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Algunos mitos de nuestro tiempo – La Gaceta de la Iberosfera

Sabemos que la sociedad humana se alimenta de realidades, pero, también, de mitos, quimeras, ilusiones.  En la vida corriente de cada individuo se mantienen coexistentes esos dos planos.

Un mito muy extendido, hoy, es el de la globalización. Equivale al viejo sueño de acabar con las fronteras nacionales, camino de un idílico Estado planetario. No hay que decir lo lejos que andamos de lograr tal sueño. Hasta la I Guerra Mundial sí se puede decir que no eran necesarios los pasaportes para viajar de un país a otro. Naturalmente, la condición era contar con el dinero suficiente, a ser posible, en libras esterlinas. Hoy, no bastan los dólares o cualquier otra moneda fuerte. Para atravesar las fronteras (fuera de los casos de refugiados o ilegales) se necesita, no ya, pasaportes, sino visados y todo tipo de papeles oficiales. La actual pandemia del virus chino ha significado una cerrazón más de los controles oficiales para moverse de un país a otro. A pesar de las reiteradas declaraciones en pro de la libertad de comercio, el hecho de atravesar una frontera para las mercancías significa tener que pagar los impuestos correspondientes, que no son livianos.

Desde luego, en los países ricos, el indicador de la violencia privada (no bélica) no tiene trazas de menguar

Un mito muy gratificador es el de la economía digital. Parece como si la “digitalización” de la actividad productiva, consumidora o de ocio, fuera una especie de llave maestra, que abriera todas las puertas y allanara todas las dificultades. Mas, la realidad nos dice que, con la actividad “digitalizada”, sigue habiendo desigualdades insufribles, paro, ineficacia productiva; todo eso en cantidades crecientes. Es más, da la impresión de que tal proceso modernizador, lo que, realmente, aumenta y se amplía es la burocracia parasitaria, pública y privada. Desde luego, las crisis económicas no son cosa del pasado. Se ha probado que el desarrollo económico (ahora, “resiliencia”) no significa, como se creía, costes decrecientes en los productos industriales o de servicios. Los coches eléctricos no son más baratos que los de combustión; puede que, a la larga, contaminen más de forma indirecta. Estamos viendo que, en España, la factura de la electricidad no deja de subir.

Por lo menos, dentro de la civilización occidental y democrática, se asegura un orden social más tranquilo. Estamos ante otro mito, pues es a costa de una expansión desmesurada de las fuerzas de la Policía (funcionarios de uniforme), diversificadas, hoy, en múltiples cuerpos y organizaciones. Desde luego, en los países ricos, el indicador de la violencia privada (no bélica) no tiene trazas de menguar. Es evidente que, en diferentes naciones, se recrudece el poder ilegítimo de las “mafias”, ya, como un genérico. Se alimenta, principalmente, del tráfico de drogas alucinógenas, el gran negocio de nuestra época. No hace ascos al tráfico de inmigrantes ilegales, el equivalente hodierno de la trata de negros.

Visto de otra manera, el Estado de bienestar, se llame como se llame, resulta demasiado oneroso para el contribuyente

El mito más reciente es el de la inmunidad de rebaño (tendría que decirse “gregaria”). Se aplica a la pandemia del virus chino, que la gente llama “el cóvid”). Se proclamó que, con el 70% de la población vacunada, la pandemia se terminaría. No ha sido así, pero, el mito tranquiliza mucho. Es más, siempre se puede corregir con el añadido de que el tope era el 80%.

Nos queda el mito actual por excelencia: la confianza en el Estado de bienestar. Es el remedio mágico para atender las demandas de las personas más necesitadas o vulnerables con recursos públicos. Es claro que hay, aquí, un avance real respecto a épocas pasadas. Sin embargo, ello es a costa de un desembolso creciente y desmesurado del gasto público, esto es, de los impuestos y de la deuda colectiva. Esa es la verdadera realidad, que se impone en todo el mundo; desde luego, en España. Visto de otra manera, el Estado de bienestar, se llame como se llame, resulta demasiado oneroso para el contribuyente. No hay más que ver el inmenso coste de atender a los millones de refugiados, desplazados y emigrantes ilegales; pululan, desarrapados, por medio mundo. Resulta imposible satisfacer esa demanda colectiva, tan creciente y descontrolada. Pero, el mito del Estado de bienestar sigue funcionando, que es de lo que se trata.

El hecho de que los mitos “buenistas” sean superados por las tristes realidades no significa que sea contraproducente la expresión colectiva de los deseos.  Antes bien, los mitos cumplen la estupenda misión de dar un sentido y una esperanza a la vida colectiva. Hay, pues, que mantenerlos. Otra cosa es que haya que pagarlos. Esa es la recurrente “crisis”, que redime, taumatúrgicamente, todas las culpas.


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