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Apología del indigenismo, incluso el caníbal

Por Alfonso De la Vega*.- El doce de octubre se celebra el día de la Hispanidad. De momento, no sabemos hasta cuándo. Porque al parecer se “celebra” por los que no creen en ella. Y, en efecto, actúan en su contra.

Visto lo que nos ocurre hoy, instalados en tanto complejo y mediocridad, nadie podría creer la gigantesca, descomunal y grandiosa labor de España hace medio milenio: que nuestros antepasados pudiesen hacer lo que hicieron, una de las mayores hazañas de la Historia. Algo verdaderamente asombroso como ninguna otra nación haya realizado nunca, sobre todo, si se tiene en cuenta los medios disponibles en esa época.

Pero no todos lo ven así. Aquí, los del famoso “España nos roba” herederos y discípulos de los Sabino Aranas, Castelaos, Infantes o Prats de la Riba jaleados por los actuales caciques territoriales respectivos, los rebeldes y antipatriotas boyardos, reniegan de su condición de españoles y proclaman las delicias visionarias de un falsario indigenismo primigenio: Los indígenas son todos buenos incluso los sacrificadores humanos y caníbales. Para desgracia de la civilización occidental se trata de mercancía podrida que incluso es ofertada y publicitada, ahora por el cínico mercachifle antiespañol, usurpador liquidador de la cátedra de Pedro. Lamentable especialmente la actual traición de la Iglesia profunda que en la tenebrosa boca del miserable ocupante de San Pedro reniega de la labor evangelizadora y civilizadora de España. Sin olvidar tampoco como corifeo satánico al depravado pederasta corrupto usurpador de la presidencia norteamericana.

No solo en Roma o Washington: allende del mar otros, abandonando por unos momentos las maravillas de la vida indígena en la selva o de la amena caza de guacamayos cibernéticos con cerbatana, glosan el indigenismo más o menos caníbal y reniegan de España y su labor en América. Algunos de esos detractores son mestizos; cualidad que casi solo puede encontrarse en la América hispana, sobre todo, en comparación del gran vecino norteño donde los pocos indígenas supervivientes del exterminio que padecieron de manos de la civilización anglosajona vegetan en reservas y no se les ocurre aspirar a gobernar nada.

Debiera ser evidencia de razón para cualquier observador lúcido que desde que los criollos rebeldes expulsaron a los españoles de América, se ha producido allí una regresión dramática en términos históricos comparativos. Al momento, víctima de la incompetencia y de la corrupción, México, antes Nueva España, perdió buena parte de su territorio usurpado por el vecino norteño. Y hoy, doscientos años después, está bajo el control casi omnímodo de las mafias criminales o del Cartel de Sinaloa. También caería la renta y bienestar de la sociedad mejicana en relación con la de los últimos tiempos del virreinato. ¡Qué decir de Venezuela! Otro país frustrado desde que cayó bajo las garras del genocida Bolívar que hoy alcanza las más altas cotas de deterioro histórico. O los pequeños países de Centro América, a merced de las violentas maras y demás mafias del crimen organizado que se mueven con total impunidad. Sin olvidar al agitado Ecuador, o a Colombia, o Perú, o a la misma Argentina. O a… Un Suma y sigue de frustraciones y despropósitos en países de grandes recursos naturales con unas clases dirigentes corruptas e ineptas, hoy vicarias del globalismo anglosajón más feroz.

El psicópata de Las Casas

La Hispanidad, como obra gigantesca, descomunal, también tiene sombras. Para denostar que no ejercer una saludable crítica de la Hispanidad en América se remontan a la leyenda negra y a la controvertida obra de un personaje pintoresco muy jaleado por los enemigos históricos de España como era Las Casas. Y no por sus inexistentes méritos científicos, ni como pensador, tan abundante en irracionales contradicciones, sino porque ofrecía una oportunidad de desestabilizar políticamente el imperio español a quienes, como los británicos, anhelaban llevar su comercio y navegación por las rutas ultramarinas españolas.

Aunque no sea rentable ni políticamente correcto sostenerlo en estos tiempos en que se quiere hacer almoneda de España, la verdad es que no son precisas ni la leyenda blanca pura y sin mácula ni menos la leyenda negra, alentada esta por nuestro embustero sevillano: un clérigo trabucaire, obispo de Chiapas, medieval, antirrenacentista, terrateniente, aventurero, y egotista, que padecía de paranoia según describe el gran Menéndez Pidal en su documentada biografía sobre el personaje. Paranoia que le mantenía en la rígida idea de que todo lo que se hacía en América estaba mal; totalmente mal sin mezcla de bien alguna. Y que le llevaba a exagerar los indudables abusos que, en una aventura tan extraordinaria y gigantesca como la de España en América, y con tantas dificultades para la labor de control gubernamental habrían inevitablemente de producirse.

La actitud mental medieval de Las Casas que no ve en la aventura española en América sino robo y violencia, contrasta curiosamente con la del premio Nobel Rudyard Kipling, masón cantor del imperialismo inglés en la India.

Gustavo Le Bon en su famoso libro sobre la civilización india teoriza acerca de las diferencias entre los principios fundamentales de la colonización latina y la inglesa. Según él, los latinos aplicamos el principio de asimilación, de modo que hemos tratado de introducir nuestras instituciones en las colonias, mientras que los ingleses rechazan la idea de asimilación y dejan cuidadosamente a los pueblos conquistados sus instituciones, sus usos y costumbres. No se mezclan con ellos e intervienen lo menos posible en sus negocios y en los detalles de su administración. La conquista comercial debe preceder a la militar, hecha con el dinero y los soldados del invadido, salvo un reducido Estado mayor para su control. La colonia se explota procurando no atentar contra sus instituciones autóctonas para evitar revueltas, manteniendo barreras infranqueables de separación entre las poblaciones.

Para Las Casas la conquista supone un genocidio premeditado. Sus datos de mortandad varían desde los doce a quince, incluso a veinticuatro millones, si se suman los diferentes agregados durante cuarenta años. Cifras imposibles. No tiene en cuenta que la gran mayoría de fallecimientos se producen por causas naturales como la viruela o el sarampión o la falta de adaptación de hombres en estado de naturaleza a la vida ordenada y social. En efecto, aun si “solo” fueran quince millones, nuestros antepasados habrían de haber matado más de mil indios diarios, incluso domingos y festivos, incluidos bisiestos, cosa que parece asaz difícil, cuando aún no se habían inventado las armas de destrucción masiva que tanto gustan emplear a los imperios anglosajones.

Frente al verdadero inventor del derecho de gentes, el padre Francisco de Vitoria de la escuela de Salamanca, e instaurador del principio de la libertad e igualdad jurídica de todos los pueblos, que define hasta ocho títulos de justo dominio en las Indias, Las Casas mantiene sus prejuicios medievales, según los cuales el único título de España para entrar en las Indias era el de la evangelización.

Como político aventurero, el clérigo también hizo sus pinitos utópicos arbitristas, como la aventura de Cumaná, que pretendía explotar la pesca de perlas y que terminó en un desastre probatorio de la fantasía de las ideas lacasianas y con la muerte trágica de muchos de sus compañeros.

No podemos negar que uno de los motores de la aventura española en América, aunque no el principal fuera, como decía el arcipreste de Hita, el “aver mantenencia”, y por tanto la búsqueda de riquezas materiales. Pero tampoco hay que olvidar el renacentista deseo de fama y gloria como uno de los móviles psicológicos de la descomunal empresa española.

Honra a España el que se haya podido plantear siquiera el debate moral sobre la conquista incluso contra la razón de Estado. Como honra también el que se intentaran frenar los abusos con leyes como las de Burgos o Valladolid ya en el mismo siglo XVI.

El hecho de que doscientos años después de la independencia, con criollos en lugar de gachupines, los congresos indigenistas americanos preocupados por sus reivindicaciones políticas y económicas sigan debatiendo casi lo mismo que en Valladolid discutían Las Casas y Sepúlveda en el siglo XVI, parece prueba irrefutable de que la postergación del indio americano no es cosa tanto de la supuesta crueldad del conquistador español cuanto de la propia naturaleza del indígena y del comportamiento de las clases dirigentes criollas.

España amenazada

En todo caso, si la América Hispana existe como unidad histórica y no ha sido desmembrada por los intereses de otras potencias como en África, se debe a la lengua española, como un admirable símbolo de independencia política que ha permitido a nuestra América ingresar en la civilización occidental. En palabras de Neruda: De los yelmos de los feroces conquistadores salían piedras preciosas, las hermosas palabras de la vieja lengua de España.

Lección que no deberíamos olvidar cuando la Hispanidad es atacada, con o sin violencia, también en España por catalanistas, bizcaitarras, andalucistas y galleguistas de toda condición y pelaje. Una de cuyas bestias negras es la lengua española, precisamente por ser nexo de unión y seña de identidad de lo español, instrumento irrenunciable de su Cultura y cuyo empleo es perseguido, vejado o ninguneado en algunas partes del territorio español. Pero lección que sin embargo hemos olvidado al no proteger la lengua y el patrimonio común de todos los españoles y entregar la educación de las nuevas generaciones al enemigo en muchas regiones. Que en muchos lugares parecen condenadas ya a no ser ni sentirse españoles sino “solo” gallegos, catalanes, valencianos, baleares, andaluces o vascos. Lo del bable asturiano ya es el colmo del ridículo más llamativo. Todo sea por la pasta y por la devastación del patrimonio común.

Nuestra clase dirigente ha renegado de los principios y valores contenidos en el Preámbulo de la constitución, dicen que vigente. Su sabia administración nos ha traído un rosario de felonías, frustraciones, despilfarros, deuda mal llamada soberana. y desfalcos. Y la antigua nación, capaz de tamaña gesta como el Descubrimiento y la civilización de América, se ha reconvertido en novedosa pero desacreditada marca comercial que, por cierto, se asocia nacional e internacionalmente a todo un conjunto de grandes virtudes cívicas: corrupción, mohatra, fracaso nacional, embrutecimiento, abandono escolar, ignorancia, autonomías, caciquismo, despilfarro, deuda, prima de riesgo, burla de la Justicia, trata de blancas, mafias, desprestigio, latrocinio, impunidad, incompetencia, irresponsabilidad, Monipodios, Borbones, sindicatos amarillos, Rinconetes, Pujoles, Puchimones, catalanistas, etarras, Cortadillos, banqueros quebrados, vacunadores a la fuerza, saqueo del erario, insolvencia, suicidios, tráfico de drogas, indultos, consejeros pilla pilla, putas y políticos, en general.

Una España que parece decidida a renegar de todo lo que signifique alta civilización, y jalea un nuevo indigenismo sin cerbatana con subvenciones, diadas, cambios del clima climático climatizables, bables y telebasuras. Y cuyo destino inmediato sea la postración moral, política, intelectual, social y económica. Y el mediato, posiblemente, la desmembración y el tercer mundo. Acaso una repetición aquí de lo sucedido en Hispanoamérica: los ataques de la Agenda 2030 y la disolución en el NOM.

El recuerdo de la Hispanidad ¿nos hará reaccionar?

*Ingeniero agrónomo y escritor

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