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Viernes, 9 de diciembre de 2016

Cuando un presidente miente deja de ser noticia


Donald Trump, el presidente electo de Estados Unidos, publicó el domingo en su cuenta personal de Twitter que se había producido un gravísimo fraude en las elecciones que acaba de ganar. Sin dato, prueba o indicio alguno, dijo que “millones de personas votaron ilegalmente” el pasado 8 de noviembre y por eso se quedó sin la victoria en voto popular (el del número de papeleta, no el voto electoral, que es el concluyente pues es el que pondera el peso de cada estado). El mensaje de Trump, que cuenta 16,2 millones de seguidores en esta red social, llevaba este lunes 140.000 clics de apoyo o “me gusta” y 47.000 tuits.

Hace un par de semanas, el 17 de noviembre, el empresario neoyorquino, convertido ya en el líder in péctore de Estados Unidos, se otorgó el crédito de que Ford mantendría la fábrica de coches Lincoln que la multinacional tiene en Kentucky y que no la trasladaría a México. Superó los 168.000 corazones (el icono del “me gusta”) y rozó los 50.000 retuits. “He trabajado duro con Bill Ford para mantener la factoría en Kentucky, se lo debía a ese gran estado por su confianza en mí”, decía Trump en un segundo mensaje. En poco tiempo, varios medios de comunicación dieron noticias con titulares como “Ford dice a Trump que no trasladará producción del Lincoln a México” o “Trump dice que Ford no se va a México”. El pero de todo esto es que la compañía automovilística no se había planteado el cierre o la deslocalización de parte de su producción de esta planta de Kentucky. Trump se colgó una medalla por algo que no iba a ocurrir.

Que los políticos mientan no es algo nuevo ni que a los ciudadanos necesariamente les sorprenda. En España, cuando las evidencias apuntaban a la pista islámica en el atentado del 11-M, el entonces presidente del Gobierno, José María Aznar, llamó a los principales periódicos del país para explicar que ETA resultaba la hipótesis más plausible y ese es el mensaje que el Gobierno transmitió por televisión también a un pueblo emocionalmente derrumbado.

La falsedad, difundida incluso desde las más altas instancias institucionales, no es un invento de la factoría Trump. Si hay novedad es la falta total de consecuencias, la impunidad con la que, más allá de los ciudadanos anónimos, los personajes públicos pueden difundir teorías de la conspiración sin que su credibilidad se vea demasiado afectada. El hoy presidente electo de Estados Unidos comenzó su carrera política haciendo campaña en 2011 por una de ellas, el presunto nacimiento en el extranjero de Barack Obama, un bulo rebatido documentalmente del que no se desdijo hasta hace pocos meses.

También es nuevo el ansia por la audiencia de los medios tradicionales y el efecto multiplicador de plataformas como Facebook o Twitter, que no se responsabilizan de los contenidos que difunden y han dado alas a muchos embustes.

Los principales periódicos estadounidenses han llevado a cabo un arduo trabajo de verificación de cada afirmación que el empresario republicano ha ido haciendo a lo largo de la campaña. Además, en Estados Unidos hay varias páginas web dedicadas específicamente a eso, a la comprobación o desmentido de afirmaciones que hacen los políticos.

Los llamados fact-checkers (una suerte de comprobadores de hechos) de la web Politico elaboraron una estadística sobre Trump y su rival, la demócrata Hillary Clinton, sobre sus manifestaciones a lo largo de una semana de septiembre. Trump decía algo falso cada 3 minutos y 25 segundos de discurso o declaración, un total de 87 aseveraciones falsas o distorsionadas en el transcurso de cinco días. Clinton había incurrido en ocho, aunque con mucha menos exposición pública, lo que igualmente deja el ratio muy lejos de Trump, en un hecho incierto cada 12 minutos.

Los fact-checkers de ‘Politico’ hicieron una prueba de una semana: Trump mentía cada 3 minutos, Clinton lo hacía cada 12

Hubo un momento en el que el hecho de que Trump mintiera obscenamente (en obsceno se englobaría, por ejemplo, negar declaraciones que estaban recogidas en vídeo) sobre algo dejó de ser motivo de escándalo, noticia. Esa es la esencia de la palabra de moda, posverdad, que la Fundación del Español Urgente (Fundéu) define como “relativo a las circunstancias en las que los hechos objetivos influyen menos a la hora de modelar la opinión pública que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal”.

En las elecciones estadounidenses se han mezclado las mentiras impunes con las noticias falsas. Una de las más populares, que quedará en todos esos libros que se van a escribir sobre este fenómeno, es aquella falsa declaración del Papa Francisco dando su apoyo a Trump. También corrió, esta vez en su contra, el bulo de que en una entrevista de 1998 en la revista People el empresario había dicho que los votantes republicanos eran “los más tontos de la Tierra”. Esta historia vino por la vía del “meme” (esos chistes u ocurrencias en formato de imagen con texto que se hacen virales normalmente por redes sociales so mensajes de WhatsApp). También se ha difundido una historia según la cual Clinton y su jefe de campaña, John Podesta, estarían detrás de una trama de pedofilia radicada en una pizzería de Washington DC.

Trump acaba de decir que hubo fraude electoral importante los estados de Virginia, New Hampshire y California. Acusa a los medios de comunicación de sesgados y de estar tapando la tropelía, pero no hay denuncias presentadas ni noticia de ello. El magnate y showman ha llegado a la Casa Blanca navegando con maestría en las turbias aguas de la media verdad, los bulos y las mentiras. La pregunta es si cómo presidente de la primera potencia del mundo obrará de modo similar.

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