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‘Acqua alta’ en Barcelona

Hace cuatro años, este diario les titulaba de la misma manera en referencia a los peligros del monocultivo del turismo en Barcelona. Ahora la cosa es literal, es decir, que nos podemos parecer a Venecia no solo en cuanto a la explotación de la ciudad, sino también por la presencia masiva de agua en las calles. Ha sucedido este martes pero pasó lo mismo hace poco más de un mes. La pregunta viene al caso: ¿Lluvia excepcional o hay algo que no va bien?

Dicen las autoridades que las precipitaciones han sido extraordinarias. Y que esa es la única razón. Agua cayendo en forma de cascadas por la escalinata del Palau de Montjuïc, el Paral·lel convertido en una gigantesca piscina, el Poble Sec en formato tobogán acuático o las tapas de alcantarilla saltando en Travessera de les Corts o en Badal. Un día de perros; en mayúsculas. También se han visto afectadas cuatro líneas de metro, la Ronda Litoral y el funicular de Montjuïc. Incluso los políticos se han achicado ante el temporal, cancelando un  de actos públicos previstos para la mañana. “Dudo mucho que fueran a venir andando”, bromea uno de los convocados a uno de esos eventos.

Cristina Vila es la directora general de Barcelona Cicle de l’Aigua, la empresa que desde el 2014 se dedica precisamente a eso, a gestionar todo lo que tenga que ver con el agua en la capital catalana: fuentes, lagos, playas, limpieza, alcantarillado o riego. Recuerda que han caído hasta 80 litros por metro cuadrado en algunas zonas y que se trata de una “situación excepcional”. Sobre el Paral·lel, donde se han avistado contenedores navegando por la calzada, bicicletas cubiertas hasta el cuadro y cochecitos con el culo del niño flotando, considera que la reciente reforma urbanística no tiene nada que ver con las recientes inundaciones, hasta tres en los últimos dos meses. En su opinión, está pasando todo lo contrario, ya que se aprovechó para iniciar la obra de un nuevo colector que está a medio terminar. Cuando esté listo, admite, la cosa podría mejorar sustancialmente. El problema es que ahora, con aquello a medio acabar, se produce “un cierto cuello de botella” que no traga todo lo que baja, sobre todo, por la calle de Urgell y la ronda de Sant Pau, amén de las riadas que caen de la montaña de Montjuïc serpenteando por el Poble Sec.

Cuatro años tarde

De ese colector ya se hablaba en junio del 2013. En un alarde de optimismo, guiado por las fuentes municipales, este diario titulaba que el consistorio acababa de aprobar “un nuevo colector que evitará inundaciones en el Poble Sec y en Ciutat Vella“. Las obras, simultáneas a la reforma del Paral·lel, costarían 21 millones de euros. El trabajo, eso se dijo entonces, debía durar dos años y medio, hasta finales del 2015, con Ada Colau todavía colgando cuadros en su nuevo despacho de alcaldesa. El proyecto ejecutivo aprobado por la comisión de Hábitat Urbano, la cartera que entonces comandaba Antoni Vives, dividía el plan en tres fases. La primera era la de Paral·lel (ocho meses y 5,8 millones, ya ejecutada). La segunda es la de la calle de Vilà i Vilà (16 meses y 5,6 millones, ahora están en ello, concreta Vila). La última etapa afecta esa misma calle entre Palaudàries y Bella Dorita (otros 16 meses y 9,6 millones, todavía por empezar). Todo eso, era la idea, debía hacerse en paralelo a la mejora del Paral·lel. Pero en el mejor de los casos, la cinta podrá cortarse con cuatro años de retraso. 

Barcelona dispone a día de hoy de 15 depósitos para almacenar agua de lluvia. Han costado 94,4 millones de euros y son capaces de tragar hasta 477.000 metros cúbicos de agua. Según Vila, y a pesar de los efectos del aguacero matinal, la ciudad está preparada. Pero eso no quita que todavía quede trabajo por hacer. A principios de los años 90, en plena fiebre olímpica, surgió la inquietud sobre la capacidad de drenaje de la capital catalana. La mala gestión del alcantarillado y el déficit de infraestructuras generaban inundaciones, alteraban la vida vecinal y dejaban perdidas las playas, que eran el nuevo diamante local en bruto. Se empezaron a perforar depósitos, que podían ser antiinundaciones (almacenar la lluvia que los colectores no pueden transportar para evitar que broten a la superficie) o anticontaminación (los menos, de tamaño más reducido y pensados para evitar vertidos de aguas residuales).

Calentamiento global

La máxima responsable del agua en Barcelona advierte sobre la revuelta que trae bajo el brazo el cambio climático. Como las lluvias torrenciales que han caído en las últimas semanas. Esto hace saltar por los aires cualquier previsión que se incluya en el denominado periodo de retorno, el plazo sobre el que se prevé que pueda suceder un episodio que supere la capacidad de la infraestructura. En el caso de los depósitos es de 10 años. Se ha salido de madre dos veces en un mes, así que algo habrá de cierto en los efectos que el calentamiento del planeta puede tener en el mundo. Y concretamente, en nuestra ciudad. Para tratar de combatir a las fuerzas del universo, el consistorio tiene previsto construir más depósitos, sobre todo en el litoral, y de gran capacidad. Como el del Bogatell, de 96.000 metros cúbicos; el de la Ciutadella, de 60.000, o Bac de Roda, con otros 80.000 metros cúbicos. En total, en la ciudad y su entorno están previstos una quincena de nuevos e inmensos recipientes de agua. Suman entre todos cerca de 622.600 metros cúbicos, esto es, más del doble que la capacidad actual, lo que situaría Barcelona y su perímetro por encima del millón de metros cúbicos de tragaderas de agua.

Si atendemos a la estrategia catalana de adaptación al cambio climático, uno de los muchas medidas previstas reza así: “Consideración de las condiciones futuras potenciales bajo el cambio climático en el diseño de las nuevas infraestructuras y las asunciones sobre la probabilidad, la frecuencia o la magnitud de acontecimientos extremos”. “La estadística se va actualizando“, aporta Vila, que admite que el periodo de retorno deberá revisarse ante las últimas trombas. “Debemos conseguir que la ciudad sea más blanda y más resiliente ante el cambio climático”. El agua, por cierto, termina en un 65% en la depuradora del Besòs y en un 35%, en la de El Prat.

Sobre el metro, un portavoz de TMB recuerda que algunos de los túneles tienen más de 90 años. De ahí que ciertas galerías, como ha sucedido en Badal y entre Santa Eulàlia y Torrassa, hayan quedado anegadas. No sucede lo mismo con las líneas más nuevas, la 9 y la 10. Es lo que tiene la tecnología.