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Martes, 6 de diciembre de 2016

Democracia contra populismo


Veinticinco años después de la dislocación de la Unión Soviética, las ilusiones acerca del final de la historia y el triunfo de la democracia se han disipado, dando paso a una gran angustia por parte de las naciones libres, que se creían eternas y, ante la competencia de las naciones emergentes, la amenaza yihadista, la presión de las democraduras y la desestabilización generada por un auge del populismo sin precedentes desde los años treinta, ahora descubren que son mortales.

El término “populismo” designa a unos movimientos contestatarios, liderados por jefes carismáticos, que aprovechan el desconcierto generado por las grandes mutaciones históricas para poner al pueblo contra las élites y para exacerbar las pasiones identitarias. Ante situaciones complejas, su seducción reposa en la exaltación de ideas tan simples como falsas: proteccionismo, nacionalismo y xenofobia. El momento populista implica la revancha del laos, plebe desorganizada, sobre el demos, pueblo constituido políticamente por ciudadanos libres.

Las razones de la onda de choque populista son conocidas: estancamiento de los ingresos de gran parte de la población; incremento de la pobreza y las desigualdades tras el crack de 2008; miedo ante la revolución digital; nuevas posibilidades de manipulación de las masas a través de las redes sociales; aumento de la inseguridad interior y exterior.

Así emerge ante nuestros ojos una nueva situación de alto riesgo. En el plano económico, se abre un ciclo de desmundialización situado bajo el signo del proteccionismo, el resurgimiento de las intervenciones del Estado y la subida de los tipos de interés. En el plano estratégico, el yihadismo, a la defensiva en Siria e Irak, está en los albores de una nueva mutación en red social alojada en el corazón de las sociedades desarrolladas. En el plano geopolítico, las democraduras —con China, Rusia y Turquía a la cabeza— ven en esta situación una ocasión excepcional para acelerar su expansión frente a Occidente, que duda de sus valores y se divide, poniendo en cuestión las alianzas en las que se basaba su seguridad y que Donald Trump ha calificado de “obsoletas y costosas”. En Asia, la China de Xi Jinping se felicita por el cuestionamiento del pacto transpacífico y suma las adhesiones de Filipinas y Malasia, dando al traste con la estrategia de aislamiento de Estados Unidos. El Brexit hace pesar sobre el Viejo Continente la amenaza de la desintegración en un momento en que Europa se afianza como teatro de operaciones privilegiado por los combatientes del Estado Islámico.

En el plano económico, se abre un ciclo de desmundialización situado bajo el signo del proteccionismo, el resurgimiento de las intervenciones del Estado y la subida de los tipos de interés

La exclusión, la inseguridad y la pérdida de identidad son los tres sustentos del populismo. El estancamiento económico y el retroceso social de sectores enteros de la población minan la democracia. Es necesario reactivar un crecimiento inclusivo basado, por un lado, en inversiones en infraestructuras que favorezcan el aumento de la productividad y, por otro, en un esfuerzo masivo en materia de vivienda y sanidad. La educación, sobre todo, merece un esfuerzo particular, pues sigue siendo la mejor arma para fomentar la empleabilidad y formar ciudadanos responsables. Hay que definir un nuevo contrato social entre el Estado, las empresas y los individuos. Finalmente, la clave sigue siendo la solidez del Estado de derecho, que debe apoyarse en la mejora de la representatividad de la clase política y de la calidad del debate público.

Europa se encuentra en la primera línea de la resistencia al populismo. Las prioridades son conocidas: estabilizar las fronteras de la Unión Europea y organizar colaboraciones estratégicas con Reino Unido, Rusia y Turquía; completar y proteger el gran mercado; lanzar un ambicioso programa de inversiones en infraestructuras, especialmente digitales, y en educación; reforzar la zona euro coordinando las políticas económicas, reestructurando la banca y privilegiando la convergencia fiscal y social; crear una seguridad común para luchar contra el terrorismo, proteger las instalaciones vitales y recuperar el control de las fronteras exteriores.

El referéndum italiano, las elecciones presidenciales francesas y las legislativas alemanas son cruciales en la batalla entre democracia y populismo. No obstante, Francia tiene una especial responsabilidad. Las presidenciales de 2017 no solo son la última oportunidad para enderezar Francia de forma pacífica, también constituyen una ocasión decisiva para contener la ola populista, escogiendo la vía de la reforma y la razón.

Nicolas Baverez es historiador

Traducción de José Luis Sánchez Silva

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