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La eutanasia del sector agrícola en Europa

Históricamente, la agricultura y la ganadería han sido un componente central de muchas economías europeas, si bien, su participación relativa ha disminuido con el tiempo debido a la diversificación económica, el desarrollo urbano y el abandono de las zonas rurales. Por ello, la UE ha experimentado una transformación económica significativa en las últimas décadas, donde la contribución del sector primario al PIB se ha ido desvaneciendo y lo seguirá haciendo en el futuro, si nadie lo remedia.

El sector primario en la UE representa el 1,4% del PIB con una producción valorada en 537.500 millones de euros, de los que casi el 54% corresponde a la agricultura y servicios agrícolas, principalmente cereales, verduras, hortalizas y frutas, mientras que el 38,3% es para la ganadería, con producción de leche, carne y huevos. Todo se traduce en 10 millones de explotaciones agrícolas y 17 millones de personas empleadas en el sector, donde casi el 60% de la producción agrícola y ganadera viene de Francia, Alemania, Italia y España, que son los más afectados por estas políticas europeas que pueden suponer un genocidio para el sector. En el caso de España, según los datos del INE sobre el último censo agrario, en los últimos 10 años, en el 93,5% de las 914.871 explotaciones agrícolas existentes, el titular es una persona física y el número de explotaciones agrarias ha disminuido un 7,6% y las ganaderas un 30,1%. Se trata de un sector muy fragmentado y con bajos recursos financieros.

A pesar de su pequeña participación, el sector primario juega un papel clave y estratégico pues cubre una necesidad básica del ser humano ya que proporciona los alimentos y materias primas necesarias para la vida, además de dar empleo directo e indirecto a millones de personas de la UE. Al igual que las teorías económicas del valor han buscado explicar la razón de por qué un diamante es más caro que un vaso de agua, siendo este último más necesario para la vida, no es un tema de mayor o menor contribución económica, pues podemos vivir sin muchos de los servicios que se ofrecen en el mercado, pero no podemos hacerlo sin alimentos ni agua, a menos que dependamos de terceros países que se conviertan en la despensa de Europa y que tendrán en sus manos la llave de nuestra supervivencia.

Cada día son más caros los alimentos para el consumidor sin que repercuta en los productores. No es la primera vez que vivimos en Europa protestas por parte del sector primario que tarde o temprano eran apaciguadas por los gobiernos mediante promesas, a veces incumplidas. Un ejemplo, la ley de la cadena alimentaria en España que promueve la creación de un organismo inexistente que iba a fijar los precios mínimos para el sector.

Aunque el foco de las protestas se pone en los márgenes, la realidad esconde una serie de retos difíciles de superar, desde la burocracia y las progresivas restricciones de la PAC, con mayores exigencias y costes, la sequía por el clima y por la falta de un plan hidrológico nacional y vertebrador mientras se destruyen presas con bajo la excusa del daño a la biodiversidad, la asignación de ayudas a terceros países como Marruecos que supone competencia desleal, en muchos sentidos, frente a los productores europeos, o las nuevas leyes de bienestar animal. Todo ello aumenta los costes de cumplimiento de agricultores y ganaderos mientras que se incentiva la importación de terceros países que, además de menores costes laborales, no sufren tal nivel de restricciones.

Si añadimos el impulso globalista para que dejemos de comer carne y que criminaliza a los sectores con gran dependencia de la naturaleza, con propuestas para que agricultura y pesca sean reconocidas como un crimen grave, junto con la transformación de nuestros campos en zonas de generación eléctrica, podríamos estar en un proceso controlado de eutanasia del sector primario europeo, impidiendo garantizar nuestra seguridad alimentaria y el desarrollo rural de las regiones.

Podemos vivir sin muchos de los servicios que se ofrecen en el mercado, pero no podemos hacerlo sin alimentos ni agua. La reflexión que deberíamos hacernos es sobre quién se beneficia con el empobrecimiento progresivo de las familias que dependen del sector primario y que llevaría a su a desaparición en Europa, haciéndonos altamente dependientes y vulnerables ante terceros que se convertirán en la despensa europea y que tendrán la llave de nuestra supervivencia, controlando algo más valioso que el oro, el agua y los alimentos. Teorías explicativas no faltan, algunas conspiranoicas, pero esperemos que estén equivocadas.

Juan Carlos Higueras, Doctor en Economía y profesor de EAE Business School