Por qué apenas se cuestiona a las mujeres que denuncian agresiones de Donald Trump

“Cuando eres famoso te dejan hacerles cualquier cosa”, decía Donald Trump en un vídeo en el que hablaba de “agarrar a las mujeres por el coño” o besarles sin permiso. Él lo calificó de “lenguaje de vestuario”, pero EE UU no se lo ha tomado así. Hay series de mensajes en Twitter en los que las usuarias cuentan en primera persona cómo han sufrido agresiones similares. Hay políticos que rechazan las palabras del candidato porque las consideran inaceptables “como padres” y “como esposos” —véase Mitt Romney, John McCain o Paul Ryan— y otros que aseguran que no hace falta ser lo uno ni lo otro, “sino un ser humano decente”, como Barack Obama.

En una campaña marcada por las polémicas que se apagan en lo que tarda en escribirse un tweet, la provocada por el el sexismo de Trump sobrevive ya más de una semana. Y salvo el candidato y algunos de sus seguidores, casi nadie ha puesto en duda las alegaciones de las mujeres que han explicado en primera persona las agresiones que sufrieron —algunas de ellas en los años 80— por parte del empresario que ha hecho estallar todas las costuras de la campaña electoral.

El episodio ha provocado que el sexismo deje de ser una conversación limitada a sectores concretos de la sociedad y dé el salto definitivo hasta no poder ser ignorada. Nunca antes una primera dama había hablado en un discurso sobre cómo las palabras empleadas por Trump “te hacen sentir igual que cuando vas por la calle y un hombre empieza a caminar cerca y decirte cosas sucias”, como explicó Michelle Obama durante un acto en apoyo a Clinton.

Tampoco antes se había oído hablar en mítines de “cuando ese hombre con el que trabajas te hace sentir incómoda en tu propia piel”, ni de cómo esas palabras hacían eco de “las historias de nuestras madres y nuestras abuelas, de cuando su jefe podía hacer lo que quisiera” con ellas, de la creencia con la que otros como Trump hablan “de que le puedes hacer cualquier cosa” a una mujer. A Obama se le entrecortaba la voz al hablar, pero concluyó “eso es cruel, eso asusta y, la verdad, hace daño”.

Las mujeres que la semana pasada revelaron que habían sufrido agresiones de Trump en el pasado aseguran que decidieron contarlo después de que el candidato se negara a reconocer sus acciones durante el debate presidencial. Y a pesar de los intentos de asesores de Trump que califican que las alegaciones “son de hace décadas”, que “cualquier mujer razonable lo habría dicho en su día” o que las demandantes “no son creíbles” porque supuestamente apoyan a Clinton, esa narrativa no ha calado como pudo hacerlo en el pasado.

Sí lo han hecho las explicaciones de tantas mujeres que, en palabras de Michelle Obama, “fingimos que esto no nos molesta porque pensamos que admitir cuánto nos duele nos va a hacer parecer más débiles”; quienes recuerdan los años que puede tardar una víctima de agresión sexual en reconocer y denunciar los hechos, el miedo a que esa demanda se adueñe de tu vida, el coste económico, emocional y profesional del proceso o las perspectivas de obtener justicia.

La realidad que revela el último escándalo de Trump la resumió esta columna de opinión de la escritora Lindy West en el Times: “Todas las mujeres conocen una versión de Donald Trump”. Y la polémica, por primera vez, atraviesa todos los sectores de la sociedad y del electorado: esa realidad la conocen las mujeres sean hispanas, asiáticas, blancas o afroamericanas.

“La cultura de la violación en una frase: cuando dices ‘los chicos siempre serán chicos’ o que era ‘lenguaje de vestuario’ hace que los abusadores piensen que todo el mundo es como ellos”, escribe la escritora feminista Jessica Valenti

Eso indicaba lo sucedido cuando una periodista del mismo diario invitó a sus seguidoras en Twitter a que compartieran testimonios de agresiones y la respuesta fue apabullante. Otras han publicado sus experiencias en medios de comunicación. Linda Dahlstrom relató en primera persona el asalto que sufrió hace más de dos décadas. “Nunca he hablado de ello públicamente”, escribió en Fusion. “Pero se lo he contado a otras mujeres. Y ellas me cuentan sus historias. Todas las tenemos”.

Así ha llegado a EE UU el movimiento que recientemente ha creado campañas para denunciar el acoso a las mujeres en la calle y en el transporte público en países como Brasil, México o Colombia. En los últimos meses, la campaña contra la impunidad de las violaciones en los campus universitarios ha recuperado el “no es no” que ya difundió el movimiento feminista de los años 70 y ha llamado la atención sobre la “cultura de la violación”.

Una violación cada dos minutos

Los datos de la Red Nacional contra Violaciones, Abuso e Incesto (RAINN), revelan que menos de 4 de cada 10 víctimas presentan una denuncia policial. Pero una de cada seis estadounidenses, sin embargo, sufren intento de violación o es violada a lo largo de su vida. Son más de 288.000 al año. Una cada dos minutos, según RAINN. Y frente a las dudas de quienes cuestionan a las mujeres que denuncian a Trump, el Centro Nacional de Recursos contra la Violencia Sexual afirma que menos de una de cada diez acusaciones de violación son infundadas.

Eso no ha impedido que en episodios como el de esta semana se cuestione públicamente a quienes denuncian. Este jueves estaban reunidos en la etiqueta de Twitter #NextFakeTrumpVictim (la próxima víctima falsa de Trump) y pronto fueron contestados con otra que refleja que la tendencia en la conversación en torno a las agresiones sexuales ha cambiado. #WhyWomenDontReport (por qué las mujeres no denuncian) se puede resumir en esta aportación de Brian Stelter, de CNN, que asegura que los seguidores de Trump “están intentando humillar a las víctimas”.

La reacción ha resultado demasiado familiar a las estadounidenses, que este mismo año han visto cómo se cuestionaban las alegaciones de una presentadora de FOX contra el presidente de la cadena, y asesor de Trump, Roger Ailes, y cómo se fueron callando esas mismas dudas cuando, una tras otra, casi 60 mujeres unieron sus voces con testimonios de los abusos perpetrados por Bill Cosby.

Hace apenas unos meses que la carta de una víctima de una violación en la Universidad de Stanford suscitó un debate similar tras conocerse que el acusado fue condenado a seis meses de cárcel. Entonces, hablar de “cultura de violación” era un argumento para explicar un fenómeno que se consideraba aislado, una crisis puntual. Pero Trump, su cómoda disculpa, su negativa a reconocer que estaba presumiendo de cometer una agresión y su tono de asumida impunidad, ha conseguido retratar cómo esa actitud es más propia de una cultura generalizada que el error de un empresario convencido de que nadie conseguirá tumbarle.