El espejismo del aumento de la productividad en la economía española

Otra Economía

La productividad laboral es un indicador que relaciona el Producto Interior Bruto (PIB) con el número de trabajadores (L). Pues bien, en lo que concierne a su crecimiento en los últimos años, la economía española se encuentra en la parte alta del ranking comunitario. Entre 2010 y 2016, ha aumentado un 6,9%, registro muy superior al obtenido en nuestro entorno comunitario, donde progresó un 4,7%%; en Alemania, por ejemplo, el crecimiento fue de tan sólo un 3,8%.

Antes de sacar pecho, como hace el gobierno del Partido Popular, es necesario preguntarse sobre los factores que explican tan “brillante” resultado. Al respecto, hay que tener en cuenta la trayectoria seguida por las dos variables utilizadas para medir la productividad (PIB y L) y por el número de horas trabajadas.

Llama la atención, en primer lugar, que, considerando el conjunto del periodo analizado (2010-2016), en nuestra economía el crecimiento acumulado del PIB (el numerador de la ecuación PIB/L) apenas supera el 2%, mientras que el de la UE y Alemania ha sido, respectivamente, del 7,4% y 10,2% ¿Cómo es posible que, con un registro tan decepcionante, nuestra productividad haya conocido tan sustancial mejoría?

La respuesta es muy sencilla. La economía española ha experimentado una masiva destrucción de puestos de trabajo (el denominador de la ecuación de productividad); también se ha reducido el número de horas trabajadas, como consecuencia simultánea de la caída en el empleo y de la generalización de la contratación a tiempo parcial.

Entre 2010 y 2016 el nivel de ocupación ha conocido una contracción del 3,2%; mientras que, por el contrario, los datos correspondientes a la UE y Alemania revelan un proceso de creación neta de empleo, del 2,8% y 6,1%, respectivamente. En ese periodo, en la economía española el número de horas trabajadas se redujo en un 3,8%, de nuevo en abierto contraste con lo acontecido en la UE y en Alemania, donde aumentaron en un 1,6% y un 4%.

Nos encontramos, de este modo, ante una ficción estadística. Sí, es cierto, aumenta de manera sustancial la productividad, pero, sobre todo, porque se reduce el denominador (L), y no tanto porque progrese el numerador (PIB). Mejora la productividad, pero, no lo olvidemos, a pesar del desfavorable comportamiento de la inversión productiva y del esfuerzo investigador, dos de las variables centrales que hacen que una economía sea más productiva. En efecto, en el conjunto del período examinado, la formación bruta de capital fijo y la investigación y desarrollo, ambas variables medidas como porcentaje del PIB, han retrocedido en 2 y 0,2 puntos porcentuales. La situación no puede ser más inquietante, pues el atraso estructural que acumulamos fruto de esta deriva nos sitúa con claridad en el cinturón periférico de la Unión Europea.

Los aumentos en la productividad obtenidos fruto de los ajustes de plantilla son un camino a ninguna parte. No sólo porque tienen un efecto contractivo sobre la demanda agregada –el consumo y la inversión-, sino porque crean una estructura de estímulos perversa; la facilidad con la que la legislación laboral permite los despidos, la erosión de la negociación colectiva y la represión salarial alimentan una cultura empresarial inercial y conservadora que frena la innovación y la modernización del tejido productivo. Un efecto de bucle que se retroalimenta.

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