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Sábado, 3 de diciembre de 2016

Huracán, huracán, venir te siento


Así ha amanecido Baracoa tras el paso de Matthew (EFE)

Así amaneció Baracoa tras el paso de Matthew (EFE)

LA HABANA, Cuba.- En 1494 Cristóbal Colón se enteraría muy bien de los peligros que acarrea un huracán en el caribe. Mucho impresionaron esos vientos, y las lluvias, al intrépido navegante. Tan grande espanto lo asistió que dejó muy claro el hecho de que únicamente se exponía a un peligro como ese porque mediaban los respetos del servicio a Dios, y a la monarquía. Álvar Núñez Cabeza de Vaca, aquel enérgico explorador, quien fuera el primer europeo en contemplar las fastuosas cataratas de Iguazú, quien tuvo grandes sueños de conquistador y que hasta llegó a convivir semidesnudo con los nativos de la Florida después que lo despojaran de sus armaduras, sintió mucho miedo en Trinidad al descubrir las fuerzas desastrosas de un ciclón.

Es posible que estas sean las referencias más longevas a esos fenómenos tropicales que llegan a nuestra isla. Muchos años transcurrieron desde entonces, y muchos los ciclones que consiguieron perturbarnos hasta hoy; lo terrible es que todavía no conseguimos acostumbrarnos. Hace unos años preparé una breve antología que luego publicó el Instituto Cubano del Libro, y a la que di el nombre de La danza del huracán. En esa reunión incluí algunos textos de poetas y narradores cubanos de los siglos XIX y XX, que pusieron a los ciclones tropicales en el centro de algunas de sus páginas, y también aquella visión de Núñez Cabeza de Vaca. En estos días aciagos volví sobre esas páginas.

Huracán, huracán, venir te siento, así abre el poema En una tempestad de José María Heredia, donde el poeta, enardecido y espantado, canta a las nubes y al sol que tiembla, se detiene en el calor pavoroso, en la luz fúnebre y sombría, en el velo de muerte…, todo eso es para el bardo el huracán, quien sin dudas tiene muchísima razón. Para todos es sublime, y como todo lo sobrehumano, desastroso. Zenea verá, en su “Noche tempestuosa”, morir a la luna, y al ángel de las nieblas recogiendo su cadáver.

Más que curiosa resulta la visión de Gertrudis Gómez de Avellaneda. En su soneto Deseo de venganza la poetisa hace una apuesta aterradora. La mujer, enferma de amor, llegará a descubrir bondades en las fuerzas del huracán, en ellos ve el único modo de salvarse de su triste padecer. La enamorada convoca a los vientos para que la destruyan con su poderosa saña, para que las fuerzas de un ciclón ultimen al dolor que insano la devora. Si ella no puede acabar con las angustias que le producen ese amor contrariado, escoge entonces al huracán para que acabe con ella. La muerte que trae consigo el ciclón será, para ella, la sanación.

Alejo Carpentier hace coincidir el primer encuentro erótico entre Sofía y Victor Hugues con el azote de un ciclón a la Habana, solo que más que un encuentro amoroso, aquello resulta un intento de violación. Sofía descansa sobre la cama y Victor ha tomado todas las precauciones para evitar desastres tras la llegada de los vientos y las lluvias a la ciudad. Es en ese momento en que el huracán se posa sobre La Habana, cuando él entra a la habitación y se deslumbra, aún más, con la belleza de esa muchacha a la que intenta someter. En El Siglo de las luces, Hugues y el huracán actuarán de modo semejante…; el primero intenta doblegar a Sofía, el segundo a la ciudad, a cada casa, a todos sus habitantes. Los dos quieren poseer, ambos quieren dominar.

Disímiles son las maneras en que nuestra literatura ha mirado estas intromisiones de la naturaleza y las angustias que provoca, pero la realidad es siempre superior, porque los huracanes no son una versión retórica del estado del tiempo. Muy bien que conocemos los cubanos a estos “bichos”. Y aunque hagamos reverencias a un poema de Regino Boti, aunque comentemos exaltados aquella revista “Ciclón” que fundaron Pepe Rodríguez Feo y Virgilio Piñera en los años cincuenta del pasado siglo, bien sabemos el dolor que acarrea un monstruo que puede llamarse Flora, Ike o Matthew.

No dudo que sea bueno el hecho de que vayan a la televisión los mejores meteorólogos de la isla, que “Universidad para todos” explique una y otra vez lo que es un ciclón. Me parece genial que traten de enseñarnos un poco de física. Es interesante añadir a nuestros saberes la manera en la que el vapor de agua se convierte en energía térmica y también de la velocidad de los vientos, de sus incidencias, de la escala Saffir-Simpson. Es extraordinario estar enterado de los posibles rumbos que tomará el monstruo, y de las medidas que deben tenerse en cuenta, pero eso no es todo lo que hace falta…

Los ciclones son verdades irrebatibles para los cubanos, parte de nuestro destino trágico. Pero las muchas experiencias no consiguieron, hasta hoy, que dejáramos de temerles, y parece que tampoco enseñaron a enfrentarlos del mejor modo. Los huracanes vienen cada año, y son mucho más que la pérdida del techo de un hotel que una rusa construyera en Baracoa, es mucho más que la Cruz de Parra que está en la iglesia de la misma ciudad. Un ciclón es más que los fuertes vientos y terribles aguaceros, más que la crecida del Toa, que la destrucción de una carretera.

Un huracán es dolor, es mucho más que el entusiasmo que pueden mostrar, ante las cámaras de la televisión, un grupo de habitantes de Baracoa después de la visita de Raúl Castro a la Ciudad Primada. Un ciclón es más que hacer contraste entre la realidad de Haití con la de Imías, Baracoa o Maisí. La visita del secretario del Partido Comunista en Holguín no resuelve la angustia de esos hombres y mujeres que vieron destruido el puente sobre el río Toa y también sus casas. Y para nada es cierto que Baracoa se agigante porque el presidente del “consejo popular” o cualquier dirigente se presente por allí diciendo que serán superadas las heridas y que la ciudad renacerá de sus ruinas. Nada resolverá el discurso triunfalista de la prensa oficial. Encubrir nunca resolvió. Los discursos no sirven en casos como esos.

Y esos orientales que hoy sufren saben muy bien que tener miedo no es indigno, y que mirar a los jefes haciendo discursos exaltados, diciendo que todo se va a arreglar, no alejará el miedo ni hará desaparecer la destrucción. No será la retórica quien vuelva a levantar las casas que se fueron al piso. Los discursos no traerán seguridad, las arengas no son el reverso de la angustia. Un huracán puede hacer caer, rotunda, una casa, pero la única solución es levantarla, levantarla bien, dejarla fuerte para siempre, porque un huracán viene acompañado de la pérdida de la intimidad de muchísimas familias que se verán obligadas a vivir por años en un albergue y con extraños, un huracán trae la promiscuidad y el desasosiego, y hasta puede destruir a la familia.

Esos discursos que vemos cada día en la televisión no aquietan los anhelos de los damnificados, ni sus deseos de salvar el tiempo entre esa esperanza de volver a tener una casa y la realidad de tenerla. La preocupación mayor debería ser resolver esos problemas, y no hacer discursos que exalten la figura de quienes dirigen y visitan las zonas de desastres. Eso es lo que tienen que hacer, y más, pero eso nunca lleva aplausos. El tiempo se hace largo para quien perdió el techo y la cama, para el que perdió todo cuanto tenía, y no habrá perorata que aquiete tanto dolor, porque no hay discurso capaz de levantar una casa. Alzar una casa precisa de cimientos, de gran disposición, y también de cemento, de ladrillo, y de arena…

Mirar un futuro sin casa, un futuro con dolor, con desesperanzas, es desastroso. Quien así vive piensa más en la muerte que el resto de los humanos. Las experiencias que pueden aportar estas catástrofes no traen el sosiego. Cuando más, la resignación, pero en muchos casos la desesperación viene después. Sin casa no hay familia, no hay nada. Los ciclones no son una exaltación retórica de estado del tiempo, y ojalá se entienda.

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