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Hay intelectuales que advierten que el imperio estadounidense podría estar fuera de control, y que su caída sería inminente

Agoreros, catastrofistas, y pesimistas congénitos siempre ha habido en el mundo económico. Algunos de ellos incluso tratan de buscar el oportunismo de acertar en tiempo y forma (un casi imposible en economía) con apocalítpticas predicciones a ver si suena la flauta y se hacen realidad antes de que la gente se olvide de ellos.

Pero lo dificil en economía no es descartar mayormente a estos pesimistas afiliados (ni a los optimistas desaforados). Lo realmente difícil es distinguirlos de los realistas, porque a veces la realidad se vuelve evidentemente negativa. Hay intelectuales estadounidenses que vaticinan el ocaso del imperio de EEUU, y además dan argumentos para justificarse. Y algunos de sus argumentos dan pie para plantearse esenciales reflexiones sobre de dónde venimos y a dónde vamos en el mundo económico (si es que seguimos yendo a alguna parte).

Chris Hedges: el premio Pulitzer que pone plazo al fin del imperio estadounidense

Chris Hedges es un periodista americano galardonado con el reputado premio Pulitzer, y que además es un autor muy prolífico. Una de sus temáticas más recurrentes trata de cómo este profesional, considerado por muchos sectores como un intelectual, ve en la actual situación socioeconómica señales inequívocas de que estamos asistiendo al ocaso (si no caída) del imperio de los Estados Unidos de América.

Una de las tesis principales que le llevan a ver a los EEUU abocados a perder su hegemonía mundial es cómo en aquel país la política dice que está decrépita, y por el contrario el nacionalismo xenófobo no para de ganar incondicionales adeptos. Su tradicional crítica de la América más contemporánea y su declarado anti-corporativismo han encontrado sin embargo un hueco en las mesillas a lo largo y ancho del país, especialmente cuando parte de la deriva política y social del líder económico mundial parece que le acaba dando en parte la razón tras lustros de predicar.

Desde años, Hedges está obsesionado con el que denominaba “Imperio del ilusionismo”, con lo que se refería a su propio país. En el libro que publicó bajo este título, mostraba su preocupación por cómo, al igual que cualquier otro imperio anterior, su país podía fracasar en algún momento en el proceso de expansión de su imperio; hoy en día está rotundamente convencido de que ya está siendo así. Y, a juicio de un servidor, la expansión más fallida podría haber sido aquella en la que el capitalismo estadounidense se embarcó en absorber económicamente a China, y puede que al final sea China la que se acabe erigiendo en líder con su particular dicta-pitalismo.

En su último libro, “La gira de la despedida”, Hedges aborda con más precisión esta supuesta degeneración socioeconómica, y de hecho pone incluso nombres a los que yo llamaría “los cuatro jinetes del apocalípsis” de la supuesta caída del imperio de EEUU. Los títulos de sus correspondientes capítulos en concreto no pueden estar más relacionados con algunas realidades de la América más actual: “Decay” (por desindustrialización), “Heroina” (por la epidemia de opiáceos), “Sadismo” (por los emporios industriales de pornografía al límite), y “Odio” (por el racismo).

Y Hedges pone incluso fecha al supuesto fin de este imperio: duda de que dure mucho más allá de una década a partir de nuestros días. Lejos de tomar una posición excesivamente clara y bastante subjetiva para unas predicciones a futuro tan sumamente precisas, desde estas líneas vamos a analizar algunos de los puntos que aborda Hedges, porque son más que interesantes. Y lo son, no ya por tratar de vislumbrar si el galardonado autor lleva razón o no en su predicción, sino más bien por reflexionar con juicio crítico sobre la naturaleza de nuestras socioeconomías: es el primer paso para poder mejorarlas.

Hedges afirma que EEUU ha perdido el control de su sistema socioeconómico

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Entre su bagaje como periodista con dilatada experiencia profesional, Hedges ha sido corresponsal de guerra durante casi tres décadas. Ello le vale la autoridad de poder hablar con conocimiento de causa sobre los mecanismos sociales, psicológicos y socioeconómicos implicados en el derrumbe socioeconómico que prácticamente siempre va aparejado a un conflicto armado.

Y por ello saca pecho ante obras de otros autores que, a su juicio, caen en un injustificado positivismo con notas cándidas e inocentes. Según Hedges, el gran público da una complaciente bienvenida a este tipo de obras porque le tranquilizan, y porque en el fondo suponen lo tanto están deseando oir. Pero Hedges ha visto a muchas sociedades sumergirse en las tinieblas más cruentas, y conoce perfectamente el camino que siguen en su fatídico descenso a los infiernos. Al parecer, ve ese camino en muchas de las encrucijadas que los Estados Unidos actuales van tomando.

Un argumento en el que ya debemos darle la razón abiertamente a Hedges es en el que reflexiona sobre la desigualdad mundial del capitalismo más reciente. Afirma sin ambages que China es un exponente de desigualdad extrema. Y como ya saben los lectores más habituales, ya les hablamos hace unos meses de cómo, si bien en términos globales el auge de las clases medias chinas e indias ha propiciado un descenso de las cifras de desigualdad, lo cierto es que mirando las realidades nacionales desde dentro, las diferencias entre ricos y pobres se han magnificado (y sí, paradójica y especialmente en la China comunista). También pone como ejemplo que la pobreza en el medio rural de décadas atrás era más soportable que la miseria actual de las barriadas urbanas más deprimidas y violentas al estilo fabelas brasileñas.

Hedges también hace un holgado hueco entre sus críticas a la deficiente medida que usa actualmente el capitalismo para medir el bienestar y la riqueza. El autor afirma con contundencia que utilizar el PIB como indicador rey es una práctica socioeconómica obsoleta, que sin embargo se sigue utilizando ciegamente, para no ir en particular a ninguna parte a la que se quiera llegar. En este punto, debo decirles que también saben cómo desde hace años les advertimos también desde estas líneas del error de guiarse principalmente por el PIB, e incluso les trajimos novedosas alternativas que podrían contribuir a retomar el control de la nave. De estas tesis se han mostrado partidarios incluso presidentes nacionales como el francés Sarkozy en su momento.

Y que conste que Hedges rechaza frontalmente el calificativo de Marxista, y por el contrario se confiesa un Keynesiano convencido. No obstante, reconoce que a veces haber estudiado las ideas marxistas puede ayudar a entender mejor algunos mecanismos del capitalismo, y puede mejorar en algunos aspectos la capacidad de gestión dentro de industrias financieras como por ejemplo la de los Hedge Funds. De forma todavía más insistente a lo habitual, dejo la valoración de este párrafo en concreto a su propio juicio personal (y/o profesional).

Los almirantes que no obedecen el rumbo que trataron de marcar algunos capitanes del pasado

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Pero el de la pérdida de control socioeconómico es uno de los argumentos de Hedges más interesantes, y que debemos plantearnos en plena forma crítica, porque la reflexión que sugiere es profunda (y no tenemos a priori por qué estar completamente de acuerdo con Hedges). Como les decía, Hedges se declara abiertamente enemigo de la América corporativa. Cree firmemente que, con las multinacionales americanas, el imperio estadounidense ha perdido casi por completo su capacidad de control sobre el rumbo a tomar. Y, claramente, no poder controlar el rumbo supone no poder corregirlo cuando éste se pierde, extremo que ya debemos admitir que es bastante probable que pueda estar ocurriendo en la América actual.

El hilo argumental que sigue Hedges cuando hace esta afirmación es que, tanto EEUU como sus socios más capitalistas, ya no pueden conseguir que la nación en su conjunto haga lo que su población quiere que haga. Y es aquí donde aflora la faceta más anti-corporativista de Hedges: aduce que hoy por hoy es misión imposible tratar de que los votos democráticos influyan de alguna manera en legislar en contra de los intereses globales de las grandes multinacionales. Sostiene que, esta sensación de pérdida de capacidad de decisión es la que está precipitando las crisis políticas sistémicas de las que estamos siendo testigos en nuestros tiempos. De ahí surgiría el auge de los populismos y los nacionalismos, fruto del descontento popular.

Y no sólo los republicanos están en el centro de la diana de sus afilados dardos. Hedges también tiene ácidas críticas para los demócratas, de los que dice que hace décadas que se alejaron de los intereses de la clase trabajadora estadounidense. En concreto, este autor afirma que, desde la era de los Clinton (y lo dice por ambos), los demócratas fueron conscientes de que, acercándose a la América corporativa, podrían participar de su capital. En la práctica, Hedges actualmente apenas ve variabilidad ideológica en el panorama político estadounidense cuando se trata de política económica o política exterior.

Estamos inmersos en lo que Hedges denomina capitalismo corporativo, y lo que a su juicio resulta más perjudicial para el conjunto del sistema es que en los medios -a excepción del Blog Salmón 😉 – ni siquiera hay ningún debate sobre su existencia, y menos sobre qué rumbo debería tomar este sistema para asegurar la sostenibilidad de la socioeconomía en el largo plazo. Mientras este debate se mantiene alejado de Main street, Hedges se queja del sinsentido que supone que a la vez la CNN tenga unos beneficios récord, pero que estén sustentados básicamente por la parrilla televisiva de una cadena de noticias que, incongruentemente, tiene muchas menos noticias y debates de lo que solía tener y de lo que sería deseable.

Hedges ve amargamente cómo los Prime Time estadounidenses son frecuentados por estrellas porno y figuras mediáticas extremamente irrelevantes, lo cual supone un auténtico espectáculo de entretenimiento de masas.

¿Deben las empresas de un país regirse por la voluntad de sus ciudadanos?

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Es ya en este punto donde se puede llegar a entender que algunos analisas califiquen a Hedges de marxista. Porque, cuando se queja el autor de que las empresas de un país capitalista actualmente escapan a la voluntad de sus ciudadanos, ¿Quiere decir en realidad que toda iniciativa empresarial debería estar regida por la voluntad ciudadana?

Dejando a un lado el tema de que esa voluntad ciudadana deba o no deba estar delegada en políticos cuatri-anuales, el hecho es que nunca antes en la Historia de la Humanidad hubo tantos medios técnicos como para conseguir algo que se aproxime a una democracia conceptual plena. Efectivamente, hoy más que nunca se pueden votar fácilmente de forma popular cuantas iniciativas y leyes pueda ser necesario someter a votación popular.

Pero el fondo de la cuestión va mucho más allá de este hecho, porque que Hedges asume que cualquier agente socioeconómico debe someterse a los designios populares. ¿Dónde quedaría la libertad de empresa? ¿Raya ello ya incluso en la libertad personal? La verdad es que la cuestión no es en absoluto sencilla, puesto que es verdad que las autoridades han de legislar unos límties que confinen las actividades empresariales a lo que se supone que debería ser (que al menos no perjudique) el bien común de la sociedad.

¿Pero dónde debería acabar esa legislación en un mundo techie donde la población es la que puede decidirlo virtualmente todo? ¿Dónde acaba la legislación colectiva y dónde empieza la libertad individual? Espero que estas preguntas no les den vértigo ni les parezcan visionarias en exceso, porque aún hay un punto todavía más trasgresor y futurista.

¿Acaso si el estado pasa a ser formado virtualmente por todos los ciudadanos, no sería una nueva versión descentralizada de la economía plenamente estatalizada de otras corrientes socioeconómicas? Aunque esta estatalización sea distribuida uniformemente entre todos los ciudadanos de a pie, desde luego a nivel teórico estamos viendo la concepción sobre el papel de un nuevo sistema socioeconómico, que es posible gracias a la tecnología. Y a saber cuales serán sus beneficios finales y… también sus perjuicios. Porque no olviden que siempre les digo: la masa también se equivoca como con el Brexit o aquel funesto “los precios de los pisos nunca bajan”.

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De una forma u otra, valorar estas opciones es aceptar la existencia de un nuevo enfoque sistémico para la democracia. Debo admitirles mis obvias limitaciones en este sentido para abordar un análisis más detallado en todos los ámbitos a los que esto afectaría, y debo decirles que estoy seguro de que clásicos griegos como Aristóteles o sus coetáneos podrían aportar mucho más que nosotros (o que yo al menos).

Desde luego, si algún día alguien se plantea realmente un tipo de sistema así, el primer e indispensable paso que debe concebir es que los ciudadanos tengan capacidad de decisión real y una gran cultura financiera (aquí nos debemos atener a los temas socioeconómicos). Y esto es algo en lo que en España lamentablemente tenemos prácticamente casi todo el camino por delante. Mientras eso no ocurra, lo de que las empresas deban acoplarse en mayor grado a las decisiones de la ciudadanía mejor ni nos lo planteamos. No se puede elucubrar sobre subir all segundo piso, sin ni siquiera haber contruido antes el primero. Lo demás son castillos (y pisos) en el aire.

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