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Los ciber-punks de los 90 llevaban razón: se demuestra que la erosión de nuestras Socioeconomías y democracias va acabando con todo

En los años 90, con la llegada de Internet y todas las futuristas puertas que abría, irrumpió en la escena internacional un fuerte movimiento ciber-punk, que visionariamente supo ver un doble filo en toda aquella nueva tecnología que, como cualquier otra herramienta humana, podía traer incontables ventajas, o terribles consecuencias, dependiendo de cómo fuese usada. Casi tres décadas más tarde, todos somos conscientes de los logros conseguidos, pero también toca recapacitar y hacer inventario de las amenazas que se han materializado.

Y no, resulta que aquellos ciber-punks no iban nada desencaminados en sus temores, y nuestro mundo de hoy en día empieza a parecerse mucho al que ellos dibujaron como potencial distopía a evitar por todos los medios. Parece que estamos condenados a verlas venir, por mucho que algunos las llevemos viendo venir desde muy muy lejos, orwelliano 1984 mediante: con cada día que pasa, ese 1984 que les dibujásemos desde aquí hace casi una década es más real que nunca en nuestro mundo actual. Y los ciber-punks ya lo sabían, no hace una década, sino tres décadas atrás allá por los 90.

Los ciber-punks no eran agoreros: simplemente supieron ver en su particular bola de cristal «techie» las amenazas reales que la tecnología iba a traer

En el actual maremagnum de propaganda y de creciente agresividad (por ahora) dialéctica, no duden de que aquellos ciber-punks de los 90 a los que muchos gobernantes decidieron escuchar en su momento (con no muy buenos resultados tras el pasar de varias décadas), hoy en día serían prácticamente linchados por los más agresivos en las redes sociales, colgándoles sistemáticamente etiquetas de “crispadores”, anarquistas, revolucionarios, o subvencionados por los intereses empresariales ocultos tras ellos. Y quién sabe de cuántas cosas más les habrían acusado llevadas al extremo polarizante, tanto de color rojo como azul, a las que siempre recurren aquellos que tienen en sus Timelines más tuits vacíamente pegadizos que ideas críticas, constructivas y realistas. Y oigan, que aquí son bienvenidas ideas de cualquier color, siempre que sean consistentes y que estén debidamente argumentadas, pero lo que a lo que los extremismos aspiran es a la aceptación incondicional de todas sus tesis con sumisión total. El espíritu crítico lo dejan sólo para arrojarlo a la cara a los demás, porque en el fondo les da pavor que miren para sus propios adentros… unos adentros que corren el riesgo de desatarse socialmente en algún momento liberando vaya usted a saber qué.

Tristemente, aquellos ciber-punks hoy mayormente habrían predicado en el a veces estéril desierto de las redes sociales, estéril salvo por los reservorios del espíritu crítico más sano y constructivo que quedan en nuestras sociedades, y de los cuales comunidades ricas (como ésta del Blog Salmón que han formado ustedes) son el mejor y más esperanzador exponente. Pero no se confundan, porque aquel movimiento ciber-punk de los 90 no era de punkies callejeros ni mucho menos, a pesar de lo que podría evocar su nombre hoy en día. Lo cierto es que aquel visionario colectivo estaba formado por una mayoría de los “techies” más “techies” del momento, y no les faltaban ni capacidades técnicas, ni proyección de todo lo que la tecnología iba a significar en nuestros días, y menos les faltaba imaginación para poder concebir las destructivas “ocurrencias” que algunos dirigentes iban a acabar teniendo para instrumentalizar los avances técnicos (en beneficio propio, obviamente).

Y es que, hoy en día, resulta ya funestamente muy real la tríada de visionarias frases con las que Orwell describiera la máximas inquebrantables de la siniestra sociedad del Gran Hermano: “La ignorancia es la fuerza”, “La libertad es la esclavitud” y “La guerra es la paz”. Piensen bien en ellas (y por el mismo orden anterior) la próxima vez que presencien una cadena de bulos por Whatsapp para alimentar la polarización al extremo de nuestras sociedades, una campaña de propaganda foránea dirigida certeramente al corazón de nuestra socioeconomía vendiéndonos el idealismo de otros sistemas todavía más imperfectos que el nuestro (y por mucho), o esas noticias cada vez más violentas auspiciadas por una colección de líderes internacionales cuyo discurso va subiendo de tono y cada vez es más bélico. Por si estos tres jinetes del Apocalipsis orwelliano no fueran poco destructivos, obviamente no podía faltar el cuarto en concordia que añadimos desde aquí, bajo cuyas pisadas tampoco crece la hierba ya nunca jamás. Ese cuarto sería un tan de moda “El interés personal es el bien común”, y que Orwell ya nunca llegó ni tan siquiera a imaginar: la realidad siempre acaba superando incluso a la ficción más visionaria. Y en concreto ese 1984 de Orwell fue precisamente uno de los libros de mesilla de noche de muchos de aquellos idealistas ciber-punks, pero no como ocurre hoy cuando algunos lo tienen como el Dorado (de latón) a alcanzar, sino que aquellos ciber-punks lo tenían como la hoja de ruta a evitar por todos los medios.

Pasadas unas décadas, el necesario balance “control-libertad” sacado a debate por los ciber-punks ha resultado inclinarse hacia…

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Pues sé que en este apartado no voy a explicarles mucho que ya no sepan, porque todos vemos las noticias y buceamos en las profundidades más insondables de las redes sociales. Tampoco les descubriré nada nuevo si les hablo de diversos libros o cintas distópicas de décadas atrás, que fueron máximos exponentes de esa cultura ciber-punk, como fueron “Blade runner”, “Neuromancer”, “Gunnm”, “Islas en la red”, “La naranja mecánica”, “1984”, “Un Mundo Feliz”, y en otro estilo “La Fundación”, o incluso la más reciente “The Matrix”. Por increíble que parezca, incluso esta última va tomando forma en nuestro mundo actual. En diferentes medidas, todos somos ya medianamente conscientes de estos abismos que se abren ante nosotros, solo que esto a menudo se hace tan sólo exponiendo con indignación la amenaza del extremo opuesto, y pasando vergonzosamente de puntillas sobre la también amenaza del extremo propio. Y como consecuencia de esa ceguera, el discurso en pos de la libertad de acaba quedando en simple “agua de borrajas”. Sea del extremo que sea, cuando llegue ese 1984 en ambos casos será igual de represivo y dañino socioeconómicamente, y será ese pueblo mayoritariamente moderado y equilibrado el que más sufra sus peores consecuencias. Pero nadie estará a salvo de esa pobreza general inducida en la socioeconomía, pues estos procesos tan destructivos siempre acaban trayendo miseria incluso para los acólitos del extremo que finalmente se hace con el poder. Y no digo que no pueda haber parte de razón en ciertos puntos muy concretos de todo extremo, pero aquí lo que criticamos no son todas sus ideas en una improcedente enmienda a la totalidad, sino que lo que nos resulta muy censurable es su crudo extremismo en sí mismo.

Lamentablemente, como la cotidianeidad lo que tiene es que lo normaliza todo, ya hasta nos hemos acostumbrado a los convulsos Telediarios de hoy en día, pero si a nosotros mismos en los 90 nos hubiesen mostrado uno solo de ellos, lo que habríamos visto en aquellos 90 que iba a ser el futuro en 2020 nos habría parecido toda una siniestra distopía. Una distopía que ya tenemos aquí en nuestras vidas. Aquellos visionarios ciber-punks de los 90 se jugaron su credibilidad (e incluso otras facetas más personales de su vida) por tratar de evitar que ese futuro tan distópico llegase a materializarse, y tratando de evitarlo reforzaron conceptos idealistas como la libertad o la privacidad, pretendiendo así también transformar una amenaza evidente en una oportunidad potencial.

Muy a su pesar, los ciber-punks fracasaron estrepitosamente (por ahora), pero los que más hemos fracasado somos la sociedad como conjunto, porque es en este distópico escenario donde todos nosotros ya estamos condenados a vivir, y tal vez incluso hasta morir si la visceral situación todavía va a peor. Y no duden de que esto todavía tiene mucho recorrido, y que puede ir a mucho mucho mucho peor. De nosotros depende, y aún estamos a tiempo de sacar de la primera plana y de los titulares a los políticos agresivos que se nutren de la confrontación y de la violencia social, para meter a políticos humanos de los de verdad (los empieza a haber en todos los partidos). Y esto no va en ningún caso de colores, sino de meras actitudes ante la política y ante el respeto hacia los demás más básico.

En esta ocasión ha sido la disruptiva publicación estadounidense Slate la que ha publicado un inspirador artículo, haciendo balance sobre qué ha pasado en nuestros días con aquellos riesgos que ponían los ciber-punks sobre la mesa. Slate pone muy acertadamente como uno de los catalizadores la sucesión de décadas de erosión gubernamental deliberada de ciertos aspectos de nuestro régimen de libertades, que si bien también ha ocurrido progresivamente en Occidente (con especial intensidad ahora a raíz del Coronavirus), en otros países más orientales ha ido literalmente a una velocidad de crucero. Empezaré por aportar un factor de análisis propio y reciente, y es que las películas ciber-punk de los noventa mostraban dirigentes políticos escoltados celosamente por ejércitos a de hombres armados hasta los dientes. Independientemente de los colores (insisto), y sin entrar en ningún debate sobre las revueltas raciales, al ver las imágenes de Trump escoltado en la mismísima Casa Blanca para resguardarlo en el búnker presidencial ante las escenas de caos social vividas en las calles, o al ver cómo los cuerpos de élite policiales y militares literalmente “barrieron” con gases lacrimógenos a manifestantes pacíficos para despejar el camino de Trump hasta la iglesia de St. John, sólo vienen a la mente aquellas distópicas imágenes ciber-punk de un mundo convulso y dividido. Y dejaremos a un lado las distopías monetarias a futuro (cada vez más presente) que trae la crypto-economía y la virtualización masiva del dinero, que se debate entre traer la libertad monetaria a los ciudadanos, o tener una herramienta más para la hiper-vigilancia pasando ya al control monetario a nivel incluso individualizado.

Pero ya hay a día de hoy muchas más realidades ciber-punk que se están haciendo realidad. La auténtica obsesión de aquellos visionarios con la privacidad y la libertad en la red de redes no pudieron ser más anticipatorias, y hoy asistimos atónicos a cómo la Realidad Aumentada está siendo explotada industrialmente en países “Dictapitalistas” para hiper-vigilar a su población, a cómo se comercia sin apenas coto (en menor medida en la Unión Europea) con nuestros datos personales, a cómo se instrumentaliza la tecnología como arma de conquista económica. Igualmente chocante es comprobar cómo hay países que ya han implantado un sistema de crédito social para asignar una “puntuación de buen ciudadano” a sus sometidos habitantes para acceder a muchos derechos básicos (y más recientemente también a las empresas), o cómo a todos los que nos hayamos cruzado en el camino de ciertas superpotencias nos han espiado masivamente como ocurriera con el escandalazo de la NSA, o cómo la deslocalización tecnológica nos ha puesto en las manos de potencias extranjeras con sus intereses particulares ajenos a los nuestros (especialmente con la crisis del Coronavirus). Finalmente, alcanzamos ya el estado de estupefacción al ver cómo cada día está más al alcance (y en el punto de mira de ciertas superpotencias) la creación genética de una raza de super-humanos que dominaría el planeta, o cómo en China han puesto en producción auténticos campos de “re-educación” de la minoría étnica Uigur en lo que recuerda inevitablemente a una implementación real de la distópica película “La Naranja Mecánica”. Y etc etc etc, con tantas otras siniestras facetas de nuestro mundo actual que han sido catalizadas por una tecnología mal utilizada (que no mala per sé).

Y mención especial merece aquel aspecto del mundo del futuro que los ciber-punks dibujaban como una segunda época feudal, y por el que decían ya entonces que corríamos el riesgo de acabar cautivos de las grandes multinacionales y su poder. Lo exponían como un feudo en el cual un ciudadano como tal poco valdría fuera de la esfera de protección de uno de estos conglomerados empresariales masivos, que harían las veces de señores deuda les, y en el cual las empresas más poderosas acabarían comportándose de forma extractiva del sistema (algo que a veces hacen los propios ciudadanos, por cierto), y donde los más adinerados vivirían por encima de la ley y tendrían además mucho más poder de decisión sobre la socioeconomía. Y eso por no hablar de que hace casi cuatro años ya les analizamos cómo en nuestro panorama socioeconómico estaban surgiendo peligrosos pseudo-monopolios de facto que acabarían vulnerando la libre competencia y perjudicarían al consumidor, un extremo que hoy en día ya es una realidad y que está en diversas agendas políticas. Todo ello es algo que venimos tratando de analizar desde aquí de forma recurrente, por ejemplo haciéndonos eco de las voces que decían que el imperio estadounidense estaría cayendo por esas simas sociales que siempre les hemos expuesto, y proponiendo soluciones constructivas para refundar el capitalismo.

Si quieren saber qué harían los ciber-punks de los 90 para protegerse en esta guerra ciber-social y ante esta ola de autócratas y populistas, miren lo que hacen los que la están provocando

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Los ciber-punks de los 90 a buen seguro que abordarían la actual y caótica situación tratando de preservar sus ideales más idealistas (por mucho que en cierta medida sean inalcanzables). Y una de sus máximas eran la libertad y los derechos democráticos reales y tangibles, y no esas democracias tenderete en las que el pueblo sólo se defiende airadamente en los eslóganes cada cuatro años, pero que en el mientras tanto es considerado por los propios dirigentes menos pueblo y más populacho. Asumiendo pues la libertad como máxima inquebrantable, y añadiendo a la ecuación el tener que abrazar la tecnología como fuente de progreso, si ahora tenemos en cuenta cómo nos están destruyendo con la guerra ciber-social instrumentalizando internet y las redes sociales, la única solución viable que se puede concebir sería preservar defensivamente nuestro propio espacio de libertades, y esto sólo podría hacerse hoy por hoy erigiendo una internet propia que podamos mantener libre, a salvo de las hostilidades sociales foráneas. Si malo es que la libertad haya perdido al mundo global como espacio de existencia, bueno sería que al menos la preservásemos en nuestro espacio socioeconómico más inmediato, y ya veremos cómo y cuándo tenemos ocasión de exportarla a terceros (el gran error de la globalización).

Si la implementación es buena y se ciñe a los ideales ciber-punk aquí expuestos (y ahí está el verdadero quid de la cuestión), esa internet protegida no tiene porqué redundar en una falta de libertades, sino más bien en todo lo contrario, porque así proliferarían de nuevo esos discursos moderados tan constructivos, que ahora se han callado impactados por la agresividad de los extremos que ha alimentado la propaganda. De esta manera, lo único que así quedaría silenciado en realidad sería el discurso extremista, violento, irracional, pre-diseñado, certero, y dirigido contra nuestros pilares más fundamentales, con el propósito final de destruirnos. Perderíamos así el (por ahora) minoritario discurso extremo, para (re)ganar toda la rica y diversa gama de la escala de grises intermedia. No hay color (pero de verdad). Todo es un balance, también la democracia. Si bien desde aquí siempre hemos expuesto el valor potencial a futuro de cualquier idea (en principio, sea del color que sea), no es menos cierto que, especialmente dada la situación actual, también hay un ineludible balance libertad-control que no se puede soslayar, porque precisamente en ello nos va el poder conservar nuestra propia libertad tan amenazada hoy en día. De términos medios va el asunto, porque si nos dejamos llevar en esto por el extremismo, todas los reflexivos grises intermedios serán ofuscados por los chillones rojos y azules de los extremos más extremos, en una espiral que sólo se realimenta a sí misma, y en la cual un extremo sólo alimenta al otro (miren los titulares de las noticias de hoy en día para comprobar por sí mismos esto último). E insisto, respetamos a los extremos y deben estar ahí de una u otra manera, pero sin justificarlos, una cosa es tener una ideología polarizada en un espectro ideológico alejado del equilibrio, y otra cosa muy distinta es ser un extremista**.

Como demostración de que éste podría ser el camino a seguir (tal vez el único posible), no hay nada más ilustrativo que echar la vista un poco más allá, y observar cómo se están preparando para un posible contra-ataque aquellas superpotencias que empezaron esta guerra ciber-social. Así, es revelador ver cómo en Rusia han blindado literalmente su Internet, demostrando dónde está el verdadero peligro. Tal vez la única defensa posible de Europa sea protegernos como decíamos cortando nuestra internet a la propaganda proveniente de esas potencias hostiles. Pero las mentes de la propaganda ya saben que ése es un riesgo mayúsculo en su guerra ciber-social, motivo por el que (como siempre) van un paso por delante de nosotros, y su nueva propaganda 3.0 ya cuenta con infiltrados y colaboracionistas locales, que siguen su mismo manual de propaganda, pero que lo hacen respaldándose en la libertad de expresar libremente su opinión como ciudadanos occidentales. El porqué optan por destruir suicidamente su propio sistema socioeconómico depende de cada caso, pero no duden de que algunos están plenamente convencidos de las prebendas de ciertos regímenes, mientras que para otros es un mero negocio del cual ya forman parte según revelan las primeras “gargantas profundas”.

Y es que hoy en día los ciber-punks se tirarían literalmente “de los pelos”, porque además es totalmente incongruente que hoy en día sean los sectores que más agresiva y visceralmente se quejan de la falta de libertades en nuestros sistemas socioeconómicos, los que luego tratan de dinamitarlo vendiéndonos como “ideal supremo” a alcanzar otros sistemas hacia los cuales no admiten ni la más mínima crítica, y en los que sin embargo las libertades y los derechos democráticos no los conocen ni se les espera. Por inconcebible que parezca en el mundo del siglo XXI, y dejando pequeños a los también lamentables campos de detención de otras superpotencias, hoy hay países incluso con campos masivos de “re-educación”, y toda una retahíla de vulneración de derechos humanos fundamentales que les invalida para hacer una crítica tan airada y supremacista de nuestros sistemas, especialmente sin hacer antes ningún tipo de auto-crítica que resulta ineludible, y la cual sólo atinan a esquivar desesperadamente entrando en esas ramplonas críticas ad-hominem. Resistan, haciendo alarde de un sano espíritu crítico también a ejercer para mejorar estas líneas, pero resistan a la crítica dirigida y destructiva que tan sólo pretende tapar datos y realidades que a algunos no les vienen nada bien. Ustedes son nuestro mejor activo, y sólo queremos mantenerlo en valor (valor del de verdad).

En un mundo que día a día se vuelve cada vez más convulso, lo cierto es que los ríos han sido intencionada y concienzudamente revueltos por unos pocos pescadores, que aspiran a dirigirlo. Y todo apunta que no habrá mucha opción a discrepancias ideológicas, ni tan siquiera a quejarse de hambre cuando la destrucción que siempre trae la mentira socioeconómica llega a su pleno apogeo. Porque no lo duden, como tristemente ya bien saben por ejemplo los venezolanos que la sufren incluso en situaciones (y pantomimas) extremas, la propaganda puede que llene cerebros y ofusque espíritus críticos, pero lo que es seguro que no quita es el hambre. Y es esa lamentable hambre lo que al final es el único y mejor indicador de que las cosas van catastróficamente mal, y evidencia esos teatrillos político-sociales de mal guión y peor interpretación, en los que todo acaba siendo una burda y ramplona mentira para acallar al pueblo, que es al final el que sufre lo indecible en contraste con la opulencia en la que vive la casta de sus gobernantes. Toda una distopia ciber-punk.

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Porque no lo olviden, al igual que, desde que la Historia es Historia, el fin último de toda superpotencia es conquistar el mundo y vivir a costa de los demás países ejerciendo sobre ellos su poder y extrayéndoles sus recursos económicos, igualmente el fin último de (casi) todo pésimo político pasa por el mismo dúo extractivo dinero-poder, pero añadiendo además la pusilánime indiferencia ante las penurias sociales que ellos mismos provocan, y que contemplan allá abajo entre el populacho desde la atalaya de su fortificado palacio, repleto de lujos sufragados por esos sufridos ciudadanos a los que apenas les queda nada. Es anti-ético ejercer la destrucción socioeconómica cuando se estaba avisado de las consecuencias últimas de ciertas políticas sin salida. Es anti-ético, cuando ya sobrevienen las fatales consecuencias, disfrazar la realidad para elaborar un persuasivo relato intragable para los que conservan un mínimo espíritu crítico. Pero ya roza la inhumanidad más absoluta y lo despiadado vivir en la opulencia a costa de aquellos a los que ya poco les queda, cuando los responsables de su escasez y de su sufrimiento extremo son esos mismos dirigentes opulentos. Al final, acaban erigiendo alambradas de espino en sus palacios para protegerse de un pueblo al que tan pasionalmente dicen defender: si eso fuese verdad, las alambradas deberían ser de algodón de azúcar. Y a pesar de todo el lamentable espectáculo, ciertos individuos siguen cosechando millones de votos. El problema es que vivimos en una época de auténticos escultores de mentes a base de cruda propaganda, pero no moldean el famoso “Pensador” de Rodin, sino que las mentes producto de sus golpes de cincel se asemejan más a esas esculturas de Pablo Gargallo cuya técnica escultórica era el vaciado. Toda una distopía ciber-punk.

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