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6.500 inmigrantes muertos: el coste del Mundial de Catar ante el silencio de la sociedad occidental – La Gaceta de la Iberosfera

Decía Stalin que si la muerte de un hombre es una tragedia, la de un millón es solo una estadística. Pero en nuestro tiempo no es solo el número lo que marca la diferencia, ni siquiera la pertenencia de los muertos a tal o cual colectivo, sino la oportunidad ideológica y los intereses que rodeen su muerte.

Por ejemplo: para los medios nacionales, y para miles de vándalos que están incendiando las calles de las principales ciudades de España parece tener un valor extraordinario no ya la vida, sino la libertad de un burguesito de vaga adscripción musical solo conocido por supurar odio y violencia en todas sus manifestaciones y que ha sido regularmente acusado de un delito tipificado en nuestras leyes, un tal Rivadulla. En cambio, la muerte de 6.500 obreros inmigrantes en las obras preparatorias para el Mundial de Catar ni siquiera aparecen el radar mediático. No existen.

Lo ha denunciado el británico The Guardian: 6.500 trabajadores inmigrantes han muerto ya en Catar en los preparativos para el Mundial 2022 de fútbol.

Catar es un curioso país del Golfo Pérsico. Situado sobre un inmenso mar subterráneo de petróleo y gas, tiene la renta per cápita más alta del mundo, 137.162 dólares al año por ciudadano. El truco está en la palabra ‘ciudadano’, porque el país está lleno de inmigrantes de India, Pakistán, Nepal, Bangladesh, Filipinas, Kenia y Sri Lanka que nunca serán ciudadanos cataríes y que, desde luego, disponen de una renta muy por debajo de la cifra mencionada. Son, virtualmente, esclavos asalariados, cuyas vidas no valen nada.

Es lo que se desprende de este hallazgo de The Guardian, a partir de cifras obtenidas de fuentes oficiales que significan que han muerto a la semana una media de 12 inmigrantes procedentes de seis países del Sudeste Asiático desde el momento, en diciembre de 2010, en que Catar obtuvo el honor de albergar el Mundial del próximo año. Datos de la India, Bangladesh, Nepal y Sri Lanka revelan que se produjeron 5.927 muertes de trabajadores inmigrantes entre 2011 y 2020. Por otra parte, datos de la embajada de Pakistán en Doha registran otras 824 muertes de obreros pakistaníes en ese mismo periodo.

El total es aún mayor, porque no se incluyen las muertes de obreros procedentes de otros países como Filipinas o Kenia, y tampoco las muertes que se hayan producido en los últimos meses del año pasado.

A Catar todo esto no parece importarle gran cosa. No es solo que ignore cualquier regulación elemental de seguridad en el trabajo de sus dos millones de trabajadores extranjeros, una población no lejana de los 2,8 millones de ciudadanos cataríes; es que ni siquiera investigan, a toro pasado, la causa de tan alta mortalidad, debida a una plétora de motivos perfectamente evitables. A menudo, ni se realizan autopsias sobre los obreros muertos.

Tampoco es que Catar niegue las cifras. Sencillamente, alega que no es una mala proporción, teniendo en cuenta la cantidad total, y aunque “lamentan” oficialmente estas tragedias, recuerdan que los obreros pueden acceder a una asistencia sanitaria “de calidad”.

El de Catar es el caso de una monstruosa corrupción que la opinión occidental prefiere no ver. Incluso la concesión por parte de la FIFA a Doha de la ocasión de albergar este certamen está teñida de sospechas de prevaricación. En abril del año pasado, el Departamento de Estado de Estados Unidos acusó a Catar de haber sobornado a los responsables de la FIFA para obtener este honor, culminando una investigación que ha llevado años, describiendo detalladamente el proceso fraudulento que llevó a la elección.

Por su parte, la cadena alemana de televisión WDR reveló en junio de 2019 todo tipo de abusos contra los obreros inmigrantes que trabajaban en las obras del complejo deportivo, abusos que responsables de la FIFA admitían conocer.