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¿Y si el objetivo de inflación del 2% de los Bancos Centrales no fuera tan buena idea?

Casi todos los Bancos Centrales serios del mundo tienen un objetivo de inflación del 2%: la Fed, el BCE, el Banco de Inglaterra, el Banco de Suecia, el Banco de Japón… Y sus políticas si la inflación se dispara es usar todos los instrumentos para reducirla hasta dichos niveles.

Sin embargo este objetivo del 2%, aunque pueda parecer muy científico, realmente no lo es tanto. Y quizá permitir un poco más de inflación ayude a que las medidas de los Bancos Centrales no sean tan perjudiciales para la economía en general.

El origen del objetivo del 2%

El primer Banco Central en poner un objetivo de inflación fue el Banco de Nueva Zelanda a finales de los años 80. Y viendo la historia del objetivo se puede ver que el método no fue muy científico…

La inflación en Nueva Zelanda estaba disparada a más de un 10% (¿no suena de algo?) y en una entrevista el Ministro de Finanzas dijo que iba a hacer una cosa que se comentaba en la literatura especializada pero que no se había hecho hasta ahora: fijar un objetivo de inflación en el Banco Central.

Lo que quizá no estaba planeado era que el entrevistador le preguntara al Ministro que cuál sería ese objetivo. El Ministro contestó que entre el 0 y el 1%.

El nuevo Gobernador del Banco Central se puso manos a la obra y teniendo en cuenta el límite superior que dijo el ministro, que los cálculos de inflación tienen una incertidumbre (que en Nueva Zelanda se estimaban en un 75 puntos básicos) y un poco de margen extra se eligió el objetivo del 2%.

A partir de ahí otros Bancos Centrales establecieron sus objetivos del 2% por imitación. Y como hemos visto no fue algo muy científico. Tener un objetivo está bien, pero el valor concreto debería ser el adecuado para permitir un crecimiento económico sostenible.

Por qué las economías deben tener algo de inflación

La inflación es, en general, mala para la economía. Que los precios suban de forma descontrolada destruye todo a su paso, que se lo digan a países que han visto como sus precios se multiplicaban sin control como Alemania en los años 20 o más recientemente Zimbabwe o Venezuela.

Sin embargo una economía sin inflación tiene un peligro, y es que entre en deflación, que también es muy destructiva. Si los precios bajan de una forma continuada todo es más barato en el futuro, las deudas crecen en términos reales y la inversión se reduce (por qué voy a invertir hoy si mañana es más barato). Lo hemos visto en Japón desde los años 90, con un estancamiento del que no logran salir y lo hemos visto en la última década en occidente, con una situación económica complicada en muchos países.

Un poco de inflación, por tanto, como buffer respecto a la deflación, es por tanto deseable. También un poco de inflación mueve la economía, pues el dinero es invertido para lograr una rentabilidad y eso ayuda al crecimiento económico. También algo de inflación reduce las deudas en términos reales, así que si hay sobreendeudamiento el problema se reduce con el tiempo sin sufrimientos excesivos. Y también algo de inflación premia a los que hacen un uso productivo de la riqueza.

No es la panacea, eso sí, porque todo esto que hemos recalcado como positivo también tiene su lado negativo: la inflación castiga a los más conservadores, aquellos que no se endeudan y que no arriesgan su dinero. Es decir, la inflación premia alguna conducta que no debería ser la correcta.

¿Cuál es el mejor valor objetivo?

Ahora bien, visto que es importante que haya algo de inflación y que el 2% fue elegido de forma arbitraria, ¿cuál debe ser el objetivo de los Bancos Centrales? En esto hay mucho debate, pero ya hay quien dice que un 3% o un 4% son valores más adecuados que el 2%.

El problema del 2% es que está muy cerca del 0%. Y cuando los Bancos Centrales tienen que estimular la economía deben bajar los tipos de interés por debajo de la inflación. Si la inflación está bajo control, en ese objetivo del 2% y llega una crisis, la inflación suele bajar y los Bancos Centrales tienen que reducir los tipos hasta que llegan al 0%. A partir de ahí tienen que empezar a hacer cosas no convencionales, como hemos visto en los últimos 15 años.

Esta trampa, la de los tipos ZIRP (zero interest rate policy), crea problemas. Lo hemos visto en los últimos años, cuando los Bancos Centrales han tenido que recurrir a compras de bonos masivas y a los distintos QE para estimular la economía porque no podían bajar más los tipos.

dinero

También hay otro problema y es el que estamos viviendo ahora. Para bajar la inflación hay que enfriar la economía y llevar la tasa al 2% necesita más «enfriamiento» que llevarla al 4%. Por tanto en episodios de inflación tener un objetivo del 2% en lugar de un 3% o un 4% podría hacer que se perdiera crecimiento económico en el camino.

Si el objetivo de inflación está más alto del 2% los Bancos Centrales tienen más margen para usar sus armas convencionales cuando tienen que estimular la economía y también destruyen menos ante episodios de inflación excesiva. A cambio estamos generando más incentivos perversos a comportamientos no adecuados, pues una tasa de inflación del 3-4% es peor para la gente conservadora que una del 2%.

Ahora no es el momento para tocar los objetivos

Sin embargo, incluso si los expertos se ponen de acuerdo en un objetivo de inflación superior al 2%, ahora mismo no es el momento de cambiar los objetivos. Los Bancos Centrales tienen una herramienta clave para combatir la inflación y es su credibilidad.

Si en mitad de una Guerra contra la inflación los Bancos Centrales cambian el objetivo de inflación, van a perder la credibilidad que tienen y seguramente sus políticas no obtengan resultados. Le pasó a la Fed en los 70% y tuvieron que ampliar el sufrimiento al que sometieron a la economía para que los distintos actores entendieran que iban a mantener los tipos muy altos el tiempo que hiciera falta y entonces y solo entonces empezó a moderarse la inflación.

Por tanto lo primero es ganar la Guerra actual a la inflación. Y una vez se haya reducido al 2% es cuando se puede empezar a hablar de fijar nuevos valores objetivos.

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