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Jueves, 8 de diciembre de 2016

Éxtasis en la Pequeña Habana


La Pequeña Habana, feudo histórico de los opositores a la Revolución, se llenó de gente festejando el acontecimiento. Todos agolpados con banderas de Cuba, cacerolas y tambores, gritando su satisfacción, “¡Viva Cuba libre!”, “¡Viva Cuba libre!”, “¡Viva Cuba libre!”, junto al Versailles, autodenominado El restaurante cubano más famoso del mundo. En la puerta del local, uno de sus empleados sonreía y decía: “Siempre estuvimos esperando a que se muriese y periódicamente llegaba la noticia, montábamos el show y luego nos enterábamos de que no había muerto. Pues ahora sí. Se murió la estrella. Terminó el show”. El trabajador del Versailles prefirió no identificarse: “Todavía tengo familia allá. Cuando Cuba sea un país normal, vuelve para acá y te doy mi nombre”.

A la Calle Ocho, eje del barrio cubano, han llegado los ancianos del primer exilio y las generaciones nacidas en Estados Unidos, como Leo Alfonso, de 31 años, que se movía extasiado por la calle: “Cuba es la gozadera, ahora más que nunca. Yo quiero irme a vivir a la tierra de mis padres. Y mis planes de mudanza empiezan hoy mismo, estoy acelerado y pico con la muerte de este señor”.

La policía trataba de poner orden para dejar salir coches. Una furgoneta salió del Versailles conducida por un cubanoamericano de los viejos tiempos con una gorra del Ejército de Estados Unidos, fumando en una vieja pipa de madera y dando bocinazos a la gente que no dejaba transitar, con la expresión hosca.

En la fiesta del anticastrismo había jóvenes que nunca habían estado en Cuba, como Alberto Paradela, de 23 años, que describían a Castro como “un tirano que uso la isla para su propia ganancia”, en un español algo esforzado pero con una anécdota que daba cuenta de su linaje cubano: “Yo estudié en Miami en el colegio jesuita de Belén, el mismo en el que estudió Fidel Castro”. “Pero la Cuba que tengo en la cabeza es la que me contaban mis abuelos. Me da lástima pensar que si voy allí algún día ya no quede nada de las leyendas que me enseñaron”.

E igual que los que vivieron el anticastrismo desde la distancia, estaban los que lo ejercieron en Cuba y acabaron yéndose. Jesús Mustafá Felipe, expreso político en la isla, hablaba a sus 72 años con la calma del que ha conocido las situaciones más adversas. “Me siento contento, pero la alegría es sobre todo por los cubanos. Aunque nada ha cambiado aún”. A su lado, otro expreso político, Antonio Díaz, de 54 años, desarrollaba la idea de Felipe: “El futuro de Cuba no nace con una muerte, nacerá con la vida, nacerá en el momento en que el pueblo cubano tenga el derecho a participar en unas elecciones libres”.

Roselia Cruz, de 75 años, miraba al gentío con una cacerola en la mano y se decía “contentísima”. “Yo era batistiana y siempre he querido ver el momento en que llegara la muerte de Fidel Castro”. Ella arribó a Estados Unidos en 1967. Han pasado 49 años desde aquello. Esta noche ya se había metido en cama y dormía cuando su nieta entró en la habitación. “Me dijo, “¡Murió Fidel!”, y yo le dije, “Tú estás jugando conmigo”, pero se tiró a la cama dando gritos y yo ya me di cuenta de que era verdad y me levanté para venir a celebrarlo. No me dio tiempo ni a vestirme. Salí a la calle con mi cacerola y con todos los vecinos gritando, “¡Se murió Fidel!”, “¡Se murió Fidel!”, “¡Se murió Fidel Castro!”. 

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