Inicio Actualidad 30 millones de toneladas de papel higiénico

30 millones de toneladas de papel higiénico

Es cierto que había visto colas interminables tan absurdas para comprar en 1975 aquellos sellos de la serie “orfebrería española”, pero el pavor que se ha desatado por acaparar papel higiénico en el inicio de esta crisis, es probablemente superior. Cuando las barbas de tu vecino veas pelar, debemos pensar, pon las tuyas a remojar. Observamos que otros llenan sus carros con un producto que, además, destaca por su tamaño, y algo en nuestro interior nos mueve a imitarlos con un comportamiento un tanto gregario. ¿Qué es lo que pretendemos prevenir con ello? Esa es una respuesta que requeriría el consenso de psicólogos y sociólogos. Ellos nos dirían algo así como que nos mueve una obsesión derivada del sentimiento de amenaza, y que con ese comportamiento tratamos de preservar al menos la dignidad. Claro que eso no explicaría por qué damos preferencia a la higiene del cuerpo que vendría tras alimentarnos necesariamente con unos productos por los que, sin embargo, no parecemos preocuparnos tanto.

Antes de emitir un juicio de valor, quizá conviene que analicemos de donde viene este uso y cuáles son sus consecuencias sanitarias y ecológicas. Seguro que no imaginan que el consumo anual en el mundo del papel íntimo o de confort, como también se le llama, se eleva a la exorbitante cifra que da título a este artículo: 30 millones de toneladas. Si se molestan en hacer un cálculo, y dado que son necesarios entre 10 y 15 árboles para fabricar una tonelada de papel; llegamos a la conclusión que habría que talar 400 millones de árboles para cubrir esa demanda. Con ello, tomen nota y reaccionen: estamos eliminando una milésima parte de la foresta del Amazonas tan sólo para tirarlo por el inodoro cada año. Además es notable el problema de los atascos que papel y toallitas húmedas provocan en las cañerías sanitarias, y en la contaminación de los ríos. No parece ni lógico ni ecológico, desde luego. Y todo esto viene sucediendo mientras los proctólogos opinan que es más sano enjuagarse tan sólo con agua.

En realidad el uso del papel para el aseo íntimo se remonta al siglo II, donde se cita al chino Cai Lun como su inventor; aunque hay referencias de utilizar el papel para tal fin desde ocho siglos antes. Las dinastías Yuan y Ming introdujeron mejoras en la textura y el perfumando, extendiendo su uso con carácter general entre la corte imperial china.

En otras partes del mundo donde se desconocía el papel, se usaban hojas de plantas, pequeñas piedras redondeadas, trozos de cerámica, o esponjas sujetas en el extremo de varillas que después lavaban con vinagre. Ya en el siglo XIX se patentó en Estados Unidos el rollo de papel que evolucionó con diferentes texturas y perfumes, hasta los que conocemos actualmente. Aquí en Europa fuimos inicialmente más prácticos y popularizamos el bidé, pero no logramos desterrar la costumbre ancestral del papel sanitario.

Parece claro que no tiene ningún sentido esa obsesión por acaparar rollos de papel, y podríamos aprovechar la situación actual para cambiar nuestros hábitos. No hay ningún papel higiénico que proporcione mejor limpieza que el uso del agua para enjuagar, usando para ello el bidé, la ducheta, o directamente con la mano y el grifo. Claro que la limpieza es fundamental para evitar graves enfermedades que pueden transmitirse con las heces, como las afecciones intestinales, el cólera, la fiebre tifoidea, disentería o diarrea. También el coronavirus que nos ataca hoy, sería un buen ejemplo para animar a esas abluciones de purificación sanitaria.

Es cierto que en muchos lugares y épocas, cuando se carecía de él y para evitar un gasto superfluo, se utilizaba el papel de libros usados y hojas de periódicos. Hoy, cuando el dolor y la tensión por la pandemia hace más necesario que nunca encontrar momentos para la risa, parece conveniente ridiculizar nuestro propio absurdo. Así, algún imaginativo popular llega a mezclar la búsqueda compulsiva del papel higiénico con la crítica política, y para ello nos ofrecen por las redes digitales la imagen del libro “Manual de Resistencia” de Pedro Sánchez, colgado junto al inodoro, como sucedáneo de emergencia con el mismo fin. Sin duda muchos otros libros, probablemente también alguno de los míos, tendrían mejor utilidad en nuestros retretes.