6 de octubre de 1934: el golpe que acabó en la alcantarilla

Companys, Tarradellas, Xirau y otros representantes de ERC, en octubre de 1934.

Companys, Tarradellas, Xirau y otros representantes de ERC, en octubre de 1934.

Pedro Fernández Barbadillo (Reproducido).- No sólo en España la izquierda se echa a las calles cuando pierde una votación. La izquierda de Estados Unidos está mostrando al mundo su carácter antidemocrático con sus protestas contra el presidente Donald Trump y los partidarios de éste al haber perdido unas elecciones que creía que serían un paseo y les permitirían acelerar en su proyecto de subversión social.

Con la imagen de las hordas de matones enmascarados quemando banderas de EEUU y apaleando a los sospechosos de ser nazis por su corte de pelo, podemos situarnos en 1934 en España, cuando la izquierda, toda la izquierda, se preparaba, con pistolas, dinamita y listas negras, para reconquistar el poder que habían perdido y creían suyo.

En noviembre de 1933, se celebraron las primeras elecciones a Cortes Generales de la Segunda República, una vez que se disolvieron las Cortes Constituyentes. Para sorpresa de la izquierda, la derecha, en la oposición, arrasó. La CEDA de Gil Robles y el partido Radical de Lerroux superaron los 100 escaños cada uno, mientras que el PSOE perdía la mitad y quedaba con menos de 60. En Cataluña, La Lliga de Cambó obtenía dos docenas de actas y Esquerra Republicana de Cataluña (ERC), cuyo caudillo era Lluís Companys, caía a docena y media. El partido de Manuel Azaña quedó con cinco diputados.

Desde el primer momento, toda la izquierda, desde el moderado Manuel Azaña al Lenin español, Francisco Largo Caballero, trató de que el presidente de la República, Niceto Alcalá Zamora, diese un golpe de Estado para impedir la constitución de las nuevas Cortes y el acceso al poder de la CEDA, a la que ya llamaban fascista.

El PSOE trae armas para matar españoles

Proclamación de la Segunda República en Barcelona.

Proclamación de la Segunda República en Barcelona.

Alcalá Zamora se negó, pero vetó la formación de un Gobierno con ministros de la CEDA. El presidente del Gobierno fue el radical y masón Alejandro Lerroux, respaldado por los diputados cedistas. Entonces, la izquierda se pasó a la conspiración: una sublevación armada. El 3 de enero, El Socialista publicó un artículo que era una declaración de guerra y una llamada a sus bases, titulado ¡Atención al disco rojo! En febrero, Claridad, órgano de las Juventudes Socialistas dirigido por Santiago Carrillo, incitaba a los jóvenes a armarse y les señalaba que “el socialismo solamente puede imponerse por la violencia”.

En esos meses, los socialistas y los sindicalistas de UGT hicieron acopio de armas y entrenaban a sus matones en las casas del pueblo. Los registros en éstas y los decomisos de fusiles, pistolas y hasta uniformes robados por la Policía fueron constantes. El diputado Indalecio Prieto, que solía ir armado a las Cortes, fue detenido en septiembre en una playa asturiana mientras esperaba el desembarco de un cargamento de armas del barco Turquesa, armas que él y sus conmilitones habían comprado para matar españoles.

Entre los conspiradores contra el Gobierno legítimo estaba también ERC, cuyo partido controlaba la Generalidad, la única Administración importante en poder de la izquierda y también la única que disponía de fuerzas policiales propias.

Madrid cede a Companys la Guardia Civil

Josep Dencás.

Josep Dencás.

En 1932 las Cortes Constituyentes habían aprobado el estatuto de autonomía catalán, tal como habían acordado los conspiradores y el mismo año se celebraron elecciones, ganadas por ERC. El primer presidente de la Generalidad fue el teniente coronel Francesc Maciá y, desde su fallecimiento en diciembre de 1933, Lluís Companys, abogado que fue de pistoleros anarquistas.

A lo largo de 1934, Companys se coordinó con el resto de la izquierda, con la finalidad de darle la vuelta al resultado electoral: expulsar a la derecha del Gobierno y hacer imposible su regreso al poder, porque la República era de su propiedad. También, como señala Josep Pla (Historia de la Segunda República), “se produce un trasiego de políticos entre Bilbao y Barcelona absolutamente sospechoso”.

Los separatistas no sólo disponían de un cuerpo paramilitar, los llamados escamots, dependiente de Estat Catalá, sino de los Mozos de Escuadra, ya que el Gobierno nacional había cedido a la Generalidad los servicios de orden público, incluso el mando sobre la Guardia Civil. Para procurarse armas, desarmaron a los miembros del Somatén que no eran adictos y además se apoderaron de las que tenían quienes disponían de licencia.

Cuando en septiembre Josep Dencás fue nombrado jefe de la Consejería de Gobernación, se unió a Miquel Badía, al frente de la Comisaría General de Orden Público desde meses antes y ya conocido por hacer torturar a los anarquistas que detenía, para preparar la sublevación.

Por otro lado, Companys buscaba excusas para enfrentarse al Gobierno nacional excediéndose en las competencias estatutarias y empleaba la radio y los periódicos para sembrar odio. El principal motivo fue la Ley de Contratos de Cultivo, aprobada por el Parlamento catalán en marzo de 1934, que el Tribunal de Garantías Constitucionales anuló en junio. En consecuencia, los diputados de ERC abandonaron las Cortes y los del PNV les acompañaron en solidaridad.

La Generalidad, ERC y Estat Catalá estaban preparados para la rebelión, incluso habían elaborado listas negras de gente a la que liquidar, entre las que aparecían algunos catalanistas considerados flojos y habían acaparado balas dum-dum.

Una sublevación muy preparada

Carlos Masquelet Lacaci y Domingo Batet.

Carlos Masquelet Lacaci y Domingo Batet.

La señal para el golpe de izquierdas la dio la reclamación de Gil Robles (1 de octubre de 1934) de que la CEDA tuviera ministros en el Gobierno. El 4 de octubre se anunció la incorporación de tres ministros (en Justicia, Trabajo y Agricultura) al Gobierno de Lerroux y el 5 la izquierda, agrupada en la Alianza Obrera, proclamó la huelga general revolucionaria en España. De las casas del pueblo salieron grupos armados a tomar las fábricas, las casas-cuartel de la Guardia Civil y las sedes del Gobierno. En Cataluña, también se trató de imponer la huelga general con amenazas y sabotajes, tanto por parte de la izquierda como de la Generalidad.

La violencia izquierdista fue más intensa en las provincias industriales (Vizcaya, Guipúzcoa, Madrid y sobre todo Asturias). En la ciudad de Madrid, un comando terrorista trató de apoderarse de la presidencia del Gobierno, pero fue rechazado a tiros.

Pasadas las ocho de la tarde del 6 de octubre, Companys arengó a sus camaradas desde el balcón de la Generalidad con un lenguaje que recuerda al que hoy pronuncian sus sucesores y también las hordas moradas que quieren acabar con el régimen del 78:

¡Catalanes! Las fuerzas monárquicas y fascistas que de un tiempo a esta parte pretenden traicionar a la República, han logrado su objetivo y han asaltado el Poder. Los partidos y los hombres que han hecho públicas manifestaciones contra las menguadas libertades de nuestra tierra, y los núcleos políticos que predican constantemente el odio y la guerra a Cataluña constituyen hoy el soporte de las actuales instituciones.

¡Sólo falta la invocación al franquismo… que entonces no existía, y que quizás nunca hubiera existido de no haber recurrido la izquierda a la violencia golpista!

El general Batet desbarata a los separatistas

Inmediatamente después, Companys habló por teléfono con el general Domingo Batet, que mandaba la IV División Orgánica, con sede en Barcelona, y le ordenó que se pusiera a sus órdenes. Batet, catalán de Tarragona, se negó y después telefoneó a Lerroux, que le autorizó a proclamar el estado de guerra y le mandó reprimir a los sediciosos. El militar disponía de sólo unos 3.000 soldados en una ciudad de más de un millón de habitantes.

Parte de los separatistas se apresuró a ocupar edificios y levantar barricadas, pero un número no despreciable de ellos, vendiendo la piel del oso antes de cazarlo, se entregó a celebrar su victoria con comilonas y borracheras.

A las diez de la noche, un destacamento militar, armado con cañones se presentó en la Plaza de San Jaime. Los mozos de escuadra, cuyo jefe era un oficial español, el comandante Enrique Pérez Farrás, no sólo se mantuvieron al lado de la rebelión, sino que además dispararon a los soldados.

Entonces, las tropas abrieron fuego contra el Palacio de la Generalidad y el Ayuntamiento. Bastó un par de cañonazos para desbaratar el golpe. Los concejales lloraban y algunos orgullosos catalanistas vomitaron del miedo, como se comprobó después.

Otro de los fortines de la resistencia era la Comisaría de Orden Público, en Vía Layetana. Los llamamientos desesperados de Dencás por la radio a los rabassaires para que acudiesen a Barcelona a liberarles fueron desoídos. Toda la organización de ERC y Estat Catalá, con su entrenamiento, sus banderas y sus camiones, no se movió. El miedo les ató las piernas. No es lo mismo insultar en masa a un desdichado que enfrentarse a un enemigo armado. En un momento de desesperación, Dencás llegó a gritar “¡Viva España!”

Batet, en vez de atacarles, sitió a los separatistas rebeldes, y les dejó cocerse en su salsa. Al amanecer, Companys se rindió y se le encarceló en el vapor Uruguay. Dencás y Badía huyeron por las alcantarillas, después de haberse llenado los bolsillos con fajos de billetes. Aparecieron en Francia.

La derrota del movimiento separatista costó 46 muertos.

Una vez derrotado y encarcelado, Companys contó con gran apoyo fuera de Cataluña de lo que se llamaba entonces primates, o sea, gente importante. Y no me refiero a los socialistas o republicanos con los que se había aliado, sino a personalidades de la derecha ‘civilizada’, como el abogado Ángel Ossorio Gallardo, que como gobernador civil de Barcelona a principios de siglo había ordenado reprimir a palos a los catalanistas el 11 de septiembre que se reunían en torno a la estatua de Rafael Casanova.

Entre los detenidos en Barcelona estuvo Manuel Azaña, que llevaba varios días en la ciudad, según sus admiradores “por casualidad”.

Débil represión

A diferencia de la durísima represión realizada por Azaña después de la sanjurjada (agosto de 1932), con el cierre de más de un centenar de publicaciones, la imposición de multas millonarias sin pruebas a sospechosos y la deportación de detenidos a Guinea y al Sáhara (violando la constitución), la hecha por Lerroux destacó por su suavidad. Por ejemplo, Pérez Farrás fue condenado a muerte, junto con otros oficiales traidores a sueldo de la Generalidad, el teniente coronel Ricart y el capitán Escofet, pero todos ellos acabaron indultados. Tampoco se desmanteló el tinglado autonómico ni se depuraron el Somatén y los Mossos.

Como cuenta el periodista Enrique de Angulo (Diez horas de Estat Català), “una semana después, había cambiado el panorama y volvía a renacer un fundado optimismo entre los vencidos”.

La conclusión que podemos sacar del golpismo catalanista es que sólo es posible con compañeros de viaje en Madrid, que lo son por acción o por omisión.

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