“À la ville de… Barcelona”

Hace treinta años el sueño se hizo realidad. A las 13.30 horas del 17 de octubre de 1986, en Lausana, Juan Antonio Samaranch pronunció aquella frase que se hizo historia: “À la ville de… Barcelona”, y la ciudad se convirtió en la sede de los Juegos Olímpicos de 1992. Tres décadas después, más allá del recuerdo, ¿qué queda de aquel anhelo? ¿Qué dejaron los Juegos a los barceloneses?

Pues la verdad es que un proyecto de ciudad, una transformación tal vez de mayor envergadura, más integral, que hitos como el derribo de las murallas (que dio paso al Eixample) o las Exposiciones de 1888 o 1929 (con la apertura de nuevos espacios urbanos). Barcelona miró al mar y eliminó los obstáculos entre los barrios y la costa, dibujó una nueva línea litoral, construyó las rondas, transformó el Poblenou, y recuperó la montaña de Montjuïc, entre otras cosas. No ha habido desde entonces otra concepción tan completa para la ciudad, que además consiguió un objetivo trascendente: poner a Barcelona en el mapa de las ciudades más importantes del planeta, como Nueva York, París o Londres.

La historia y la hemeroteca cuenta que Barcelona había pensado en optar a organizar unos Juegos Olímpicos en cinco ocasiones, aunque en dos de las fechas el mundo no estaba interesado en el deporte, sino en matarse. Una fue en 1936, cuando empezó nuestra Guerra Civil, y otra en 1940, cuando Hitler paseaba la esvástica por Europa.

Chiringuitos.Los restaurantes en los que se podía comer en la arena de la Barceloneta
Chiringuitos.Los restaurantes en los que se podía comer en la arena de la Barceloneta (Patricio Simón)

El 3 de abril de 1979 se celebraron en España las primeras elecciones municipales de la moderna democracia. En la capital de Catalunya vencieron los socialistas y Narcís Serra fue elegido alcalde. Barcelona ya era una ciudad fascinante, pero el equipo que accedió al gobierno municipal se encontró con un urbanismo caótico, con barrios suburbiales y barraquismo, y unas finanzas en dificultades. La ciudad necesitaba un nuevo proyecto común y una ilusión. A los dos años, el 30 de junio de 1981, Serra llevó al pleno del Consistorio una propuesta: pedir al Comité Olímpico Internacional (COI) ser la sede de los Juegos Olímpicos de 1992.

Y entonces empezó todo. Se armó un proyecto, se implicó a las autoridades y a la ciudadanía y así se llegó a Lausana, a exponer lo que ofrecía Barcelona al COI. Aquel mes de octubre de 1986, otras cinco ciudades aspiraban a los Juegos: París, Belgrado, Brisbane, Birmingham y Amsterdam. Se necesitaron tres votaciones para la designación, y en la última, la de los finalistas, Barcelona logró 47 votos frente a los 29 de París. Y fue entonces cuando, a las 13.30 horas, Juan Antonio Samaranch compareció públicamente y anunció que la organización de los Juegos Olímpicos de 1992 se habían concedido “à la ville de Barcelona”.

Resulta difícil recordar otro estallido espontaneo de euforia ciudadana. Bastaría preguntar a los barceloneses si recuerdan dónde estaban en aquel momento, y habría pocas respuestas negativas: el instante se conserva en la memoria personal y colectiva. La gente se congregó en la plaza Catalunya y la Rambla para celebrarlo, para iniciar una fiesta popular que se prolongó hasta la madrugada en la avenida Reina Cristina, en Montjuïc.

Vías del tren.La línea más antigua de España cambió su recorrido para dejar de separar a la ciudad del mar
Vías del tren.La línea más antigua de España cambió su recorrido para dejar de separar a la ciudad del mar (Autor Genérico)

Al conocerse la noticia, La Vanguardia puso en los quioscos una edición especial de 16 páginas, que se agotó en una hora. El título de la portada era “Barcelona, sí”.

La representación que había acudido a Lausana se unió a la fiesta en Montjuïc por la noche, y ante los miles de ciudadanos reunidos, el alcalde Pasqual Maragall dijo: “Lo que es bueno para Barcelona es bueno para Catalunya; lo que es bueno para Catalunya, es bueno para España. Visca Barcelona”. Unas palabras que parece imposible que ahora se pudieran pronunciar, pero eran fruto de un momento en que Ayuntamiento, Generalitat y el Gobierno de la nación empujaban al unísono, tenían como objetivo común el éxito de los Juegos.

Al día siguiente, el 18, La Vanguardia tituló en su portada “Barcelona ya vive su sueño olímpico”, y el editorial aseguraba que “ha nacido una generación”, la del 92. El diario dedicó treinta páginas a informar de la jornada, de los precedentes, de lo que se iba a hacer y otras dos a glosar las aspiraciones de Barcelona, que iban firmadas por el cronista municipal recientemente fallecido Lluís Sierra.

Los anales cuentan que los juegos se celebraron del 25 de julio al 9 de agosto de 1992; que participaron 9.364 atletas de 169 países y que España se llevó 22 medallas, trece de ellas de oro. Pero para la ciudad hay un balance aún más trascendente que el deportivo. Los Juegos Olímpicos supusieron la oportunidad de transformar Barcelona, y llevarlo a cabo de manera que los cambios fueran permanentes, no creando infraestructuras que caerían en el desuso y se convertirían en ruinas en poco tiempo.

Se recuperó un proyecto del alcalde Porcioles y se construyeron las rondas, que alteraron la vialidad de la ciudad. Y el Poblenou se transformó para albergar la Villa Olímpica, manteniendo el ideal de Cerdà para su Eixample. Viejas fábricas cambiaron su ubicación para dar vía libre a la nueva planta. Y se recuperó el uso ciudadano de Montjuïc, que albergó la mayoría de instalaciones olímpicas.

Hotel Vela.Uno de los nuevos hoteles que crean el perfil de la ciudad
Hotel Vela.Uno de los nuevos hoteles que crean el perfil de la ciudad (David Airob)

Pero lo más espectacular fue la apertura al mar. Los Juegos supusieron que el Eixample llegara al Mediterráneo por la calle Marina. La línea de costa se transfiguró completamente. Para empezar, el mayor obstáculo que existía se eliminó. La línea de ferrocarril más antigua de España era una cicatriz en el trazado urbano y separaba los barrios del litoral. Pues bien, se cambió el recorrido y se salvó el inconveniente, enterrando para siempre esta frontera. Fruto de esto y de otras intervenciones, Barcelona dispone hoy de una kilométrica y espectacular sucesión de playas.

En aquel tránsito de la vieja urbe a la ciudad olímpica desaparecieron lugares que eran evocadores, y otros que eran vergonzosos. Por ejemplo, se acabaron las chabolas y desaparecieron los últimos núcleos de barracas, arremolinados en torno a Montjuïc. Y también se fueron para no volver los chiringuitos de la Barceloneta, El Salmonete o El Gato Negro, donde se comía paella hasta la madrugada con los pies en la arena; un rincón medio canalla, medio pijo, caótico y bullanguero propio de una capital mediterránea.

El legado de Barcelona’92 no es sólo urbanístico, es también moral: supuso la recuperación del orgullo de ser barcelonés, que continuó después como seña de identidad. La ciudad se colocó en la lista de las ciudades que más interés despertaban, y ahí está el crecimiento exponencial que ha experimentado el turismo desde entonces (como puede comprobarse en el gráfico adjunto) o la incesante aparición de hoteles, desde los más modestos hasta los de gran lujo.

Otra cuestión es qué ha sido de las instalaciones olímpicas. Curiosamente, tanto como el deporte, muchas han tenido como huésped la música, que les ha dado vida. Los conciertos
colaboran a mantener en activo, por ejemplo, el Palau Sant Jordi; y lo mismo pasó al principio con el Estadi Olímpic. Esta siempre ha sido la infraestructura más preocupante. Los que tienen una edad recuerdan como antes del 92 sus pistas estaban maltrechas y las hierbas colonizaban sus graderíos. Al concluir las competiciones existió la inquietud sobre qué sería de él. Durante unos años la solución fue el RCD Espanyol, pero el club y el Ayuntamiento nunca se entendieron. Ahora es el centro de una iniciativa privada, el Open Camp, que le insufla alma mediante actividades lúdicas y deportivas. Los responsables de la iniciativa dicen estar satisfechos de la acogida del público, cuando cumplen un año de vida. En cuanto al Velòdrom d’Horta, es el punto para la promoción del ciclismo.

El tranvía reapareció en las calles de la ciudad y aún sueña con recorrer toda la Diagonal
El tranvía reapareció en las calles de la ciudad y aún sueña con recorrer toda la Diagonal (David Airob)

Es cierto que tras los juegos se produjo una depresión, como lo es que tras aquel sueño no se ha puesto sobre el tapete otro plan global para la ciudad, otro proyecto común. Después ha habido actuaciones, pero puntuales y con suerte diversa. Nació el 22@ con vocación de barrio tecnológico. Se impulsó el Fòrum como finalización de la línea de costa y otro empujón para activar la ciudad, pero la zona ha tenido una aceptación dispar y no pocas críticas. En el perfil urbano crecieron edificios que ahora son emblemáticos, como la torre Agbar o el hotel Vela. También se reordenó un tramo de la Diagonal que ya se quiere rehacer; unas obras sometidas a una consulta que le costó la alcaldía a Jordi Hereu y que llevó a cabo su sucesor, Xavier Trias, sin votaciones. Y se apuntó un renacimiento del Paral·lel y del Poble Sec de la mano del nuevo Molino, pero esta tarea está a medias, queda pendiente.

Han pasado treinta años desde que Barcelona consiguió el sueño que alumbró la ciudad de Los Manolos, de Mercury y Caballé y del dream team. Juan Antonio Samaranch dejó el COI en el 2001 y falleció el 21 de abril del 2010. El actual Ayuntamiento reniega de él aludiendo a su pasado franquista, como si no formara parte de su biografía su papel fundamental en la consecución de los JJ.OO para Barcelona. Narcís Serra abandonó la alcaldía en 1982 para ser ministro de Defensa y vicepresidente del Gobierno, y luego presidente de Caixa Catalunya. Y Pasqual Maragall, aquel alcalde eufórico que saltaba en Montjuïc al ser olímpico, dimitió en 1997, y del 2003 al 2006 fue presidente de la Generalitat.

La más cruel paradoja del legado de los Juegos Olímpicos es que Pasqual Ma-ragall sufre una enfermedad que le borra los recuerdos. La cuestión es que los demás no perdamos en la memoria a quienes hicieron posible aquel sueño del que aún disfrutamos hoy, y del cual ha sido la herencia que nos dejó Barcelona’92.