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Domingo, 11 de diciembre de 2016

La absolución del aborto, una lección para el arrepentimiento


Francisco, durante la audiencia general de los miércoles, el 9 de noviembre de 2016 (EFE)

Francisco, durante la audiencia general de los miércoles, el 9 de noviembre de 2016 (EFE)

FORT PIERCE, Estados Unidos.- Según estudios realizados por la Organización Mundial de la Salud (OMS) y el Instituto Guttmacher, en los que utilizaron los resultados estadísticos de 184 países por un período de 24 años (entre 1990 y 2014), las tasas de aborto han disminuido significativamente en los países más desarrollados del mundo, con un comportamiento de 46 a 27 interrupciones de embarazo anuales por cada 1 000 mujeres en edad fértil, aquellas que se encuentran entre los 15 y 44 años. Sin embargo en las naciones más pobres, las cifras apenas han sufrido variación, de 39 a 37.

La página elembarazo.net, especializada en información y recomendaciones relacionadas con la salud sexual y reproductiva, precisa que cerca de 46 millones de mujeres del mundo se someten a un aborto inducido, de las cuales, el 78% se ubican en los países en desarrollo y el 22% restante en los desarrollados. Se estima que en el mundo, de cada 1000 mujeres en edad reproductiva, 35 se practican un aborto inducido por cada año.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), en América Latina cada año se producen 4 millones de abortos. Cuatro de cada diez embarazos no llegan a su culminación por esta causa, mientras que se registran anualmente 5 mil muertes por abortos inseguros.

En algunos países de la región las cifras son alarmantes, los casos de Colombia con cerca de 400 000 abortos clandestinos anualmente, México con más de un millón, y Venezuela, donde las cifras son alarmantes a pesar de que existe un subregistro que limita la obtención de datos y afecta la posibilidad de tomar políticas adecuadas que controlen los peligros de las prácticas abortivas clandestinas.

Estas cifras demuestran que el aborto es un fenómeno de carácter universal; aunque sin duda tiene un comportamiento peculiar en los países más atrasados, dentro de los que se encuentra Cuba, que muestra una de las cifras más elevadas del mundo.

De acuerdo con estadísticas de las Naciones Unidas, hay alrededor de 30 abortos por cada mil mujeres en Cuba, lo que según datos de la isla es de 27; aunque esta cifra llegó a ser tan elevada como de 50 por cada mil en la década del ochenta. De cualquier modo, la cifra de abortos se encuentra actualmente en alrededor de 100 000 por año.

Este proceder no solo tiene implicaciones riesgosas para la mujer desde el punto de vista médico, sino éticas y morales, de ahí que en muchos países del mundo resulta penalizado y la Iglesia se involucra activamente en todo lo relacionado con este tema.

El cristianismo lo ha considerado contra los principios de la fe por ser un grave pecado, lo que impide la comunión a aquellas que lo practiquen; aunque durante este año el Papa Francisco se mostrara flexible al respecto, una vez que declarara el año de la misericordia, y que enviara a sacerdotes misioneros por el mundo con una especial licencia de absolver a aquellos comprometidos con estas prácticas, lo que ha extendido de manera indefinida a pesar de la culminación del tiempo de “la misericordia, la reconciliación y el perdón”.

Según consta en la carta apostólica Misericordia et misera, dada a conocer recientemente, “para que ningún obstáculo se interponga entre la petición de reconciliación y el perdón de Dios, de ahora en adelante concedo a todos los sacerdotes, en razón de su ministerio, la facultad de absolver a quienes hayan procurado el pecado de aborto”, lo que ha causado el asombro de los sectores más ortodoxos de esta religión.

La práctica del aborto como control de la natalidad no solo es un fenómeno de nuestros días, sino que se ha realizado a través de los siglos. Desde los lejanos tiempos de Hipócrates (460-370 A.C.) ya se hacía. El médico griego lo refiere en su conocido testamento cuando expresó: “Me abstendré de aplicar a las mujeres pesarios abortivos”. Igualmente se conoce una infinidad de remedios abortivos empleados durante siglos.

En la Fórmula de Ginebra, documento que asume puntos esenciales del juramento hipocrático, en su Asociación Médica Mundial: Asamblea 8/11-IX-1948, se precisa: “Tendré absoluto respeto por la vida humana, desde su concepción (…) Aún bajo amenazas no admitiré utilizar mis conocimientos médicos contra las leyes de la humanidad”.

La práctica del aborto tiene implicaciones no solo en la mujer que se somete al proceder, sino de manera conjunta en todos aquellos que han tenido que ver con el acto, desde la toma de la decisión, el que firma la orden para su realización, el que ejecuta finalmente la acción, y los que le ayudan en su procedimiento, algo que ha considerado el Papa, por cuanto, extiende la absolución a todos aquellos implicados en el supuesto delito.

Los sectores más conservadores de la fe cristiana se han alarmado ante la liberalidad del sumo pontífice. Los comentarios no se ha hecho esperar con sus aires de sensacionalismo a pesar del desconocimiento y la incorrecta interpretación de la disposición del santo padre, pues su idea de la absolución del pecado del aborto a través de un acto misericordioso —estemos o no de acuerdo con los sacramentos establecidos por la Iglesia católica— constituye una acción inteligente y conforme al precepto de la compasión que predicara el Cristo redentor, lo que se limita al hecho del perdón a aquellos involucrados en la realización del proceder. Esto no significa que el papa se pronuncie en defensa del aborto, como algunos han querido forzar a conveniencia.

Una absolución, sin entrar en polémicas y respetando los cánones de la Iglesia y tradiciones de los pueblos, no exonera a nadie de los errores cometidos. Por el contrario, se puede establecer un círculo interminable de causas y efectos ante la falsa idea del perdón. Se comete un error, hay arrepentimiento, se recibe la absolución quedando libre de pecado, y esto hace vulnerable a la reiteración del error a quien lo comete. Téngase en cuenta que solo una exigua minoría está preparada para asumir la enseñanza del que dijo “anda y no peques más”, que en realidad es la esencia de la enseñanza que nos está ofreciendo el papa Francisco.

Ni la penalización del aborto por los gobiernos, ni la absolución de la iglesia pondrá fin a un acto injusto que implica la destrucción de la vida. Solo con una labor promocional de excelencia en la que deben intervenir diversas instancias e instituciones tanto educacionales, como de salud, religiosas y sociales, que enseñen el verdadero fundamento y razón de ser de nuestra existencia, se podrá atenuar lo que en la actualidad constituye un verdadero fenómeno en detrimento de la humanidad.

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