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Jueves, 8 de diciembre de 2016

De incas y vaqueros


John Wayne nunca hubiera sido un vaquero, no tenía lo que había que tener para ello. El hombre Marlboro, su actitud y estética libres, eran de Almonte (Huelva) pasado por México. Una de las principales señas de identidad de EE UU es latina. Los vaqueros libres, los que conquistaron el Oeste, fueron hispanos, mexicanos, texanos, californios, hasta que llegó el blanqueo de Hollywood. O negros, como el legendario de la frontera, Jim Beckwourth.

En inglés local se dijo siempre “vaquero”, nunca cowboy. La libertad de la frontera era algo que solo experimentaban los “bravos”, palabra incorporada. Y, naturalmente, quienes conocían el pastoreo almonteño a caballo, extendido luego de Nevada hasta la Patagonia, mismo arte y estética. Quienes sabían montar el feo, pero duro, caballo mustango, hijo del retortero de Huelva, y manejar la vaca long horn, símbolo de Texas; que es la vaca mostrenca de Doñana.

El príncipe del mestizaje cultural y biológico, el Inca Garcilaso de la Vega, el primer “mestizo universal”, dejó un extraordinario legado por toda América, en estos 400 años de su fallecimiento, el mismo día que Cervantes: del Western al norte de río Bravo, hasta Martin Fierro en la pampa.

Porque el legado del sobrino-nieto de Garcilaso, hijo de la princesa Yupanki, y descendiente del marqués de Santillana, no es el archi-repetido “trocó se nos el reinar en vasallaje”, que es tan común a cada cambio histórico, sino la encarnación -y sublimación literaria- del incomparable carácter mestizo que trajo el Nuevo Mundo, raramente visto antes o después. “Canoa” ya está en el diccionario 20 años después y así miles de palabras de decenas de lenguas.

Ese mirar con dos ojos -biológicos y culturales- del Inca Garcilaso será capital para la historiografía de Indias desde el siglo XVII. Pero considérese que este “prodigio de la lengua” española (Menéndez Pelayo) y de “la narrativa” (Vargas Llosa) surge apenas siete años después de la conquista de Pizarro.

Cierto que las hormonas aprietan, pero no solo a los hispánicos, de ahí lo singular: Probablemente no haya un Inca Garcilaso en ninguna conquista del mundo. Y así, del Inca hasta Rubén Darío, de Rosita de Lima a Gabriela Mistral, a Miguel Ángel Asturias y a Anthony Quinn y Benicio del Toro. Pero obviamente el ejemplo más solemne y curioso de mestizaje es la Virgen de Guadalupe.

El hijo de Cortés y Malinche estudió en la universidad española -aunque en breve América se llenó de universidades- ingresó en la Orden de Santiago y fue paje de Felipe II, estatus mayores en el imperio y, anécdota, tan inconcebible como comparable al contagio del barroco americano. De Cortés con la hija de Moctezuma y hermana de Cuáhtemoc, sigue hoy un larguísimo linaje español.

Pizarro casó con la hermana de Atahualpa, Inés, de la que descienden grandes de España, tal y como hicieron Orellana y sus mandos con otras señoras del Inca; y San Martín de Porres es hijo de la negra panameña Ana Velázquez y el militar de la Orden de Alcántara Juan de Porres.

Por supuesto que impera entonces la nueva “ideología de la sangre”, que tanto absurdo trajo a la nueva España, pero Garcilaso reitera “a boca llena” su origen al intitularse “Inca” en la España del XVI. El historiador británico Hugh Thomas, ruega por contra “considerar cuán raro fue este estado de cosas entre los anglosajones y los indios”. Tanto que hubieron de incorporar la palabra “mestizo” por no tener propia.

El conservadurismo de las burguesías, en las nuevas repúblicas emergentes del XIX (no de la primera generación emprendedora), miedo a perder y necesidad de excluir, explica que el desafecto en tantos sea hoy mayor que hace cien o 150 años, cuando el presidente argentino lanza la idea de un “día de la raza” y de una cultura común a conservar.

Hoy, si cada arroyo, pico o asentamiento, desde Vancouver hasta el cono sur, lleva un nombre comprensible para todos los hispanos, es producto de una aventura común, posiblemente no igualada. Las “jóvenes naciones” latinoamericanas son hoy más antiguas que la mayoría de los Estados europeos y del mundo y hay, mucho que aprender del pasado, y que hacer en el futuro.

Más que Colón o los inmigrantes de hoy, a Norteamérica la desnaturalizaron las hordas de la fiebre del oro, de 1850; cientos de miles de hispanos vivían allí y permanecieron con sus símbolos en una veintena de nuevos Estados de la Unión; y EE UU -pronto el mayor país hispanohablante- apenas empieza a reaprender su “conquista del Oeste” y su mesticismo, sobre la oficial de Hollywood. Tal vez los latinos de América puedan reacercarse también con paz a su extraordinaria singularidad, absolutamente americana y europea, legada con tanto arte por el Inca Garcilaso.

 Ramiro Villapadierna es director del Instituto Cervantes en Praga y analista de los nacionalismos en Europa y el Este

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