historia que pertenece a la Historia.

Testigos del final.

Floresta que acogiste aquellos días

del siglo del imperio y lo español,

soñada galería donde el sol

bañaba sus descansos y alegrías…

Vosotras, que enmarcasteis siempre pías,

las horas que embriagaban como alcohol,

tan lejos del mundano mal guiñol,

tan cerca del Señor de monarquías;

tan lejos de la intriga palaciega,

tan cerca del momento de la entrega;

tan lejos de batallas y traiciones,

tan cerca de la paz entre oraciones…

Contadme con nostálgico fervor

el dulce culmen del emperador.

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