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Viernes, 9 de diciembre de 2016

Trump convierte en un espectáculo la transición de poder


En el programa televisivo The Apprentice (El aprendiz), que cimentó la fama de Donald Trump entre el estadounidense corriente y apuntaló sus habilidades comunicativas, el magnate inmobiliario mostraba a unos concursantes atónitos su apartamento de lujo en Nueva York. Trump fue durante una década el árbitro del programa: decidía qué participantes merecían seguir en la competición por ser empresarios -“Estás despedido”, era su frase estrella- y exhibía su vida privada como trofeo de una carrera de éxito.

Salvando las distancias, Trump, como presidente electo de Estados Unidos, ha trasladado ese formato al proceso de transición a la Casa Blanca. El republicano organizó el pasado fin de semana un desfile de aspirantes en su campo de golf en Bedminster (Nueva Jersey). Junto a una bandera estadounidense, saludaba, vestido con traje y corbata, a cada uno de los visitantes en la puerta de su propiedad y posaba frente a un mar de cámaras antes de acceder al interior. Cuando el visitante se marchaba, Trump lo despedía en la puerta y lanzaba alguna frase a los periodistas que esperaban ansiosos cualquier noticia.

Mucho en política depende de la llamada óptica visual y del juego de expectativas. El futuro mandatario, que esta semana ha seguido recibiendo visitas en su rascacielos de Nueva York, intenta exprimir ambas en la transición presidencial, que históricamente suele ser opaca y secreta. Mitt Romney, el candidato republicano en las elecciones de 2012, fue uno de los que acudió al campo de golf de Trump. Tras criticar duramente al multimillonario neoyorquino durante la campaña, Romney suena ahora con fuerza como su secretario de Estado.

Trump parece regocijarse de que sus viejos rivales le rindan ahora pleitesía tras lograr una victoria electoral que muchos en su propio partido no presagiaban. Hacer pública su coreografiada cita con Romney y otros visitantes le permite ensalzar esa percepción. También es una suerte de venganza contra la élite política, encarnada por Washington, que nunca creyó en sus capacidades. Del mismo modo que durante décadas el magnate luchó por hacerse un hueco entre el establishment económico de Nueva York que miraba con desdén sus negocios y su afán protagonista.

También es infrecuente que, en el proceso de transición de poder, el presidente electo promueva deliberadamente el suspense. “Creo que sí. Podría ocurrir muy posiblemente”, dijo Trump a los periodistas sobre la posibilidad de que anunciara el pasado fin de semana incorporaciones a su futuro gabinete. No hubo ningún anuncio. Como en campaña, Trump logró ser el epicentro mediático.

El republicano tiene que designar más de 3.600 puestos en la Administración, que dejarán sus cargos el 20 de enero con el fin de la presidencia del demócrata Barack Obama. Un tercio de ellos necesita la aprobación del Senado, por lo que tienen que ser figuras de consenso entre demócratas y republicanos. La falta de experiencia política de Trump, su enemistad con determinados colectivos durante la campaña y sus escasos contactos en Washington pueden complicarle la búsqueda de aspirantes. Además, de las dificultades añadidas a un cambio de color político en el Gobierno.

En Twitter, su herramienta favorita para lanzar ataques incendiarios como candidato, el mandatario electo ha alimentado el culebrón de los nombramientos. Anunció que estaba considerando seriamente designar como secretario de Defensa al general retirado James Mattis, y como responsable de Desarrollo y Vivienda a Ben Carson. Ninguno de los dos ha sido nominado oficialmente.

El caso del neurocirujano es revelador del estilo de Trump en la transición: el que fue también aspirante a la nominación republicana dijo la semana pasada que prefería trabajar desde fuera del futuro gobierno, pero Trump se ha esforzado en elogiar a Carson, que ha sido convencido porque ya ha avanzado que asumirá un puesto en el gobierno.

Con la presumible entrada de Carson, que es negro, Trump afianza su intento de aumentar la diversidad de su equipo. El presidente electo anunció el miércoles las nominaciones de las dos primeras mujeres: Nikki Haley como embajadora ante la ONU y Betsy DeVos como secretaria de Educación. Haley, que es de origen indio y considerada una republicana moderada, fue crítica con Trump durante la campaña. Con su designación, el futuro mandatario muestra su disposición a tender la mano a detractores. Y hace más heterogéneo a su gobierno, cuyos primeros puestos los habían colmado hombres blancos situados en el extremo ideológico del conservadurismo.

Contraste con Obama

El estilo de Trump contrasta con la última transición presidencial. Tras ganar las elecciones de 2008, Obama no hizo públicas sus deliberaciones y se esmeró en evitar filtraciones. El demócrata se esforzó en mantener secretas sus conversaciones con Hillary Clinton para proponerla como secretaria de Estado, y se reunió en el puesto de bomberos del aeropuerto de Washington para hablar de la continuidad de Robert Gates como responsable de Defensa.

El equipo de Obama se puso a trabajar desde el primer día con el del presidente saliente, el republicano George W. Bush, lo que garantizó un relevo tranquilo. Obama ha reiterado su disposición de que la transición con Trump sea ejemplar, pero la delegación del republicano estaba la semana pasada en crisis tras la destitución de asesores clave. El proceso se ha reanudado en los últimos días. Trump trató de dar un golpe de timón, de proyectar que todo avanza a buen ritmo, con su espectáculo en su campo de golf. Y demostró que, como su campaña, la transición a la Casa Blanca será imprevisible y distinta de cualquier otra.

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