¿Son persistentes nuestras creencias?

1Hace unos días asistí a un workshop en la Universidad de Brown (ver aquí) sobre factores estructurales que pueden ayudar a entender porque hay países ricos y pobres y porque estas diferencias en riqueza, en la mayoría de los casos, no desaparecen a lo largo del tiempo.

La gran paradoja es que, si ya sabemos que, por ejemplo, tener más educación, mejor tecnología y más capital físico ayuda claramente a que un país sea rico, es muy difícil entender porque no los gobiernos de todos los países adoptan políticas que favorecen este tipo de inversiones. Daron Acemoglu del MIT argumenta (ver, por ejemplo, aquí) que la clave está en que las instituciones (las reglas del juego, para entendernos) funcionan muy bien en algunos países y son un desastre en otros. Aunque esto tiene mucho sentido, es también evidente que las instituciones no son exógenas, es decir, debe haber alguna explicación de porqué las instituciones son mucho mejores, por ejemplo, en el Reino Unido que en Tanzania.

Como hemos discutido varias veces en Nada es Gratis (ver aquí, aquí, o aquí), los valores culturales de un país son una variable clave para entender diferencias en el comportamiento de los individuos y en las instituciones de sus sociedades. Muchos de los trabajos discutidos en el workshop que he mencionado se dedican precisamente a entender como algo que ocurrió  hace muchos años (siglos, a veces) en un determinado país tiene todavía hoy enormes implicaciones para su cultura, sus instituciones y su desarrollo económico (por ejemplo ver esta reciente entrada de Francisco Beltrán, aquí). De hecho, muchos, tal vez la mayoría de estos estudios, confirman que la cultura y las instituciones son muy persistentes, muy difíciles de cambiar.

En esta entrada voy a resumir brevemente un ejemplo de esta persistencia histórica y otro estudio que muestra como no todo está determinado: en ciertas situaciones la cultura y las instituciones de un país se adaptan y evolucionan en función de nuevas circunstancias.

Joachim Voth (Universidad de Zúrich) y Nico Voigtlander (UCLA) escribieron hace poco un trabajo (ver aquí) explorando las raíces históricas del antisemitismo en la Alemania de entreguerras. Su estudio usa datos de pueblos alemanes con comunidades judías en la era medieval. Cuando la Peste Negra (ver aquí) llegó a Europa en 1348-1350, en algunas partes los judíos fueron acusados de haber envenenado los pozos de agua y que eso supuestamente desencadenó la terrible epidemia. Como represalia, muchos pueblos y ciudades aniquilaron sus poblaciones judías. Casi 600 años después, la derrota de Alemania en la Primera Guerra Mundial reinició la persecución de los judíos en ese país, incluso antes de que el partido Nazi llegara al poder. Voth y Voigtlander encuentran que las actitudes antisemíticas persistieron durante más de 500 años: los pueblos y ciudades que asesinaros a sus judíos en 1348-50 son los que tuvieron mayores niveles de antisemitismo en el periodo de entreguerras. Por ejemplo, los ataques a judíos fueron 6 veces más probables en los años 20 en localidades donde hubo más pogromos (ver aquí) durante la Peste Negra que en el resto de localidades alemanas. Estos pueblos y ciudades también votaron mucho más por el partido Nazi – claramente antisemita- y fueron mucho más aficionados a leer periódicos antisemitas.

Los autores intentan usar diferentes variables para entender las razones por las que hubo más persistencia de antisemitismo en unas zonas que en otras. Sus resultados revelan que ciudades con una fuerte tradición de comercio a larga distancia tuvieron una menor persistencia en actitudes antisemitas. Asimismo, centros urbanos que crecieron rápidamente después de 1750 muestran menor conexión entre el semitismo medieval y el de entreguerras. Un resultado clave de su estudio es que la persistencia está muy asociada a la falta de movilidad de la población. La mayoría de los pueblos en el estudio eran pequeños y con muy poca inmigración o matrimonios entre gente de otras localidades. Cuando llegó la industrialización (allá en el año 1820) los movimientos de población aumentaron considerablemente y los pueblos que recibieron más inmigrantes fueron los que más tarde tuvieron menor persistencia de antisemitismo. Por otro lado, Voth y Voigtlander muestran que los factores económicos, geográficos e institucionales que en parte generaron los pogromos medievales son irrelevantes para explicar el antisemitismo del siglo XX. Es decir, el antisemitismo persistió incluso sin los supuestos beneficios económicos argumentados en la edad media e incluso en áreas donde apenas hubo judíos durante siglos.

El fenómeno de antisemitismo y su persistencia, por cierto, no es en absoluto exclusivo de Alemania. Inglaterra, Francia y España también expulsaron a la población judía en la edad media. En España esto sucedió en 1492 y, hasta hace relativamente poco, en algunas localidades los niños jugaban a “matar judíos” en Semana Santa. En Catalunya, por ejemplo, era bastante popular (diría que ya no…) un juguete llamado “carrau” (matraca, ver aquí) o “mata jueus” (mata judíos) que hacia un ruido estruendoso supuestamente para asustar a los judíos.

En un trabajo aún no publicado (ver aquí) Nathan Nunn (Harvard) y Paola Giuliano (UCLA) estudian como la estabilidad del entorno afecta a la persistencia de la cultura de una sociedad. Su trabajo usa datos sobre la estabilidad de la temperatura media en diferentes localidades durante los años 500 y 1900. Su hipótesis es que los cambios en la temperatura en un determinado periodo de tiempo son una medida de inestabilidad que no viene determinada por las acciones de los individuos (al menos no en el corto plazo y no a nivel local) y eso permite estudiar cómo la gente responde a ellos.

Sus resultados muestran que las poblaciones con antepasados que vivieron en entornos más estables (es decir, con menor variación en su temperatura) tienen una mayor persistencia en sus tradiciones. La explicación que proponen es muy sencilla: las costumbres y creencias de nuestros antepasados son especialmente útiles para decidir nuestras acciones en entornos estables, sin muchos cambios. Después de todo, si estas creencias han sobrevivido durante varias generaciones, es probable que sea porque contienen información útil. En entornos inestables, sin embargo, las tradiciones y creencias de nuestros antepasados son menos ventajosas y, por lo tanto, tiene sentido que las sigamos en menor medida.

Más concretamente, Nunn y Giuliano utilizan tres estrategias para estudiar la persistencia cultural. En primer lugar, usando datos del World Value Survey (ver aquí) sobre cuánto valora la gente las tradiciones y demuestran que la sociedad da un menor peso a las tradiciones en entornos y periodos menos estables. Segundo, en sociedades más estables hay una mayor persistencia en la participación laboral de las mujeres y en la aceptación de la poligamia, dos claros ejemplos de valores culturales. Finalmente, los autores estudian cómo se adaptan los inmigrantes de Estados Unidos a esta nueva cultura. En concreto muestran que, en entornos más inestables, es más habitual que los inmigrantes se casen con alguien de un país diferente al suyo, abandonando, al menos en parte, sus vínculos históricos. También descubren que, en estos entornos, es más probable que los hijos hablen inglés en casa en lugar de su lengua materna. El uso de inmigrantes puede ser problemático puesto que es probable que sean un grupo no representativo de la sociedad (la gente que emigra, por ejemplo, puede que sea menos adversa al riesgo, etc…). Para corregir por este posible sesgo, los autores estudian el comportamiento de los nativos americanos en Estados Unidos. Este es un grupo útil para su ejercicio, puesto que se trata de una minoría que en pocos años se vio inundada por una cultura radicalmente diferente a la suya. Sin embargo, no emigraron y, por lo tanto, no sufren del sesgo de inmigración. Nunn y Giuliano muestran que las tribus nativas americanas que vivieron en entornos más estables tienen una mayor probabilidad de hablar su lengua hoy en día, es decir, han seguido más sus tradiciones que las tribus que vivieron en entornos más volátiles.

Jesús Fernández-Villaverde y sus coautores escribieron un artículo (ver aquí) con otro ejemplo que muestra que el cambio cultural de una sociedad es posible. En su estudio los autores muestran como las actitudes hacia los homosexuales, mujeres trabajadoras y el sexo pre-matrimonial cambiaron radicalmente des de los años 60. Voy a dejar la discusión de ese trabajo para una próxima entrada si Jesús no se me adelanta…

En resumen, esta entrada intenta argumentar que la cultura y las instituciones de una sociedad están profundamente arraigadas a su pasado. Sin embargo, existen muchos ejemplos de sociedades que han cambiado sus valores y actitudes, a menudo como consecuencia de algún cambio o shock radical (cambio climático, revolución social, etc…). Una explicación de estos resultados es que los niños forman sus preferencias adaptándose a su entorno pero también, en gran medida, imitando las actitudes de sus padres.

Una posible conclusión de todo esto es que tal vez antes de cambiar políticas concretas en una sociedad o en una economía, es necesario entender cómo la gente va a responder a estos cambios – es decir entender la cultura e instituciones de la sociedad- y quizás intentar reformar estas instituciones con políticas de más largo plazo, como, por ejemplo, reformas del sistema educativo. Por ejemplo, en un contexto internacional bastante adverso a la inmigración, la evidencia sugiere que enseñar a los niños la importancia y los beneficios de interactuar con culturas de otros países y el respeto a estas culturas seguramente tendría efectos significativos a medio o largo plazo en como una sociedad acepta a los inmigrantes.

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