Análisis | Merkel y los 20 de Hamburgo

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En la ge-veintizada Hamburgo casi se palpa una incómoda sensación de telón de acero entre Washington y Bruselas. Y no son solo tarifas a la importación del acero, o el Buy American: son dos formas de entender el mundo, incompatibles entre sí. Trump no quiere enterarse del hilo que une enclaves como Pittsburgh —falso icono del trumpismo: allí gobierna un Demócrata—, Paris, o Hamburgo. Fue en Pittsburgh en 2009 donde se pretendió acabar con la anarquía financiera y fijar una coordinación económica a gran escala. No se ha cumplido; pero ha crecido la demanda de mucho más. Desde 2009 hasta hoy, el G-20 se ha desbordado a otros temas igualmente importantes: el cambio climático, los flujos migratorios o la seguridad.

Hamburgo es un laboratorio de pruebas para la Unión Europea, una oportunidad para unirse, y además en terreno alemán. El Brexit, Trump o el alboroto callejero son solo otro asalto más de una guerra muy larga. Tanto Macron como Merkel tienen claro a estas alturas que EEUU no va a liderar el tan cacareado Occidente. Pero el anti-trumpismo no le basta a Europa si se queda en un mero acto reflejo. El día después de la cumbre, Europa se las va a tener que ver consigo misma.

En comercio: hace una década lo que negociaba la Comisión era sólo eso, pero ahora es mucho más: está en juego una gobernanza global. Y la Unión Europea, presente en Hamburgo, tiene toda la capacidad de defender un mayor equilibrio del poder económico transnacional y del poder político; de elevar el listón ambiental y laboral, o de establecer compensaciones para los perdedores. Europa no puede permitirse dar pasos en falso: con Chile, México o Mercosur. Más aún, algunos como Macron miran por el retrovisor: falta reciprocidad por parte estadounidense o china. En el cambio climático: los compromisos de París van hacia delante. El tratado es innegociable. China no se descuelga. Magníficas noticias. En los éxodos migratorios: Merkel se ha dado cuenta de que, de los 20, Alemania es quizá la que más necesita invertir en desarrollo fuera de Europa, y así evitar nuevas crisis. A Merkel, la crisis migratoria y el millón de refugiados en suelo alemán le originó más problemas internos que todas las crisis del euro juntas. De ahí la apuesta visionaria por África que ha lanzado a los 20.

Después de las elecciones de septiembre, la canciller podría acumular un poder inmenso para impulsar todo esto. Pero tendría que empezar por cambiar su política económica, para hacer despegar el crecimiento y no dar más alas al populismo xenófobo. Difícil pero no imposible. Merkel es ella y unas circunstancias que la podrían hacer pasar a la historia por la puerta grande. Si Helmut Kohl unificó Europa, su chica – ahora convertida en madre europea – podría refundarla. Con la presión y las ideas de otros, claro está: España no está, pero se la espera.

Vicente Palacio es Director del Observatorio de Política Exterior de la Fundación Alternativas