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Andalucía: la parasitocracia endémica del socialismo

Por José L. Román.- El Estado de las Autonomías, en trance de convertir España en un Estado federal o quizás en una confederación de estados, o en estados independientes vinculados de un modo personal a la Corona, ha contribuido de manera alarmante al aumento insoportable de la presión tributaria precisa para mantener una burocracia múltiple y en gran parte poco eficaz, que pesa sobre la economía y encorseta su desarrollo. Todos los políticos sin excepción lo saben, pero a pesar de ello, y no siendo suficiente la dotación presupuestaria del Estado a los gobiernos autónomos, éstos, se han endeudado en tales proporciones -debido principalmente al expolio y a los sobrecostes de las obras muy por encima de lo presupuestado en cada caso-, que los intereses a pagar absorben la mayor parte de aquella dotación, gravando muy seriamente a las futuras generaciones.

El “estatus” que han alcanzado ciertos personajillos convertidos en “casta” sin haber conocido otra vía para realizarse que el partido, el mitin y la pancarta, no es directamente proporcional ni se corresponde en absoluto con las penurias por las que pasa cualquier trabajador autónomo, por cuenta ajena, o pequeño y mediano empresario en la situación actual.

Andalucía es un ejemplo claro. Una región que bien gestionada podría ser la más próspera de España, después de cuarenta años de parasitocracia endémica socialista, sigue sumida en el inmovilismo más absoluto. Andalucía tiene un gran potencial turístico, es cantera de talentos y emprendedores, y cuenta además con múltiples recursos naturales. Pero, cuarenta años de saqueo de lo público y el sostenimiento de una amplísima red clientelar, la mantienen como la región más atrasada de España y de Europa.

La existencia de un seguro de desempleo constituye un postulado de la justicia social, pero, una cosa es el seguro de desempleo que cumple con su cometido, y otra la desviación funcional del mismo. Y, esa desviación funcional se produce cuando en vez de asegurar una prestación económica al que por causa ajena a su voluntad pierde su empleo, y otra muy distinta es asegurar el voto de una clientela política. Al despilfarro de dinero que esta disfunción lleva consigo ha de agregarse, por un lado, el fomento de la holgazanería, y, por otro, la tentación que va generalizándose de buscar un pretexto cualquiera para ingresar en lo que ya se conoce en todo el país como “ejército de subsidiados”.

Andalucía es un granero de votos socialistas que ya acumulaba en septiembre de 2004 una deuda de 7.000 millones de euros. El Gobierno autónomo reclamó del Gobierno central una deuda histórica que ascendía a 1.900 millones de euros. Por aquel entonces aun no se había arremangado la juez Alaya para “limpiar” toda la corrupción de este “cortijo” infecto y putrefacto. El gobierno del “bobo solemne”, en lugar de descontar aquellos 1.900 millones de euros de los 7.000 que esta región adeudaba al Estado, satisfizo tal cantidad para que continuase la fiesta de seguir controlando los medios de comunicación al servicio del régimen, subsidios a porrillo, subvenciones para cursos de formación y ERE,s falsos, dinero para agrupaciones “progres” y derivados; dispendios para “plataformas” al uso, asociaciones de toda índole, fundaciones, y multitud de chiringuitos al “rojo vivo”.

Unos 885 millones de euros expoliados según el informe de la Juez Alaya; 200 imputados, de los cuales, 12 aforados y 7 exconsejeros. Esta gigantesca red de corrupción política y financiera, unida a las de Galicia, Baleares, Cataluña, y Comunidad Valenciana, no favorece precisamente el clima de respeto que demanda una nación económicamente sana. Los socialistas no han hecho caso jamás a las denuncias de la corrupción en sus feudos respectivos a pesar de las imputaciones y detenidos. Se han limitado como mucho, a tildar esas denuncias de estupideces, y, la palabra estupidez, ni deja sin base la realidad ni pone remedio al problema.

Como decía un senador italiano, la democracia de partidos y listas cerradas lleva la corrupción en sus entrañas, porque para conseguir votos es lícita, no sólo la mentira, como afirmaba el socialista Tierno Galván, sino la financiación, tanto la que se impone al contribuyente a través del Presupuesto, como la que se consigue con las ayudas ilegales y deshonestas que se descubren o están por descubrir.

Andalucía no levantará cabeza mientras continúe este “régimen” endémico de subvenciones sin control y de robo a manos llenas, y seguirá siendo un lastre para nuestra más que famélica economía nacional. Lo mismo da Susana Díaz que Pedro Sánchez. Todos se han quedado sin autoridad moral. Y, el Partido Popular, aunque haya cambiado de líder, también ha dejado el marchamo mafioso con la estela de la mentira, la traición, el engaño, la corrupción y el latrocinio en otras comunidades donde gobierna o ha gobernado, cobardeando en tablas, estafando a sus votantes, y liberando a terroristas, asesinos en serie, violadores, y narcotraficantes.

Mientras no surja una nueva formación sin contaminar que fortalezca la unidad nacional; gente nueva en la escena política con sentido social, honesta, integra, y que no necesite la política como medio de lucro.

Mientras no sean barridos literalmente de la escena política andaluza todos los que sostienen ese “chiringuito” y su clientela para perpetuarse en el poder, esa bella y rica región española jamás irá a parte alguna.