Amar (**): Pinceladas de talento

El terreno, resbaladizo, se recorre con ayuda de un buen puñado de veteranos, quizá infrautilizados, y unas acertadas noveles, sobre todo

Con una nominación al Oscar en la mochila, es imposible vestirse de largo sin llamar la atención. Esteban Crespo no rehúye el riesgo y antes de plantar su título en pantalla –nada menos que «Amar»– somete a sus jóvenes debutantes a una situación de tensión sexual bastante resuelta. Y nada grosera, que no se asuste nadie.

El género es tan difícil como vivir esos años. Es un amor de barrio, inmaduro, que afixia a una parte y ahoga a la otra. El terreno, resbaladizo, se recorre con ayuda de un buen puñado de veteranos, quizá infrautilizados, y unas acertadas noveles, sobre todo.

A Crespo hay que aplaudirle la voluntad de estilo, su dirección de actores y un esfuerzo permanente por trascender lo obvio. En sus retazos de talento se observan incluso mensajes más sutiles, símbolos e imágenes que permiten vislumbrar a un autor con futuro. El tic tac de su cámara pinta relojes duros, antidalinianos, que refuerzan la idea permanente de fugacidad. Decía Billy Wilder que nadie mejor que los dramaturgos, que traen de serie la estructura, para escribir guiones. Por ahí se quiebra un tanto «Amar». Y porque nos quiere contar cosas que muchos no quieren saber, en una historia romántica poco complaciente incluso en sus instantes de pasión.

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