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Domingo, 11 de diciembre de 2016

China se asoma al vacío


No hace falta esperar a los primeros cien días de Donald Trump para ponderar razonablemente las cartas con que cuenta China para salir como la gran vencedora de las elecciones presidenciales en Estados Unidos. No es la única potencia con posibilidades, pero sí la que tiene mejores expectativas. Rusia puede obtener ventajas regionales en Europa oriental y Oriente Próximo, en Ucrania principalmente, como resultado del debilitamiento del lazo transatlántico y del desinterés de Washington por el futuro de Siria. También puede sacar tajada la República Islámica de Irán, que ya aprovechó la guerra de Bush para extender su esfera de influencia en Irak, regresó a la escena internacional gracias al acuerdo nuclear con Obama y ahora puede sacar partido de la nueva estrategia de Trump para consolidar al régimen aliado de Bachar el Asad.

En el caso de China, las ventajas no son solo regionales. El proteccionismo comercial de Trump, con la denuncia del TTP (Tratado Comercial con el Pacífico) y la vía muerta para el TTIP (Tratado Trasatlántico de Comercio e Inversiones), entrega a Pekín la bandera del multilateralismo y del libre comercio, y no tan solo en Asia, donde China promueve una alternativa regional que incluye a 16 países en el denominado RCPE (Regional Comprehensive Economic Partenership), sino en la entera región del Pacífico, con la inclusión de los latinoamericanos (México, Perú y Chile). La oportunidad para Pekín a partir de ahora es liderar y apropiarse de la globalización, que Washington promovió e impulsó y ahora parece dispuesto a abandonar.

Idéntico movimiento cabe respecto a los acuerdos sobre cambio climático alcanzados en París y Marraquech en caso de confirmarse la línea negacionista de Trump y sus propósitos de inhibición en su financiación y aplicación en EEUU. Pekín tiene la oportunidad de quedarse con el liderazgo global de la reducción de emisiones, después de haberse asociado a Washington en Copenhague ya en 2009 hasta compartir la dirección del proceso en la última tanda negociadora.

Las palabras producen efectos, aunque se hayan pronunciado en campaña electoral, sobre todo cuando han salido de la boca del vencedor, por más que luego siga un expectante silencio. Los propósitos aislacionistas y unilaterales crean un vacío geopolítico solo con su enunciado. Los dos tratados de defensa denunciados por Trump antes de las elecciones, la Alianza Atlántica y el Tratado Japón-Estados Unidos, son piezas angulares del sistema de seguridad internacional y probablemente los tratados de defensa más eficaces de la historia. Es difícil que un gobernante responsable de los países afectados se inhiba ante la eventualidad de encontrarse al descubierto por la retirada en un próximo futuro del paraguas defensivo estadounidense. De ahí que objetivamente, antes incluso de que tome posesión, Trump sea en el capítulo de defensa un estímulo para la carrera armamentística y para la proliferación nuclear, así como en el comercial su victoria es un estímulo a los reflejos proteccionistas, la escalada arancelaria y las guerras comerciales.

La realidad mundial de hoy es que hay un presidente electo en Estados Unidos que ha manifestado su desinterés por la marcha del planeta y por su gobernanza multilateral y otro presidente, el de China, Xi Jinping, que tiene planes de inversión en infraestructuras y de conectividad para todo el complejo tricontinental de Asia, Europa y Africa –bajo el nombre de Nueva Ruta de la Seda, de antiguas resonancias imperiales para China- e iniciativas de construcción de nuevas instituciones globales a partir de su visión asiática del mundo y no de la visión de EEUU y de las antiguas potencias europeas.

El pivote asiático de Hillary Clinton y Barack Obama queda desdibujado en la política exterior en ciernes

Trump atacó duramente a China en la campaña electoral, acusándola de depreciación competitiva de su moneda y de inventarse la idea del cambio climático para debilitar la economía estadounidense. La debilidad de estos argumentos, propios para debates de barra de bar, acrecientan la inyección moral que significa para el Partido Comunista de China el contraste entre la eficacia de su oscurantista y lento sistema de selección de sus líderes y la escandalosa e incomprensible elección de un personaje salido de los reality shows como es Trump, sin idea estratégica alguna, y además con menos votos populares que su contendiente demócrata. Es también una victoria ideológica frente a la democracia occidental, que regocija a todos los regímenes autoritarios, especialmente los más competitivos respecto a Washington, como son los de Teherán y Moscú.

Además de la ventaja estratégica global, China también se asoma a una ventaja regional, muy concretamente en su zona de expansión natural que son los mares circundantes, donde disputa la soberanía sobre islas e islotes con Japón y está utilizando arrecifes y peñascos para construir numerosos aeropuertos, puertos e instalaciones militares hasta reivindicar una extensa zona marítima en forma de lengua de vaca que penetra en el Mar de la China Meridional hasta las costas de Filipinas, Malaysia, Indonesia y Vietnam. Pekín está aplicando allí una versión asiática de la Doctrina Monroe –América para los americanos— que le sirve para enfrentarse al paraguas defensivo de EEUU y para soslayar incluso la vigencia del derecho internacional del mar y la jurisdicción de los tribunales internacionales.

Los planes de inversión militar de Trump, y especialmente la prevista construcción de 78 nuevos buques y submarinos, afectan directamente a la competencia militar con China en esta zona, aunque el debilitamiento de la política de alianzas y el unilateralismo de la nueva administración republicana aflojarán todavía más los lazos con los países de la región y desdibujarán el llamado pivote asiático o desplazamiento del centro geoestratégico de EE UU del Mediterráneo al Pacífico, anunciado por Hillary Clinton y Obama.

El nombramiento del secretario de Estado puede matizar algunas de estas políticas trumpistas. En caso de que el designado sea el ex gobernador de Massachussets y ex candidato republicano Mitt Romney, quedaría compensada la fuerte inclinación hacia Putin manifestada por el magnate inmobiliario. Romney considera a Rusia como la principal amenaza estratégica para Estados Unidos, algo que sin duda alguna está pesando más que los enfrentamientos con Trump en la campaña de las primarias republicanas como baza en su contra en las discusiones sobre la nominación. La incertidumbre respecto al gabinete presidencial es parte de la niebla estratégica que se ha cernido sobre el mundo desde el 9 de noviembre y bajo cuyo manto una vieja superpotencia como Rusia o una aspirante a la hegemonía mundial como China avanzan sus peones con sigilo y determinación.

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