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Martes, 6 de diciembre de 2016

Estados Unidos pierde al enemigo que desafió a once presidentes


Ahí, junto al mar, hay un poste que señala la cercanía con Cuba: 90 millas, 144 kilómetros. Decenas de turistas hacían cola para fotografiarse. Faltaba unas horas para conocerse la muerte de Fidel Castro, que contribuyó a convertir estas 90 millas en un metafórico muro de alambradas. Nadie sabe si el ‘hombre del muro’, el nuevo presidente de Estados Unidos, continuará con las tareas de demolición que ha iniciado su antecesor, o dentro de cuatro u ocho años los turistas seguirán tomándose fotos ante este símbolo de la división.

Fidel Castro no habría sido quien fue sin Estados Unidos, y sin Fidel Castro los Estados Unidos contemporáneos habrían sido otro país. Muere habiendo desafiado a once presidentes estadounidenses, con el régimen en pie, y el deshielo impulsado por Barack Obama en marcha y hoy en duda tras la victoria de Donald Trump en las elecciones del 8 de noviembre. 

Castro es el más estadounidense de los líderes revolucionarios surgidos a mediados del siglo XX. En EE UU encontró una de sus bases de financiación para sus actividades contra el régimen de Batista. Y fue la prensa de este país la que le elevó a un estatus casi de estrella pop en sus años de Sierra Maestra y en los primeros pasos en el poder en La Habana. Quién sabe si, en una realidad alternativa, habría podido ser un Malcolm X, o un Mandela, pero el revolucionario joven y heroico para los estadounidenses de 1960 pronto se convirtió en antagonista.

En el centro del escenario a veces, en la periferia, otras, Castro también ha sido una presencia permanente para Washington. No se entiende la historia de la primera potencia mundial sin la isla caribeña. Cuba ha sido desde el siglo XIX una pieza geopolítica clave, una de las cerraduras del Golfo de México, la desembocadura natural de las exportaciones que bajaban por el Mississippi hasta el puerto de Nueva Orleans. Los episodios más tensos de la Guerra Fría tuvieron que ver con Cuba. La frustrada invasión de la Bahía de Cochinos, en 1961, bajo la presidencia del demócrata John F. Kennedy, alejó durante décadas al exilio cubano del Partido Demócrata. Al año siguiente, la instalación de misiles soviéticos en la isla colocó el mundo al borde del precipicio nuclear.

En su libro Miami, uno de los mejores reportajes sobre el exilio cubano de los años ochenta, la escritora Joan Didion describió la relación de dependencia íntima entre La Habana y Miami, y el triángulo perverso que ambos forman con Washington, el tercer actor en el drama. “Muchos epílogos de La Habana se han desarrollado en Florida, y algunos prólogos”, escribió Didion. “Florida es la parte del escenario cubano donde tiene lugar las salidas declamatorias, y los acuerdos por debajo de la mesa. Florida es donde el coro espera para comentar la acción, y en ocasiones para unirse a ella”. Si Miami fue el coro, Washington fue ,según el momento, el director de escena, el apuntador o un espectador.

Uno de los malentendidos de este medio siglo ha consistido en creer que Cuba siempre fue una obsesión de EE UU de la misma manera que EE UU lo fue para Cuba. Con los años Washington asumió que Castro estaba ahí para quedarse, que era una realidad ciertamente molesta, pero no determinante en el tablero mundial. Que ningún presidente estadounidense, hasta Obama en 2014, replantease la ineficiencia del embargo ni diese pasos serios hacia la normalización, indica que el statu quo se daba por supuesto.

Washington delegó en Miami la gestión de una relación que la mayoría de estadounidenses veía con indiferencia, o, en el caso de las grandes empresas o de los agricultores del Medio Oeste, con escepticismo. Cuando Miami empezó a cambiar, cuando la composición demográfica y las aspiraciones de la diáspora cubana se suavizaron, Washington se vio en condiciones de dar un giro y aproximarse a la Cuba de los Castro. El movimiento de Obama tiene algo del ‘Wandel durch Annährung’, el ‘cambio por medio de la aproximación’ que definió la Ostpolitik, la política hacia los países del Este de Europa, de Willy Brandt: la confianza en que la distensión diplomática y económica llevaría a la democracia y al respeto a los derechos humanos. La experiencia de la transición en España sugiere que es la biología lo que puede acabar precipitando el cambio. En los cálculos de la Casa Blanca, la desaparición de la vieja guardia se contemplaba como una etapa en este proceso.

Fidel Castro ya llevaba una década fuera de la escena, pero, para retomar el símil que Didion aplicaba a Miami, seguía actuando como el coro que comenta la acción, y en ocasiones se unía a ella para advertir a los protagonistas de que iban demasiado rápido o que se equivocan. Era un freno. Si cumple sus vagas promesas, Donald Trump, que el 20 de enero jurará el cargo de presidente de Estados Unidos, podría ser un nuevo freno.

Castro sobrevivió a Eisenhower, Kennedy, Johnson, Nixon, Ford, Carter, Reagan, Bush padre, Clinton y Bush hijo. Ha estado a punto de sobrevivir a Obama. Donald —para mucho, el inquilino de la Casa Blanca con más rasgos autoritarios de las décadas recientes— será el primer presidente sin Fidel.

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