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La insoportable levedad del SMI

El Salario Mínimo Interprofesional (SMI) acaba de aumentar un 4%. Esta subida se añade a otra del 8% registrada en 2017 (que Florentino Felgueroso comentó aquí) y podría tener continuidad, bajo determinadas condiciones, hasta completar un incremento acumulado del 30% en el periodo 2016-2020.

La mayoría de analistas de la economía española han saludado estos aumentos con satisfacción. Por una parte, se considera necesario que los salarios crezcan más, para así impulsar el consumo y para aumentar una tasa de inflación que sigue siendo demasiado baja. Por otra, se concibe como una medida justa, pues ayudaría a revertir el aumento de la desigualdad salarial registrado durante la última década y a menguar la pobreza. Finalmente, el que haya sido el resultado de un acuerdo entre el Gobierno y los agentes sociales genera expectativas de que también se produzcan avances en otras reformas necesarias (legislación laboral, pensiones, etc.)

A riesgo de ser catalogado como un economista (madridista) gruñón, expresaré algunas objeciones (son cinco pero podrían ser más):

En España, el SMI es un instrumento de fijación de salarios poco relevante.

Desde que se introdujo como tal por Decreto 55 1963 de 19 de enero (cuando se fijó para trabajadores mayores de 18 años en 60 pesetas al día y 1.800 al mes), el SMI se concibe como una manera de extender las ganancias salariales de la negociación colectiva a los trabajadores no cubiertos por ella. A este respecto, es sintomático que la Constitución Española reconozca el derecho a la negociación colectiva (artículo 37.1), pero no el derecho a un SMI, y que el Estatuto de los Trabajadores (artículo 26.3) consagre la negociación colectiva como el principal instrumento de fijación de salarios. Por tanto, no debe extrañar que la cobertura del SMI en nuestro país sea muy baja. En el gráfico siguiente se representa el porcentaje de trabajadores que perciben menos del 105% del SMI (fuente: aquí):

Y estas son las tasas de cobertura del SMI estimadas por Floren:

Los aumentos del SMI repercuten marginalmente sobre la masa salarial.

Dada su escasa incidencia, variaciones del SMI se traducen en cambios muy pequeños de la masa salarial.  Incluso suponiendo que las subidas del SMI de 2017-2018 acabaran afectando plenamente a un 3% de la población trabajadora (lo que a la vista de los datos estadísticos disponibles parece un tope superior) y que no se tradujeran en pérdidas de empleo, el incremento resultante de de la renta disponible de dicha población sería de alrededor del 0,37%.

Aunque es posible que las subidas del SMI acaben trasladándose a las tarifas salariales pactadas en la negociación colectiva, esto parece poco probable. A este respecto, hay que tener en cuenta que seguirá en vigor la misma regla de afectación del SMI en los convenios colectivos que en 2017, según la cual es el SMI  que estaba en vigor en 2016 (y no el resultante tras las dos últimas subidas) el que continuará siendo de aplicación a los convenios colectivos vigentes que lo utilicen como referencia.

Por consiguiente, “normalizar los salarios” sigue siendo tarea de empresarios y representantes de los trabajadores mediante la negociación colectiva, permitiendo que estos suban en aquellas empresas donde las ganancias de productividad así lo permitan. La prevalencia de la negociación colectiva sectorial, a pesar de las reformas laborales de 2010 y 2012, poco proclive a la diferenciación salarial, no construye el mejor escenario para ello.

Estos aumentos del SMI podrían provocar pérdidas de empleo, especialmente entre la población juvenil.

Si los aumentos del SMI causan (o no) pérdidas de empleo es una cuestión muy controvertida. Muchos estudios han encontrado que incrementos del salario mínimo no tienen efectos apreciables sobre el empleo agregado, si bien pueden reducir significativamente el peso relativo del empleo de los jóvenes de baja cualificación (ver, por ejemplo, esto y esto). Según estimaciones de BBVA Research, el aumento acumulado del SMI en 2017-2018, si no se trasladara al resto de salarios y sin ganancias de productividad, podría provocar una disminución del empleo del 0,3% en el largo plazo. Un estudio reciente sugiere que las pérdidas de empleos podrían ser mayores porque incrementos del SMI provocarían la automatización de los puestos de trabajo de baja cualificación.

Dada la coyuntura económica actual y si se cumplieran las condiciones pactadas para los aumentos futuros del SMI (crecimiento anual del PIB superior al 2,5% y aumentos anuales de afiliados a la Seguridad Social de 450 mil), los efectos sobre el empleo no deberían ser motivo de gran preocupación, a pesar de la notable cuantía del incremento del SMI. Sin embargo, para que el SMI de trabajadores adultos pudiera crecer aun más, sin que ello causara efectos negativos significativos sobre el empleo juvenil, sería conveniente la reintroducción de un SMI diferenciado para jóvenes sin cualificación.

Los efectos de aumentos del SMI sobre el consumo, PIB y empleo están sobrevalorados.

A pesar de que los aumentos del SMI repercuten mínimamente en la renta disponible de la población trabajadora, hay quién defiende que sus impactos sobre el consumo, el PIB y el empleo son inmediatos y elevados, aduciendo que la propensión al consumo de la población con salarios bajos es muy alta y que en su cesta de consumo los productos domésticos tienen un mayor peso que las importaciones.

Aun aceptando que la propensión marginal al consumo de la población afectada por subidas del SMI sea casi la unidad (lo que puede no ser cierto dependiendo de la situación financiera familiar en cuestión), el efecto sobre el PIB y el empleo dependerá de los muchos márgenes de ajuste de los que disponen las empresas para hacer frente a aumentos de la demanda (precios, horas de trabajo, etc.); no hay que olvidar que entre las perturbaciones de demanda y de oferta, el crecimiento económico y el empleo hay relaciones turbulentas e incomprendidas.

El SMI no reduce significativamente la desigualdad de renta ni la pobreza.

Aumentos del SMI pueden beneficiar a trabajadores con bajos salarios, pero no necesariamente a familias con bajo nivel de renta. En realidad, tal y cómo se muestra en el gráfico siguiente (fuente: aquí), en España solo un 10% de la población por debajo del umbral de la pobreza son trabajadores que perciben el SMI.

La correlación entre ser un trabajador con bajo salario y ser miembro de una familia pobre es débil por tres razones: i) la mayoría de las familias pobres con cabeza de familia entre 18 y 64 años no tienen ningún miembro con empleo, ii) muchos trabajadores son pobres porque trabajan pocas horas, no tanto porque su salario sea bajo, y iii) muchos trabajadores con bajos salarios, especialmente los más jóvenes, no son miembros de familias pobres.

Para reducir la desigualdad de renta y la pobreza existen otras medidas más eficaces que aumentar el SMI. Una de ellas es un subsidio a las ganancias salariales de las familias de rentas bajas, mediante un complemento salarial o fiscal (a la manera del Earned Income Tax Credit). Aunque no resolvería el problema de la pobreza entre las familias sin ingresos laborales, esto tendría varias ventajas. Primero, al estar dirigido a quiénes más lo necesitan, se podrían implementar transferencias de renta más cuantiosas. En segundo lugar, dado que se financiaría con impuestos, implicaría una mayor redistribución de los perceptores de rentas altas hacia los de rentas más bajas. (Por el contrario, el SMI redistribuye desde los empleadores de trabajadores con salarios bajos, que no suelen percibir rentas altas, hacia los trabajadores que perciben el SMI, que no son necesariamente pobres). Finalmente, los incentivos a sumergir la actividad económica y el empleo son mucho menores con un complemento salarial o fiscal que con el SMI.

En definitiva, que el SMI haya empezado a aumentar de nuevo es una buena noticia por señalizar el comienzo de una necesaria “normalización de salarios” que tendría que materializares en otros ámbitos, pero no por las razones esgrimidas habitualmente. Esperar que en España subidas del SMI impulsen el crecimiento y reduzcan la desigualdad de renta y la pobreza es creer en unicornios. O en los Reyes Magos. Y ya se sabe que la principal labor de los economistas es recordar que los Reyes Magos no existen. No obstante, espero que el próximo fin de semana sus “Majestades de Oriente” sean generosos con todos los lectores de NeG.