La trampa de Tucídides y el futuro del Euro

23

La Paradoja de Kaldor

Existe un acuerdo unánime de que China está en su fase ascendente en la escala del poder económico y militar. Menos acuerdo hay respecto a la cuestión de si la hegemonía norteamericana está ya en declive. En cualquier caso, el escenario geopolítico en las próximas décadas se augura complejo y marcado por esa doble circunstancia. Hay quienes anticipan el riesgo de que el mundo se vea abocado a lo que se conoce como Trampa de Tucídides y, al igual que Esparta ante el ascenso de Atenas desencadenó una guerra preventiva -la Guerra del Peloponeso-  antes de que la expansión de su rival amenazara su hegemonía, EE.UU. haga lo mismo con China. Hay quienes, por el contrario,   prevén un futuro pacífico definido por una hegemonía compartida chino-americana. Sea cual sea ese futuro, lo que parece hoy por hoy claro es que en su construcción la Unión Europea  nada parece contar. Europa es hoy por hoy un convidado de piedra en la escena geopolítica mundial.

No debiera ser así. Pero la realidad es que la Unión Europea no ha podido convertir su peso económico en poder económico ni tampoco sus valores políticos y culturales en poder político  en la esfera de las relaciones internacionales a escala mundial. La Unión es, por así decirlo,  autista, en el sentido de que todas sus energías las dirige hacia sí misma. Es como esos enfermos a los que la gravedad y urgencia de sus dolencias les llevan a desinteresarse de todo cuanto sucede en su entorno. Y la razón de ello es que el “corazón” de la Unión, la eurozona,  no funciona como sería de desear y se preveía en sus orígenes, hace una quincena de años.  Y no funciona porque adolece de una enfermedad “genética”, porque de salida, desde su concepción, su “corazón”: el euro,  estaba mal diseñado y se ha convertido en una fuente incesante de problemas.

Cierto que no era fácil construir una moneda única a partir de un conjunto heterogéneo de países que no conformaban una área monetaria óptima. Pero el diseño que se siguió a la hora de hacerlo, lo que se puede denominar como  “modelo neoliberal” de moneda única en la medida que, ante los inevitables desequilibrios comerciales y fiscales y sus consecuencias que tendría el establecimiento de una moneda única y una política monetaria común del Banco Central Europeo en los países de la eurozona dada su diversidad de situaciones y “culturas” económicas nacionales, sólo preveía para corregirlos de un mismo mecanismo: la puesta en práctica de políticas de ajuste  y de reformas estructurales, sobre todo de los mercados de trabajo, así como la imposición de sanciones a quienes no cumpliesen unos criterios en buena medida arbitrarios.

Las consecuencias del diseño neoliberal del euro son, a nivel interno,  de sobra conocidas y han sido sufridas por buena parte de las poblaciones europeas de muchos países de la Unión que han visto cómo se deterioraba su situación o sus perspectivas económicas a la vez que aumentaba la desigualdad. De cara al exterior, la consecuencia ha sido la irrelevancia geopolítica de la Unión Europea metida como lo ha estado siempre en un permanente conflicto o debate interno donde la desconfianza entre sus miembros ha lastrado cualquier posibilidad de actuación clara y conjunta en el mundo.

¿No había alternativa a ese diseño neoliberal del euro? Si. La había. Existía otro posible diseño, que ni siquiera se contempló, quizás por razones ideológicas. Era el que se deducía del modo que Keynes propuso afrontar el problema de organizar la economía internacional tras la II Guerra Mundial en la Conferencia de Bretton Woods en 1944. Keynes allí propuso también la creación de una nueva moneda internacional, el llamado bancor con la que las monedas de todos los países estarían ligadas por un sistema de tipos de cambio fijos. Pero para afrontar los inevitables desequilibrios comerciales y financieros que de ello se seguiría, dado que resulta obvio que los países del mundo conforman no un área monetaria óptima sino más bien  “pésima”,  propuso que en su corrección no sólo debieran exigirse ajustes a los que tuviesen déficits, sino que también debieran ajustarse los países que tuvieran superávits pues tan culpables eran unos como otros de los desequilibrios, ya que estos son siempre “cosa de dos”.

No sólo los países con déficits por cuenta corriente continuados y elevados debieran pagar intereses crecientes por las deudas en que incurrían para financiarlas, sino que también –y esta es la novedad deslumbrante de la propuesta keynesiana- los países con superávits continuados y elevados deberían  “pagar” intereses por ellos, lo que les incentivaría a ellos también a corregirlos, estimulando así al conjunto de las economías tanto las deficitarias como las excedentarias. La propuesta keynesiana cayó en vacío, pues como era de esperar los EE.UU. no la aceptó. En su lugar, se creó el FMI y su brazoarmado, ese ejército de “hombres de negro”  que tanta sangre, sudor y lágrimas han ido provocando en tantos países conforme obligaban a imponer los inevitables planes de ajuste de corte neoliberal que el diseño del sistema exigía.

Hoy nadie duda del mal diseño del euro. Se discute estos días la implementación de nuevas terapias para sanar la anémica eurozona. El Fondo Monetario Europeo, el presupuesto anticrisis, el seguro de desempleo común, son sin dudas medidas útiles, pero está más que claro que lo serían aún más si lograsen instrumentarse, cosa que no es previsible que suceda, fuera del diseño neoliberal que está en el origen de todos los problemas del euro. Y será una pena porque un euro que sirviera como palanca de la economía europea serviría también como  palanca del papel de Europa en el escenario geopolítico mundial, factor fundamental para que la amenaza de que el mundo caiga en la Trampa de Tucídides se aleje de las vidas  de las próximas generaciones.

—–

Fernando Esteve (Profesor de la Universdidad Autónoma de Madrid)

Share and Enjoy: