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Ahora Manuela

La Gran Vía madrileña inspiró un musical zarzuelero que pasó a la posteridad con sus números inolvidables, como el del Caballero de Gracia o Los Tres Ratas, evocadores de las calles del viejo Madrid que se rompían para dar paso a la ancha avenida cosmopolita de una capital modernista. Los más famosos arquitectos plantaron colosales edificios según las modas de cada época. Edificaciones “pompier” que acumulaban ornamentos entre neoclásicos o barrocos. Palacios para la edad de oro del cine y para los teatros musicales. Vanguardias de entonces, con Telefónica o el edificio Capítol de Feduchi que tantos escenarios ofrecieron a los cineastas españoles. Aquí se instalarían las primeras emisoras de radio y se vocearían los plurales diarios cuando la prensa de papel avanzaba las noticias más recientes. Aquí se hacía propaganda política y nuevo comercio. Los primeros escaparates de Loewe, los primeros grandes almacenes de Sepu y los bares, como el de Perico Chicote, el de “un agasajo postinero con la crema de la intelectualidad”. Era la esencia del Madrid, Madrid, Madrid, en el que se soñaba desde Méjico. El pavimento sobre el que marcaron el paso las Brigadas Internacionales y por donde rebotaban proyectiles de los cañones nacionales.

Antonio López pintó el cuadro más emblemático del hiperrealismo español con la Gran Vía vacía como una arqueología bellamente iluminada. Cientos de artistas lo imitaron y no hay paisajista urbano que no intente identificarse con Madrid interpretándola. Se la puede recordar llena de taxis desvencijados o abarrotada de los seats de la motorización del desarrollo. Fue obra de diversas situaciones políticas que conservaron un sentido constructivo de continuidad y se iban inaugurando sucesivos tramos con Monarquía, República y dictaduras como una demostración del empuje de un pueblo por encima de las formas del Estadio. Consiguió conectar los grandes iconos entre la Cibeles de Alcalá y el Don Quijote de la Plaza de España y borró el antes y después de una Guerra Civil. Por ella sonaron los decibelios de la propaganda política cuando no había internet llamando a un referéndum constitucional que ya ha cumplido más de cuarenta años.

Un político de “chichi-nabo” comentó estúpidamente que un video conmemorativo de aquella Constitución en el que se hablaban amigablemente dos ancianos excombatientes de la Batalla del Ebro era como poner a charlar a un oficial de las S.S. de un campo de concentración con un judío. Se nota que este estúpido es demasiado joven para haber visto en la Gran Vía la mayor concentración popular que se recuerda aclamando el paso de Eisenhower, el presidente que fue generalísimo de los ejércitos aliados que vencieron al totalitarismo nacionalsocialista en un coche descubierto con Franco, jefe del Estado que fue generalísimo de los ejércitos vencedores del totalitarismo comunista. Por cierto, este general fue declarado benemérito por los judíos salvados con pasaportes españoles. Aquí no hubo nazis y judíos sino valerosos excombatientes ocasionalmente divididos en dos bandos radicalmente enfrentados por el venenoso frentismo de la nefasta República. Era difícil distinguir, en aquel inolvidable clamor popular, si unos aclamaban la reconstrucción y la paz que había hecho posible llegar hasta aquel momento o si otros pedían que se acelerase la marcha hacia la homologación democrática que haría factible una buena renta por ciudadano medio y una economía de progreso de décima potencia económica dcl mundo.

Esa Gran Vía, arteria vital que ha hecho posible el flujo entre el viejo corazón madrileño y la indefinida prolongación de la Castellana, se está convirtiendo en una variz en la circulación de la capital gracias a una alcaldesa llamada Manuela Carmena. La alcaldesa tiene suficientes años para recordar aquellos ecos o, pocos años después, haber visto a los estudiantes con una corona funeraria que abarrotábamos la calzada tras la famosa esquela “José Ortega y Gasset. Filósofo liberal español”. Más tarde, los megáfonos de su partido preferido legalizado publicitando la candidatura en que figuraban Dolores, Carrillo y Rafael Alberti. Eso sí que era reconciliación sin esperar cuarenta y pico de años más para que nos enseñen a los viejecitos de la Batalla del Ebro. Aquella voluntaria reconciliación la facilitaron unas Cortes Españolas que hicieron una Ley para la Reforma política y no un “harakiri” como repiten por rutina o malicia muchos informadores, con la cual se pudieron elegir unas Cortes Generales capaces para legitimar la vigente Constitución de todos. Tanta memoria histórica no le ha impedido convertir esa vía monumental, Alfonsina, Primo Riverista, Azañista, Franquista y Juan Carlista en un zoco impresentable tapizado de manteros africanos esclavos de un mercado mafioso de burdas falsificaciones. Un basurero por donde deambula una vacilante y antaño respetada Policía Municipal falta del respaldo político indispensable para ejercer con autoridad sus funciones.

Esta alcaldesa con esta emblemática muestra de improvisación incompetente, pretende presentarse a la reelección sin compromisos de partido, con una lista de “los mejores”, seleccionados según su personal criterio, para lo que no se necesitan primarias sino “participatarias” según el ridículo neologismo inventado por doña Manuela. Da la impresión que, arrepentida del ‘Ahora Madrid‘ va a presentar un ‘Ahora Manuela’ se supone que para corregir los destrozos cometidos en su primer mandato. No hace falta explicar al vecindario por qué no debe votar nunca a esta candidata. Basta acercarse a la Gran Vía para ver cómo está convirtiendo la famosa avenida en La calle ancha de la señora Manuela.