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El premio Nobel de Economía 2021 es para David Card, Joshua D. Angrist y Guido W. Imbens: estas han sido sus contribuciones a la ciencia económica

El premio Nobel en economía de la convocatoria de 2021 ha ido para el triunvirato de David Card, Joshua D. Angrist y Guido W. Imbens. Tal vez a muchos no les suenen de antes estos nombres, y sea a raíz de este premio cuando se van a interesar por el perfil de estos expertos de economía punta. Bienvenido sea el interés, aunque sea con los hechos consumados.

Porque si algo es cierto, es que el premio de este año se podría decir que supone toda una revolución. Y afirmamos esto por la temática económica escogida a la hora de otorgarlo, que arroja luz sobre uno de los temas más complejos y más esenciales de nuestro tiempo, especialmente para Europa y España.

Pero es que además no es sólo que la temática sea crucial, sino que también se está premiando aproximaciones en la investigación económica de lo más disruptivas e innovadoras. Y eso, de estar bien justificado, investigado, argumentado, y concluso son unas excelentes noticias que nos permiten darle desde aquí a la economía ese rango de Ciencia Económica. Un rango del que siempre hemos creído que se le estaba privando limitándole con ello su vasto campo de posible progreso: un progreso para bien de todos y para nuestro régimen de bienestar.

El premio más temático: relación entre inmigración o educación, y cómo repercuten sobre el nivel de empleo y los salarios de mercado

Y empezamos a lo grande. Efectivamente, al menos es esa Europa en la que la inmigración ya hace tiempo que dejó de ser un debate social, para pasar directamente a ser todo un factor socioeconómico de primerísimo grado, el tema no podía ser más crucial. Y es que hasta ahora, por difícil que pueda parecer, realmente los estudios e investigaciones sobre el tema dejaban en la mayoría de los casos mucho que desear.

Había habido alguno más prometedor como aquel del que nos hicimos eco en nuestro análisis sobre inmigración y su impacto económico de hace unos años, pero el debate académico seguía falto de una envergadura y una calidad que no se correspondían con el efecto socioeconómico masivo que la inmigración lleva ya lustros ejerciendo sobre nuestras socioeconomías. Es éste pues uno de esos temas estrella de ese concepto de Socioeconomía que re-acuñamos desde aquí hace ya muchos años, inaugurando una nueva moda con una palabra que ahora no para de citarse en las noticias.

Y los resultados de esta nueva metodología aplicados a los temas concretos a los que los galardonados la han aplicado ha arrojado ya algunas conclusiones de calado. En primer lugar, con el tema de la inmigración, los resultados arrojan que beneficia el nivel de ingresos de los nativos del país a partir del momento coincidente temporalmente con el flujo migratorio, pero puede perjudicar a los inmigrantes que ya habían sido previamente acogidos en el país receptor. Igualmente, las conclusiones evidenciaron que el aumento de salario mínimo no tiene porqué conllevar siempre una reducción del empleo.

Vaya por delante que ésta última es una de las tesis que desde aquí siempre hemos tomado como base al analizar este y otros temas, y de hecho ya les expusimos cómo el aumento del salario mínimo en EEUU o la propia RBU podía ser algo bueno y necesario para su socioeconomía, mientras que en España o en otros países subir el SMI sin embargo podía destruir empleo como de hecho así ha ocurrido. El tema es que ahora todo esto viene refrendado no sólo argumentativamente, sino además avalado con datos experimentales del máximo rigor. Y es una excelente noticia, porque con esto se acabó el debate, y toca arremangarse y ponerse a trabajar de verdad. El premio es más que merecido.

Así que tenemos el tema, pero además también la forma de abordarlo y cómo estos tres economistas se han aproximado a él supone un merecido objeto de este premio de primer nivel. Y es que la verdadera revolución viene por su carácter de metodológica, que viene avalada por auténticos experimentos que le hacen merecedora de ese título de Ciencia que les citaba antes. Los resultados, si bien revisten una gran gran gran utilidad práctica, al final puede que sean lo de menos de cara a un futuro de lo más teórico, en el que ahora nace esa Ciencia Económica que va a hacer que la economía ya nunca sea lo mismo.

No son los temas socioeconómicos ni las conclusiones alcanzadas en ellos, el premio va mucho más allá de esos temas concretos

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Hasta ahora, la economía y su capacidad de análisis topaba con la barrera infranqueable de la dificultad de valorar escenarios alternativos a la actual realidad económica. Así, resulta harto difícil y hasta aventurado con las aproximaciones experimentales que se utilizaban hasta el momento responder a preguntas cruciales como la de qué habría ocurrido si en Europa no hubiésemos tenido tanta inmigración en los últimos años, o cómo influye la educación más larga en el futuro salario de un trabajador en caso de que hubiese estudiado una carrera o hubiese tenido una educación obligatoria más arga. Efectivamente, se trata de escenarios que como mucho se habrán hecho realidad en un universo paralelo, y por lo tanto ello marca la imposibilidad de medirlos según la economía experimental tal y como se planteaba hasta este momento.

Pero los premiados economistas han desarrollado nuevas técnicas de investigación y análisis que les permitirían trabajar con esas realidades alternativas, y además poder sacar conclusiones válidas para nuestra realidad mas real. Y es ahí donde entran en acción esos “experimentos naturales” que les decía antes, y cuyo nombre no es casual, sino que hace honor a su naturaleza más experimental. Porque este tipo de experimentos permite aprovecharse de la ocurrencia en nuestra realidad económica de sucesos reales, que catalizan ciertos cambios significativos en los grupos objeto del estudio y el trato que reciben por parte del sistema y de los propios investigadores.

Se trataría literalmente de meterse a fondo en el análisis de nuestra realidad actual, para lograr que nos sirva de experimento real del tema económico sobre el que pretendemos arrojar luz. Vamos, que el tema se podría decir que llega a suponer la portabilidad al mundo académico más investigador de aquella vieja máxima de estas líneas de “aprender de los errores propios y ajenos, y también de los aciertos propios y ajenos”. Ahora bien, en la metodología tan disruptiva llevada a cabo por estos economistas está su verdadero mérito y el quid de la cuestión (y del galardón). Y como ven esta nueva metodología no va a ser del más mínimo agrado de esos execrables políticos que se empeñan en llevarnos una y otra vez por el mismo camino de la amargura que ya arruinó a otros antes, y que ahora quedarán en evidencia desde sus púlpitos (aunque no se sonrojarán ni lo más mínimo).

Porque si de algo adolecían los experimentos económicos que mayormente se realizaban hasta ahora, es que su dimensión siempre era acotada y controlada, en parte justificadamente para no impactar de forma grave a nuestra economía toquiteando osadamente importantes variables macroeconómicas “para ver qué pasa”. Pero el problema es que, en una ciencia tan masiva y en un sistema tan complejo como es la economía, en la cual el “sandbox” económico no tiene mucho que ver con el sistema en producción a escala real, estas limitaciones muchas veces invalidaban al menos mayormente unas conclusiones que luego se podían llegar a parecer a la realidad económica “como un huevo a una castaña”.

Así, por ejemplo Card tomó como objeto de estudio la decisión de Castro en 1980 de permitir la emigración masiva desde Cuba, analizando el impacto macroeconómico sobre los mercados laborales locales de las ciudades de acogida. Como parte de este suceso real en concreto, la mitad de los 125.000 cubanos que huyeron de la miseria se asentaron en la cercana Miami. Esta elevada concentración ha permitido diseñar un experimento natural mediante la comparación con otras localidades que eran similares socioeconómicamente a la receptora Miami, pero que en esos otros casos no fueron destino de esta inmigración masiva. Igualmente, Card ya junto con Krueger tomaron como experimento comparativo del impacto del incremento del SMI el momento en el que en 1994 Nueva Jersey subió su salario mínimo, mientras que la vecina y similar Pennsylvania no lo hizo. Y el nivel de empleo no se resintió como en Nueva Jersey como muchos esperaban.

Angrist y Krueger tomaron una aproximación similar a la hora de tratar de dilucidar si una educación más prologada mejora los ingresos futuros de un ciudadano. Así, tomaron como punto de partida dos generaciones milimétricamente diferenciadas en el tema objeto del estudio, aprovechándose del hecho de que la escolarización obligatoria se decide que se aplique por generaciones concretas, y así tenemos un experimento natural con la generación nacida en diciembre de un año concreto, sus años de educación obligatoria, y sus futuros salarios medios, y la comparación con las mismas variables de esa generación siguiente nacida en enero del siguiente año y a la que ya le prolongaron en el tiempo su educación obligatoria.

Efectivamente, las características de este suceso real permiten afirmar que las diferencias generacionales y la variabilidad de las variables de entorno que les han afectado sean despreciables entre los nacidos en un mes de diciembre y los nacidos en el siguiente mes de enero, y que la práctica totalidad de sus diferencias en salarios y condiciones laborales obtenidas serán mayormente debidas al impacto de ese alargamiento de la educación obligatoria que les ha influido como hecho diferencial más relevante y casi en exclusiva. Y sí, estudiar un año más ha hecho que la socioeconomía les otorgue de media un 9% más de salario. Eso tampoco quiere decir que esta conclusión pueda ser aplicada ad-infinitum, obviamente.

Y todo eso por no hablar ya directamente de toda esa legión de economistas académicos que se limitan al análisis económico exclusivamente desde el plano más teórico, y luego no podían quejarse de que, a la vista de su muy matizable capacidad de explicar el futuro económico, resultase que lo de sus compañeros más prácticos acabase pareciendo un huevo y una castaña como dos gotas de agua. Y es que una de las críticas más realistas y oportunas que hasta el momento se ha hecho a la comunidad económica era aquella que venía a decir que un economista es ese experto que te explica perfectamente por qué pasó lo que pasó, pero que no da ni una a la hora de decirte lo que va a pasar… hasta ahora.

Más allá de la temática y la metodología, como decía Clinton allá por los 90: “Es la economía, ¡Estúpido!”… Pero una economía nueva de verdad…

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Con este premio Nobel a David Card, Joshua D. Angrist y Guido W. Imbens esos tiempos de economistas del pasado y no del futuro estarían empezando a tocar a su fin, y estamos sin duda asistiendo al fin del reinado de la economía regresiva y de Datawarehouse, y al nacimiento de la economía más predictiva, merced a sus nuevos modelos naturales, y a todo lo que abren adicionalmente con la aplicación de la Inteligencia Artificial (IA) y el Deep Learning sobre ellos. Efectivamente, han revolucionado la investigación empírica, como les loaba el propio texto del fallo del jurado, pero también han abierto nuevas puertas que hibridan esa nueva metodología con las capacidades de análisis de datos y de aprendizaje computacional de los que actualmente disponemos. El avance es pues doble y de todavía más futuro.

Y por cierto, la bienvenida que daba antes a esta nueva era de Ciencia Económica no sólo lo decía por todo lo anterior, que no es poco, sino porque este advenimiento va a catalizar que por fin se acabe esa lamentable injerencia de los sesgos tele-dirigidos. Y es que los intereses políticos siempre hacen acto de presencia en la economía, con debates poco o nada rigurosos que se aprovechan del vacío académico, y que ahora no tendrán alternativa a enfrentarse a los incontestables datos más objetivos y realistas.

Y es que hasta ahora, muchos debates económicos venían pre-diseñados de serie, y se establecían antes las conclusiones a las que se quería llegar porque eran las que interesaban, y a partir de ahí se articulaba tanto los estudios como el posterior discurso. Craso error, que ahora ya quedará en evidencia para cualquiera al que interese seguir cometiéndolo. Como ven, ya no es por dar la bienvenida, es que toda persona que sea consciente de la esencial importancia de la economía en todas nuestras vidas debemos de “dar palmas con las orejas”, sobre todo porque a más de un político se le acaba el chollo de ese populismo económico que tanto daño sigue haciendo en el mundo, y que tanta pobreza innecesaria acaba trayendo a los sufridos ciudadanos, que son los que al final lo sufren mientras los responsables viven en la opulencia más orgiástica.

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Mejorando la economía y excluyendo de ella los intereses políticos estamos propiciando más y mejor bienestar para todos, porque no olviden que en nuestro mundo todo se fundamenta sobre la economía, y sin dinero no hay ni educación, ni sanidad, ni nada de nada de nada. Lamentablemente, lo único que sobrevive una vez destruida la economía son las mordidas de los políticos; eso sí, a presa menos nutrida, menor mordida posible, por lo que lo realmente penoso del asunto sería que incluso nuestros censurables políticos van a acabar beneficiándose de este avance económico. Ya saben que los del 3% por ejemplo iban a porcentaje. Allá ellos, que algún día se los puede acabar comiendo un depredador de los que tanto abundan en paraísos fiscales como las Islas Caimán. Y es que el dinero sucio sólo atrae a la suciedad, pero la buena noticia es que tras este premio Nobel también debería haber más dinero limpio para todos los demás.

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