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Acertar con el diagnóstico, por Jordi Amat

Hace unas semanas Francesc-Marc Álvaro comentaba aquí el ensayo Catalunya contra Castella del lingüista austriaco Anton Sieberer. El original se publicó en Viena durante los primeros meses de nuestra Guerra Civil. Ahora se ha traducido al catalán. Lo edita Pòrtic prologado por Joan Esculies. A mediados de los treinta, después de algunas lecturas y muchas conversaciones, Sieberer identificó con sagacidad la matriz del catalanismo. “Si sobrevolem mentalment la seva història centenària, ens adonarem que, per una banda, va començar en una època de ràpid creixement de la prosperitat industrial i, per l’altra, amb la renaixença literària i artística”. De esta confluencia entre poder económico y cultural nació un entramado político con capacidad de cuestionar la distribución vertical del poder tal como la había pautado la Restauración y que al mismo tiempo tuvo fuerza suficiente para que Barcelona asumiera su papel como capital de los catalanes y dejara así de ser provincia. “El catalanisme, que converteix Catalunya en el seu propi sistema solar espiritual –un organisme tancat en si mateix que deixa d’estar pendent de Madrid–, facilita d’aquesta manera possibilitats de treball i de celebritat a molts esperits creatius del país. Barcelona ha esdevingut un sol com Madrid i ha deixat de girar a l’entorn de l’altre sol”.

Para seguir con esta imagen de Sieberer, pero usándola para tratar de iluminar el presente: ¿Barcelona es hoy aún ese sol? Cada vez parece más claro que va dejando de serlo. Digámoslo con el Juliana espectral del domingo: “En Barcelona empieza a discutirse angustiosamente sobre el riesgo de convertirse en el Detroit del turismo urbano”. O digámoslo con el realista Casajoana del lunes: “Barcelona ha seguido siendo una ciudad de gran empuje económico, pero ha perdido peso dentro de España y hoy es una especie de València con más volumen, pero con la que ya no es preciso contar a la hora de tomar las decisiones de más calado”. Ahora que sin visitantes la ciudad hija del 92 parece sobrevivir en coma, se demuestra que la controversia política más relevante de los últimos tiempos era esta. Y no es que no se hubiera hecho un diagnóstico en parte acertado, sino que ahora se constata que el tratamiento administrado para resolver esta deriva ha sido equivocado. Y no solo equivocado. Paradójicamente los efectos del tratamiento han reforzado lo que quería impedirse: una dinámica de provincianización que, en el contexto de la globalización, residualiza el potencial de Catalunya en el mundo.

La angustiante situación presente exige no perder tiempo y acertar a la hora de concentrar las energías

Decía que el diagnóstico era en parte acertado –el “Madrid se va”–, pero lo era en el 2001 y después no se ha sabido adaptar a los cambios que se estaban produciendo. Esta incapacidad para actualizar el diagnóstico me parece una demostración perfecta de pereza intelectual. No se ha sabido interpretar hacia dónde se iba Madrid porque se presuponía que su evolución encajaba con una determinada idea de la función del Estado más propia del siglo XIX que de nuestros tiempos. Y no. Tal vez podíamos mantenerla mientras aquí estirábamos el chicle de la Barcelona guapa, pero ahora ya no. El informe que yo mismo comentaba el domingo – Madrid: capitalidad, economía del conocimiento y competencia fiscal – concluye que, en todo caso, la política ha sido desleal con el conjunto creando las condiciones para que Madrid se convirtiera en un polo de la globalización económica, pero lo sustancial es otra cosa: la capacidad de atracción de dinero y de captación de inteligencia de todo el país (un día intentaré describir el perfil de catalanes altamente cualificados que se han marchado allí) y una centralidad creciente de grandes empresas mientras aquí las íbamos perdiendo (y solo faltó la estampida autoinducida del cambio de sedes fiscales de octubre del 2017).

Como las herramientas de interpretación de la dinámica del poder se oxidaron, el tratamiento para revertir la provincianización solo podía ser anacrónico: ceder y/o transferir a las instituciones de autogobierno lo que aquí, como en cualquier democracia liberal, debía liderar una burguesía consciente de su papel en sintonía con una sociedad civil ambiciosa y con el afán compartido de construir prosperidad. Claro que hay ejemplos de éxito privado y de la relación de lo público con lo privado (el paradigma: el supercomputador) y ojalá hubiera muchos más, pero desde hace quince años las máximas energías del país se han ido malgastando. Se concentraron primero en sacar adelante una reforma fallida del ordenamiento constitucional. Después intentando una ruptura que, a efectos prácticos, solo nos ha hecho recular hasta llegar al paroxismo de haber tenido un presidente de la Generalitat que defiende como acción política ir contra la autonomía para hacernos libres. Parece difícil caer más bajo. Pero precisamente la angustiante situación presente –política, económica y social– exige no perder más tiempo y acertar a la hora de concentrar las energías para saber reanudar lo que fundó el catalanismo: atender a las palpitaciones, industriales y culturales, del tiempo para que Barcelona vuelva a iluminar. Nuestra hoja de ruta, ahora, la ha trazado Ursula von der Leyen.