Aplausos de verdad para «La comedia de las mentiras»

Un picadillo de obras de Plauto conquista al público del Festival de Teatro Clásico de Mérida

Ni un alfiler cabía en el Teatro Romano de Mérida. Cerca de tres mil personas abarrotaban en la fresca noche del pasado miércoles las tan venerables como duras gradas del imperial recinto para asistir al estreno de «La comedia de las mentiras», un bien cosido picadillo de temas y personajes extraídos por Pep Anton Gómez y Sergi Pompemayer de diversas obras de Plauto para elaborar una nueva comedia que es muy del autor latino sin ser de él. El espectáculo, incluido en la programación del 63 Festival de Teatro Clásico de la villa pacense, es un homenaje al comediógrafo que con tanta puntería y provecho supo acertar en el gusto de las clases populares de su época, pescando argumentos y situaciones de las comedias griegas (Menandro, Antífanes, Filemón, Dífilo…), a los que dio su infalible toque romano para acentuar la comicidad aunque fuera a costa de perder en sutileza. Plauto, que vivió entre los años 254 y 184 a. C., logró hacerse rico con esta fórmula, además de inspirar a dramaturgos posteriores, como Shakespeare y Molière.

Es plausible que los primeros espectadores del gran recinto emeritense se divirtieran de lo lindo con los enredos urdidos por Plauto igual que los espectadores de anteanoche se troncharon con la ensaladilla plautina pergeñada por Gómez y Pompermayer para defender el papel de las mentiras como lubricante de la estabilidad social. El gran éxito de la versión de «El eunuco», de Terencio, estrenada en este mismo lugar en 2014, con Pep Anton Gómez al timón y Pepón Nieto a la cabeza del reparto, como ahora, ha contribuido sin duda a que buena parte del público del miércoles y del que casi ha agotado las localidades para los próximos días no quisiera perderse esta nueva apuesta cómica.

Vodevil de la posverdad

También Plauto mezclaba a veces elementos de varias obras, por lo que con frecuencia incluía un prólogo en el que un actor explicaba a los espectadores el argumento para que no se perdieran en el laberinto de las tramas. Así sucede en «La comedia de las mentiras» con un Pepón Nieto vestido de mayordomo de opereta, que va presentando a los personajes y exponiendo el nudo de historias que confluyen en escena. Resumiendo mucho, se puede contar que dos hermanos, Hipólita y Leónidas, están enamorados respectivamente de Tíndaro y Gimnasia, que no son los pretendientes que querría para sus hijos el padre de ambos, un avaro de manual en viaje de negocios, que ha dejado al frente de la casa a Cántara, su hermana solterona, a quien un galán abandonó cuarenta años atrás sin ninguna explicación. A su vez, Degollus, un general macedonio, ha comprado a Gimnasia para su personal goce. Y, en medio de todo el embrollo, se sitúa Calidoro, esclavo que teje una gran red de mentiras para ayudar a los díscolos enamorados y poderse mantener él mismo a flote. Todos tienen algo que ocultar en esta apoteosis de la mentira que viene a ser, en la gaseosa terminología relativista de nuestros días, un vodevil de la posverdad.

Sin ser tan redonda como «El eunuco», «La comedia de las mentiras» es un espectáculo de carácter rabiosamente popular cuyo objetivo, sobradamente cumplido, es lograr la risa del público; en mi opinión, hace falta algún retoque que ajuste una función que se prolonga hasta las dos horas y cuarto. El tono del montaje, con los juegos de palabras, los retruécanos, las picardías y el subrayado de los sobreentendidos, todo muy de Plauto, tiene un algo que hace recordar el humor de las revistas de antaño, con cómicos de la talla de Antonio Garisa, Quique Camoiras o Juanito Navarro, dicho sea sin ánimo peyorativo sino todo lo contrario. En esos registros funciona muy bien un reparto cuajado de rostros populares: Pepón Nieto (Calidoro), María Barranco (Cántara), Paco Tous (Degollus), Canco Rodríguez (Tíndaro), Angy Fernández (Hipólita), Marta Guerras (Gimnasia) y Raúl Jiménez (Leónidas). Todos muy aplaudidos durante y al final de la representación.

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