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Viernes, 9 de diciembre de 2016

La muerte de Fidel Castro añade dudas al deshielo con EE UU


La muerte de Fidel Castro añade una incógnita más al futuro de la normalización de relaciones entre Estados Unidos y Cuba ya cuestionado desde la victoria electoral del republicano Donald Trump, el responsable de continuar, o interrumpir, el diálogo abierto con La Habana por su predecesor demócrata, Barack Obama, hace casi dos años.

Aunque el histórico líder cubano no ocultó nunca sus reticencias al proceso que posibilitó su hermano y presidente Raúl Castro, el hecho de que no realizara una oposición frontal al mismo fue considerado como una aprobación implícita a una iniciativa diplomática que no contaba necesariamente con el respaldo del aparato cubano.

Ha querido la casualidad que la muerte de Fidel Castro sorprendiera a Trump en su mansión de recreo de Mar-a-Lago, en Florida. Este Estado es el tradicional bastión cubano en EE UU, antaño claramente anticastrista pero que, sobre todo en los últimos años, había dado un giro de apoyo a la política conciliadora de Obama, quien decidió restablecer las relaciones interrumpidas durante más de medio siglo.

Obama ha hecho todo lo posible para consolidar esa política antes de dejar la Casa Blanca, en menos de dos meses. No solo reabrió, hace ya más de un año, la embajada estadounidense en La Habana, gesto replicado por Cuba en Washington, y se convirtió, en marzo, en el primer presidente estadounidense que pisaba suelo cubano en casi un siglo. A menos de un mes de las elecciones para decidir a su sucesor, Obama emitió además una directiva presidencial con la que trataba de hacer “irreversibles”, en sus palabras, los avances logrados en las relaciones bilaterales.

Todo sin embargo quedó en un gran interrogante tras la victoria del republicano Trump, un magnate pragmático al que se ha acusado de violar en el pasado el embargo cubano en su intento de hacer negocios lucrativos en la isla, pero que hizo campaña prometiendo revertir el acercamiento a La Habana.

Trump no se conformó con cortejar el voto más anticastrista en Miami sino que, una vez declarado ya presidente electo, parece confirmar sus promesas con la inclusión en su equipo de figuras prominentes del lobby proembargo como Mauricio Clever-Carone. No solo es este abogado un miembro de la influyente organización Democracia Cuba-EE UU, que trabaja y reclama una “transición incondicional de Cuba a la democracia y al libre mercado”. Trump ha decidido incluirlo además en el equipo que perfilará el futuro del Departamento del Tesoro, una pieza clave en la aplicación —o flexibilización— del embargo contra Cuba y de las sanciones contra quienes lo violen.

Ha sido este Departamento, junto al de Comercio, el principal responsable en los pasados 23 meses de analizar hasta dónde podían tensarse los límites impuestos por el embargo, cuya eliminación está en manos solo del Congreso, para facilitar las transacciones comerciales y los intercambios personales. Pese a que las principales restricciones siguen vigentes, cada vez es más fácil comerciar y hasta viajar a Cuba para los estadounidenses. Antes de que la muerte de Fidel Castro copara todos los titulares de la prensa cubana —como de la internacional—, los medios de la isla celebraban precisamente el restablecimiento, tras más de medio siglo, de los vuelos comerciales regulares y directos entre EE UU y La Habana.

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