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Martes, 6 de diciembre de 2016

Trump llama “brutal dictador” a Castro y entierra la política de Obama


La muerte de Fidel Castro, este viernes a los 90 años, certificó el fin de la era Obama en las relaciones exteriores. El presidente saliente de Estados Unidos reaccionó con un medido ejercicio de equilibrio: ni reproches ni halagos al dictador, sí la mano tendida al pueblo cubano. Menos de una hora después, su sucesor, el presidente electo, Donald Trump, calificó al finado de “brutal dictador” y enterró la política de su antecesor en este viejo conflicto. El deshielo impulsado por Obama y Raúl Castro entre el país comunista y su enemigo yanqui se acaba de hacer añicos. Si esto es definitivo o no, resulta difícil de vislumbrar con una criatura tan imprevisible como Trump.

“Hoy el mundo marca el fallecimiento de un dictador brutal que oprimió a su propio pueblo durante casi seis décadas. El legado de Fidel Castro se caracteriza por los pelotones de fusilamiento, el robo, el sufrimiento inimaginable, la pobreza y la negación de los derechos humanos fundamentales”, dijo este sábado. El texto, muy contundente, proseguía así: “Cuba sigue siendo una isla totalitaria, espero que el día de hoy sea un paso para alejarse de los horrores que se han soportado durante demasiado tiempo y avancen hacia un futuro en el que el maravilloso pueblo cubano viva por fin con la libertad que tanto se merecen”.

Su manifiesto tras la noticia, que por caprichos del destino tomó a Trump en su mansión de la anticastrista Florida, apunta claramente a un giro radical en la actitud de la Administración estadounidense. Pero estos cambios y puntos de inflexión, en la política trumpiana, se tornan muchas veces reversibles y esa posibilidad hay que tenerla en cuenta también esta vez.

Hay que preguntarse, a nivel práctico, en qué se traducirán esas palabras. ¿Volverá a prohibir los vuelos comerciales entre Estados Unidos y Cuba? ¿Endurecerá las retricciones para la actividad empresarial? Sería una contradicción más en un hombre de negocios que en los 90 confesaba su ilusión por construir uno de sus fastuososos hoteles en la capital caribeña. “Los cubanos son la mejor gente del mundo. Me encantaría ayudar a reconstruir su país y devolverlo a su antiguo esplendor. En cuanto cambien las leyes, estoy dispuesto a levantar el Taj Mahal en La Habana”, decía el Trump empresario de los años 90, cuando el presidente Bill Clinton cambió alguna medida de apertura.

El tipo de anticastrismo de Trump es de muy reciente incorporación.  Durante las primarias, el entonces precandidato republicano había juzgado como “positivo” que se retomaran las relaciones diplomáticas entre ambos países, aunque consideraba que el trato no era lo bastante beneficioso para Estados Unidos y se debía renegociar, una idea que barniza muchas de las posiciones trumpistas. Pero en la recta final de la campaña, la posición del hoy presidente electo cambió en busca del voto más anticastrista de Florida, aseguró que revertiría el decreto presidencial de Obama respecto al país a menos que el régimen de Castro asumiera las nuevas demandas estadounidenses.

Obama quiso dejar en su legado como presidente estadounidense en deshielo en las relaciones con Cuba y su comunicado de este sábado refleja esa voluntad. “En la hora de la muerte de Fidel Castro, extendemos nuestra mano de amistad a los cubanos. Sabemos que estos momentos embargan a los cubanos -a los de Cuba y a los que están aquí- de emociones muy fuertes, recordando los incontables modos en los que Castro alteró el curso de sus vidas, sus familias y a la nación cubana. La historia guardará y juzgará el enorme impacto de esta figura singular en la gente y en el mundo”, dijo en un mensaje completamente milimitrado, en las antípodas del de su sucesor.

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