Inicio Actualidad Andalucía le marca a la izquierda poligonera el final del camino

Andalucía le marca a la izquierda poligonera el final del camino

AD.- No se enteran o no quieren enterarse. La barrida de la derecha en Andalucía no es una imposición perversa del sistema, sino un corolario del hartazgo de los ciudadanos respecto a la izquierda y sus grupos mascotas por excelencia. Hay en España una derecha sociológica, creciente y robusta, que los perdedores de las elecciones andaluzas no han sabido detectar a tiempo. Enfrentamos una batalla por el alma de España en las elecciones del pasado domingo. Y el alma de España no la representan ninguno de esos grupos invocados por dirigentes de Podemos para tomar las calles en contra de unos resultados que les fueron esquivos. Aquí tenemos en su naturaleza real a unos dirigentes sectarios y resentidos que monopolizan la palabra democracia y la palabra libertad, pero a continuación tratan de impedir que los ciudadanos se pronuncien libremente. Las amenazas de Alberto Garzón tras los comicios del domingo ponen al descubierto que, para un sector de esta repugnante casta política, los españoles que no piensan como ellos no tienen derecho siquiera a la existencia.

La sonrisa de Susana Díaz ponía el estrambote de la indignidad democrática en su enfatuada concurrencia la noche del domingo. Nos preguntamos ante tan jocoso espectáculo cuántos millones atesoraban los allí reunidos en sueldos, canonjías e ingresos opacos. Invitaba la paleta a PP y Ciudadanos a establecer un “cordón sanitario”. Y lo hacía en nombre de un partido que debe su presencia en el Gobierno al apoyo de ultras de todo pelaje, separatistas y herederos políticos de ETA.

Este cambio en Andalucía se lo tendría que agradecer Susana Díaz a Puigdemont, a Tardá, a Rufián, a Otegi, a Manolo Chaves, a Griñán, a Guerrero y su cocaína; al puticlub Don Angelo, donde pagaban con tarjetas con cargo a los parados andaluces, a ZP y su memoria histérica, al doctor Sánchez y sus viajes en avión por la España poliédrica, a las feministas iracundas, a las ofensivas paradas gays, al papel influyente de asociaciones islámicas que consiguen la detención de periodistas críticos, a la cristianofobia de la izquierda, a las leyes hembristas, a los huesos de Franco, al Kichi, a Tere “La Khaleesi”, a la Colau y sus manteros, al barco Aquarius y hasta al resfriado de Dani Mateo.

El debacle de lo que llaman “izquierda” se veía venir desde hace años. No entraremos a considerar la corrupción del PSOE-A, ni sus redes clientelares, ni su socialismo de atrezzo, al ser tan notorias. Empecemos por la coalición perdedora de Adelante Andalucía (o Podemos).

Como le ocurre a la izquierda en todo el mundo civilizado, los podemitas se muestran incapaces de conectar con los trabajadores. Por una sencilla razón: porque no son trabajadores. Estos los perciben como lo que son: una banda de oportunistas y pijos ‘progres’ que juegan a asaltar los cielos y ejercer el proselitismo paternalista. Sus campañas electorales están confeccionadas al milímetro para hipsters de Malasaña, con montajes y discursos basados en series de la HBO. No pisan los barrios obreros. Proponen soluciones para problemas que no existen o que ellos mismos han inventado, reivindican infinidad de causas secundarias y parciales. La precarización laboral, debido a la existencia de una mano de obra inmigrante masiva y barata, les tiene sin cuidado. Y aún se preguntan qué han hecho mal.

Como ha sido también apuntado por un pequeño partido de izquierda con vocación identitaria, ninguna autocrítica y mucha soberbia (como el lamentable tweet de Garzón despreciando los análisis políticos críticos). En vez de analizar qué es lo que llevan haciendo mal desde que empezaron a ser calados por los españoles, se dedican a pregonar el discurso ‘antifa’ más propio de quinceañeros que de dirigentes políticos serios y solventes, lleno de tópicos y palabras vacías que nada significan. Andalucía, quién lo diría, le ha marcado a la izquierda hispanofóbica y poligonera el final del camino.

El ex director general de Trabajo de la Junta de Andalucía Francisco Javier Guerrero

El ex director general de Trabajo de la Junta de Andalucía Francisco Javier Guerrero

Por otro lado, los ultraliberales de Vox, disfrazados de identitarios, se plantan en el Parlamento andaluz con 12 escaños y casi 400.000 votos. Muchos más de los esperados. Y a pesar de la contradicción que supone abogar por eliminar las autonomías y presentarse a unas elecciones autonómicas. Pero no debería sorprender: Abascal es un superviviente político, un afortunado que no ha doblado el lomo más allá de la política. Toda una vida profesional viviendo de lo público, mientras promulga el dogma del Estado mínimo. Le ha bastado erigirse como el paladín de la soberanía nacional para que miles de llamados patriotas caigan rendidos al encanto de sus siglas. Nos jactamos de ser de los pocos medios que no ha sucumbido a los afeites juveniles de la vieja dama de siempre. Los cientos de miles de votos que ha logrado Vox son en buena parte los que ha perdido el PP. Salvo por la dimensión del trasvase de sufragios, nada que no supiéramos. Que continúe o no esta tendencia solo de Pablo Casado depende. Debería empezar por amordazar al despreciable Javier Maroto. No está el horno para vejaciones a la moral de siempre. Ni la musculatura electoral de la derecha social española, claramente mayoritaria, soporta ya este tipo de linimentos.