Inicio Actualidad Año nuevo, vida… ¿qué? – La Gaceta de la Iberosfera

Año nuevo, vida… ¿qué? – La Gaceta de la Iberosfera

Ganas de hablar, porque a mi edad todos los años son viejos. Las muletillas son más pegadizas que los tábanos. Mediocre escritor es quien recurre a ellas.

Ayer, domingo y último día del ciclo de una de las peores navidades de la historia, colgué un tuit que decía: «Año nuevo, nuevo año… Y así año tras año. ¡Qué tedio! ¡Cuán fútil empeño! Nos empeñamos, de hecho, en dividir el tiempo, que es un continuum indivisible, en tramos sucesivos. Indivisible, sin embargo, no significa que no tenga término. Lo tiene».

Luego envié este correo de respuesta a una persona con la que mantuve intensa relación en el pasado: «Utilizas mis eternas frases como boomerangs. Nada importa nada, sí, cierto, como dijo un anónimo filosofo presocrático y tantas veces te repetí yo, pero, en realidad, sólo la nada ‒la nada sustantiva y no meramente adverbial‒ importa, y hacia ella vamos cabalgando a pelo sobre el lomo de este año en el que me auguras, con mecánica cortesía. felicidad. Y en cuanto a la frase de KrishnamurtiHaz lo que temes, y el temor desaparecerá‒, que también, citándome, citas…  Es posible (no estoy seguro) que yo, ya, sólo tema morir, pero de ser así, caso de que siga el consejo y haga lo que temo, oh, paradoja, moriré. ¿Es ése, como susurraría Gil de Biedma, el único argumento de la obra? Es curioso… Dices en tu apeadero de Youtube lo mismo que dice Sánchez, tu adversario: que saldremos de ésta todos juntos. No, señorita, no. No vamos a salir de esto ‒atenta a la transformación de la a en o‒ y, si saliéramos, lo haríamos (o lo harían nuestros compatriotas) de a uno. Como lo hicimos tú y yo en muy distinta circunstancia. De sobra conoces mi acérrimo individualismo».

No hay día en que no me llegue noticia fresca de alguien que acaba de morir y casi siempre, qué diantre, lo ha hecho al filo de los ochenta y cinco años

Supongo que la destinataria de este mensaje admitirá, pese a su optimismo, que siempre se muere a solas, incluso cuando el moribundo está rodeado por el afecto y la pena de los suyos, con el gato ‒animal psicopompo por excelencia‒ sobre el embozo de su mortaja y la mano amorosa y mansamente depositada en el tibio cuenco de otra mano. Es por esa certidumbre, que sólo la lucidez confiere, por lo que me he atrevido a decir en mi correo lo que digo y a escribir hoy esta columna, que el lector juzgará extemporánea y fúnebre, pero que no es lo segundo ni quiere ser lo primero.

Confórmese, si acaso, con exclamar lo que Babieca, el caballo del Cid, exclamó en un soneto cervantino al reparar en la extrema delgadez de Rocinante: «¡Metafísico estáis!». Y el jamelgo del hidalgo respondió: «¡Es que no como!».

Yo, pese a haber adelgazado en estas navidades casi tres kilos ‒ganas de llevar la contra, pensarán algunos‒, respondería: «Acertáis, colega… Metafísico en efecto estoy, porque tengo ya ochenta y cinco años, y a esa edad todo se vuelve filosofía». No lo sabemos, pero seguro estoy de que Aristóteles no padecía sobrepeso.

Tan confusa digresión es sólo reflexión y convicción suscitadas por la evidencia meramente estadística y sujeta al yugo del cálculo de probabilidades de que hoy, finitas ya las peores navidades de mi historia (pesqué el omicrón, se me murió de insuficiencia renal el más querido de mis gatos, mi hijo pequeño fue su doliente psicopompo, tenía yo la edad más arriba mencionada), la única pregunta, machacona, que se me ocurre en lo relativo a lo que el año entrante me traerá es si moriré o no a lo largo de él.

«Propósitos para el año nuevo… Los hay de dos clases: hacer lo que no se ha hecho y dejar de hacer lo que se hace»

Apostilla: picopompo… Así llamaban en la Hélade a los animales que acompañan a los seres humanos en su tránsito al más allá.

No es pesimismo, no es depresión, no es volición, no es esperanza, no es, ni siquiera, fruto de esa acedia que Séneca atribuye en su De senectute, a la edad provecta… Es sólo, como digo, y nunca mejor dicho, simple cuenta de la vieja. No hay día en que no me llegue, traída por la prensa o por mi correo, noticia fresca de alguien que acaba de morir y casi siempre, qué diantre, lo ha hecho al filo de los ochenta y cinco años, si no antes. No puedo ya hablar de mis coetáneos, a no ser que lo haga por afición al sarcasmo, porque están muertos. ¿Todos? ¡Hombre! ¡Tanto como eso! Alguno queda, pero estará, igual que yo, al caer. Sabido es que escribir obliga a generalizar.

Iba a rematar esta columna, que es ya demasiado extensa, con dos frases sobre la muerte formuladas minutos antes de que ésta alcanzase a sus autores. Una es de Diéneces, el más bravo de los  trescientos espartanos según Heródoto. en el fragor de la batalla de las Termópilas; la otra es del general y gran poeta Francisco de Aldana en la de Alcazarquivir. Las guardo para mejor ocasión y las sustituyo por otro tuit fechado el 31 de diciembre: «Propósitos para el año nuevo… Los hay de dos clases: hacer lo que no se ha hecho y dejar de hacer lo que se hace. No sé por cuál decidirme. Quizá sea mejor encogerse de hombros y pasar de largo».

Padre Tao…


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