Bentham, Rawls y Harsanyi. Utilitarismo y justicia

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¿Por qué nos oponemos a la esclavitud? Hacernos esta pregunta en las sociedades actuales es bastante superfluo. Simplemente, la libertad es un derecho humano fundamental y aceptado, un logro en el progreso moral de las sociedades. En los tiempos en que la esclavitud era legal y aceptada por gran parte de la población, la lucha contra ella no podía apelar a esos sentimientos morales, por lo menos, no solo a ellos. Había gente a quien le repugnaba la idea de la esclavitud y gente que le atribuía valores morales. Una disputa sobre preferencias morales no tiene, en estos términos, buenas maneras de establecer un terreno común el que dirimir las diferencias y llegar a algún tipo de acuerdo. Tanto los detractores como los defensores defendían sus ideas apelando a principios. En el mundo occidental, unos y otros encontraban en la religión y en la Biblia principios absolutos de los que deducir su postura.

Los primeros utilitaristas (Bentham y Stuart Mill, principalmente), interesados en grandes reformas sociales, se oponían a la esclavitud, defendían los derechos de las mujeres, trabajadores y homosexuales, la educación universal y la libertad de prensa y de comercio, entre otras. Como economistas y filósofos, su gran aportación fue el desarrollar un método para reflexionar sobre cómo queremos que sea la sociedad sin apelar a principios como la tradición o el mandato religioso, principios sagrados que simplemente se aceptan y encierran ya una respuesta inamovible e innegociable. Apelando a ellos no lograremos avanzar en el debate (véase una explicación más extensa por el filósofo Joshua Greene aquí). Otros pensadores aportaron otros métodos, en este artículo hablo de la aportación de los economistas.

Su principio era la utilidad: la esclavitud no es buena o mala porque dios lo diga, sino porque vivimos peor con ella. Por supuesto, unos viven mejor, pero su mayor felicidad no compensa la desgracia de los esclavos. Según este primer utilitarismo, la felicidad y desgracia de cada uno sería medible y bastaría sumarlas para decidir qué situación es mejor. Fijémonos que si se acepta este utilitarismo todos estaremos de acuerdo en qué es mejor y qué es peor, puesto que todos haremos las mismas cuentas. A este argumento se opone la posibilidad de que, haciendo las sumas, la mayor utilidad agregada ocurriera en la sociedad esclavista. Los utilitaristas responden que no somos hormigas y valoramos la libertad y que, por tanto, la suma forzosamente ha de dar como mejor la sociedad esclavista. Por tanto, tener miedo de este criterio equivaldría a no tener confianza en nuestra propia naturaleza.

Esta concepción utilitarista tiene su interpretación en términos de valorar una sociedad u otra tras el velo de la ignorancia, idea que John Rawls desarrollará en su Teoría de la Justicia casi dos siglos después de que Jeremy Bentham hiciera lo propio con la suya (aquí, un resumen detallado). Si no sabemos si seremos esclavos o amos, todos elegiremos la sociedad libre de esclavitud. La virtud de estos criterios (utilitarista clásico o velo de la ignorancia) reside en que es más fácil ponerse de acuerdo sobre qué querríamos si no sabemos quiénes somos que sobre cuál es el libro sagrado (o su interpretación) en el que encontrar las respuestas a las preguntas morales.

Adelantemos esos dos siglos. La idea de Rawls es el tomar como criterio de justicia para comparar dos sociedades cuál sería la preferida por los individuos antes de saber sus identidades. Según Rawls, esto implicaba detectar a los peores tratados en cada sociedad y elegir aquella sociedad donde los peores están mejor. A esta formulación siguió un intenso e interesante debate con el economista John Harsanyi. Según este último, el criterio rawlsoniano del Maxmin (elegir quien trata mejor a los peor tratados) no se sigue del criterio de elección tras el velo de la ignorancia. Un decisor calculará su utilidad esperada y elegirá la sociedad donde esa sea mayor. Por ejemplo, entre una sociedad de 5 individuos donde la distribución de renta es (4, 4, 4, 4, 4) debe ser preferida a una con distribución (3, 10, 10, 10, 10) según Rawls, pero no según Harsanyi, puesto que, excepto para casos de individuos muy aversos al riesgo, todo el mundo aceptará el riesgo de pasar de 4 a 3 a cambio de una gran probabilidad de pasar de 4 a 10.

El concepto de utilidad de Harsanyi es el moderno, que no implica medir la felicidad de los individuos y sumarlas. Este concepto moderno requiere únicamente que los individuos tengan preferencias sobre los resultados que satisfagan un mínimo de coherencia. Un individuo tomará como referencia su propia utilidad estimada en caso de ser cualquiera de los habitantes de la primera sociedad y hará la media sobre esas utilidades. Luego procederá de igual manera para evaluar la otra sociedad y allí donde la media sea mayor, esa será la sociedad preferida. Obsérvese que uno usa sus propias preferencias, no las de ningún otro. De esta manera, el argumento de qué pasaría si así todo la utilidad media en la sociedad esclavista fuera mayor tendría una respuesta todavía más tajante que con la utilidad clásica. Ahora, si la sociedad esclavista es mejor es porque tus preferencias son así. Si aplico las mías, no lo será. Y es con las mías que valoro las situaciones.

Parece que, entonces no se resuelve nada, porque todo depende de las preferencias de cada uno, que pueden ser muy distintas entre sí. No es una buena conclusión; a menudo se cumplen ciertas regularidades (aversión al riesgo e impaciencia, por ejemplo), o en ciertas condiciones se puede trabajar con unos pocos tipos de individuos, o también, cuando se pueden normalizar las funciones de utilidad, tiene sentido considerar la utilidad media de los individuos. En todos estos casos será posible sacar conclusiones de interés para el análisis.

La interpretación de Harsanyi (aquí) convenció a la mayoría de economistas y a varios filósofos, pero no a todos, entre ellos el propio Rawls. En este reciente artículo hay un resumen bien ponderado del debate, aunque su autor, Michael Moehler, al querer dar la razón a ambos, adolece de la falta de precisión que detallo a continuación. Según Rawls, en la posición original, antes de usar el criterio del velo de la ignorancia, los individuos convendrían en usa serie de circunstancias que apreciar en una sociedad. Por ejemplo, pueden convenir en un mínimo de riqueza por debajo del cual la sociedad sería indeseable desde cualquier punto de vista, o pueden convenir un mínimo de bienes meritorios a los que deba poder acceder cualquier ciudadana. También es cierto que Rawls no decía que el criterio Maxmin tuviera sentido siempre. El problema es que esta formulación del criterio del velo de la ignorancia queda muy difusa y no permite dilucidar cuándo usar el criterio Maxmin y cuándo otro. Para contados casos podría resolverse el problema. Por ejemplo, si la renta mínima aceptable es 10, podremos ordenar las sociedades según el peor tratado esté más cerca de tener esos 10, siguiendo el criterio Maxmin, pero en cuanto ya todos lo tuvieran el criterio ya no se usaría y pasaríamos a la utilidad esperada. El recorrido de esta interpretación es muy corto. En cuanto haya dos o más dimensiones en las que establecer un mínimo (riqueza, libertad, educación, etc.), ya no hay manera de decir nada coherente con el criterio rawlsiano. En cambio, el criterio de utilidad esperada permite replicar lo que hace el rawlsiano para esos casos específicos, como usar utilidades muy bajas para rentas por debajo del mínimo nivel de dignidad, y ponderar unas dimensiones con otras cuando el problema es más complejo.

El criterio de aplicar la utilidad esperada tras el velo de la ignorancia presenta el claro problema de que tal momento no existe. Los individuos que toman decisiones saben ya muchas cosas sobre sí mismos. Con todo, hay muchas otras cosas que no saben del futuro y muchas menos todavía entre las que se refieren a su descendencia. La igualdad entre hombres y mujeres es más fácil si pensamos qué queremos para nuestros hijos e hijas. Dista de ser un criterio perfecto, y tampoco será el único, pero es versátil, claro, atractivo y operativo, como bien sabemos los economistas.

José Luis Ferreira es Profesor del Departamento de Economía de la Universidad Carlos III de Madrid y Doctor en Economía por Northwestern University, Illinois. Su investigación se centra en la teoría de juegos, la organización industrial, la economía experimental y la metodología.

José Luis Ferreira

José Luis Ferreira es Profesor del Departamento de Economía de la Universidad Carlos III de Madrid y Doctor en Economía por Northwestern University, Illinois. Su investigación se centra en la teoría de juegos, la organización industrial, la economía experimental y la metodología.