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La cuota solidaria: el nuevo invento del Gobierno para prolongar la «agonía» de las pensiones

La dinámica de sistemas es una disciplina que estudia cómo cambian los sistemas a lo largo del tiempo y cómo interactúan sus componentes, de modo que podemos encontrar sistemas estables e inestables en función de cómo se comportan en condiciones de equilibrio y cómo responden a perturbaciones externas.

Los sistemas estables son aquellos que tienden a retornar a un estado de equilibrio después de ser perturbados mediante fuerzas internas de realimentación negativa mientras que los inestables no vuelven a su posición de equilibrio, sino que las perturbaciones provocan respuestas que amplifican el cambio en vez de contrarrestarlo, empeorando la situación y pudiendo incluso colapsar.

Nuestro sistema de pensiones afronta peligrosos retos que lo colocan en la categoría de sistemas inestables y potencialmente explosivos ya que muestra, desde hace tiempo, signos preocupantes de insostenibilidad en medio de cambios demográficos, económicos y sociales, exigiendo un esfuerzo sostenido y creciente para evitar que el impulso explosivo de su inestabilidad desencadene consecuencias desastrosas para los futuros pensionistas.

Sin embargo, en vez de realizar un cambio estructural e integral del sistema para que sea estable a largo plazo, por la complejidad y el riesgo electoral asociados, se decide realizar ese esfuerzo mediante cambios incrementales en los parámetros para mantenerlo estable temporalmente, con vida, aunque sea intubado y con respiración asistida, prolongando así la agonía.

El problema es que, a pesar de que el discurso político nos vende que la última reforma será muy duradera y definitiva, al ser inestable y explosivo, cada cierto tiempo necesitará nuevos y más frecuentes ajustes paramétricos, por lo que inventos como el MEI o la cuota solidaria, un eufemismo para no llamarlo impuesto, sufrirán cambios al alza en pocos años para seguir manteniendo a flote el barco, sin menoscabo de nuevos ajustes en las prestaciones, aumentos en la edad de jubilación, hasta los 70 años como ya se atisba en Europa y/o el número mínimo de años cotizados. Todo un sudoku para las generaciones futuras que pretendan cobrar el 100% de una pensión pública menguante, dificultado con el elevado paro juvenil y mercado de trabajo precario al que se enfrentan.

Así pues, cada nuevo cambio es un suma y sigue hasta el próximo y lo más grave es que se trata de ingeniosos mecanismos impositivos travestidos de cotizaciones y solidaridad pero que no se traducirán en mayores cuantías de la pensión, por lo que cada vez, nuestro sistema es menos contributivo y aleja al empresario de nuestro mercado de trabajo, atemorizado y con incentivos a acelerar la incorporación de las nuevas tecnologías que reducirán los costes laborales.